A los cuarenta y cinco años, Raquel Sanromán lo perdió todo en una sola noche.
Su esposo Miguel murió en un accidente de tráfico... acompañado de su amante. Pero la traición no terminó ahí. El testamento reveló la verdad más devastadora: durante años, Miguel planeó huir del país con Valeria Ochoa, llevándose millones robados de la empresa familiar y dejando a Raquel en la bancarrota absoluta.
Ahora es madre soltera de cinco hijos, dueña del veinticinco por ciento de una empresa en ruinas, y tiene quince días antes de perder su casa. Su hijo mayor la culpa por la caída de la familia. Las deudas la ahogan. Y Valeria, la amante que sobrevivió, ahora es dueña del cincuenta por ciento de lo que alguna vez fue su vida... y no descansará hasta verla mendigando en la calle.
Pero en su cumpleaños, en una noche de máscaras y champán, Raquel decide olvidarlo todo. Solo por unas horas. Solo para sentirse viva de nuevo.
Y entonces conoce a él.
Julian Harrington. Veintisiete años. Multimillonario.
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Capítulo 22: La Propuesta
Pov Julian
La invitación llegó un martes por la tarde, entregada por un mensajero privado directamente a mi oficina.
Una tarjeta elegante, papel grueso color crema, con el nombre de Victoria Sinclair en letras doradas.
"Julian, necesitamos hablar sobre asuntos importantes. Cena esta noche, 8 PM, Restaurante Lumière. Por favor, ven. Es urgente. V."
Debí haberlo ignorado. Debí haber tirado la maldita invitación a la basura y seguir con mi día.
Pero algo en el tono me inquietó. "Asuntos importantes" podía significar cualquier cosa. Tal vez algo relacionado con nuestras familias, con los negocios, con mi madre que seguía insistiendo en que Victoria era perfecta para mí.
Así que fui.
El Restaurante Lumière era uno de los más exclusivos de la ciudad. Reservaciones con meses de anticipación, precios obscenos, privacidad garantizada para la élite que podía pagarlo.
Victoria ya estaba ahí cuando llegué, sentada en una mesa privada en el rincón más alejado. Llevaba un vestido rojo que probablemente costaba más que el sueldo mensual de la mayoría de la gente. Su cabello rubio caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Maquillaje impecable. Sonrisa calculada.
Se veía exactamente como lo que era: una mujer hermosa que sabía cómo usar su apariencia como arma.
—Julian —dijo, poniéndose de pie para besarme en la mejilla—. Gracias por venir.
—Victoria —respondí, sentándome frente a ella—. ¿De qué se trata esto?
—¿No podemos disfrutar de una cena civilizada primero? —preguntó, señalando la carta—. He ordenado tu whisky favorito.
Efectivamente, un vaso de Macallan de treinta años me esperaba en la mesa.
—No bebo cuando tengo reuniones de negocios —dije, empujando el vaso lejos de mí—. Y claramente esto es una reunión de negocios.
Victoria sonrió, pero había algo depredador en esa sonrisa.
—Siempre tan directo. Es una de las cosas que me gustaban de ti.
—Victoria...
—Está bien —dijo, reclinándose en su silla—. Primero ordenemos. Luego hablamos.
Pasamos por el ritual tedioso de ordenar comida que probablemente no tocaría. Mi paciencia se estaba agotando con cada minuto que pasaba.
Cuando el mesero finalmente se fue, Victoria tomó un sorbo de su vino y me miró directamente.
—¿Cómo has estado, Julian? Te ves... cansado.
—Estoy bien.
—Mentira —dijo suavemente—. Te ves como un hombre que no ha dormido bien en semanas. Ojeras. Has perdido peso. Tu asistente me dice que has estado cancelando reuniones.
—¿Has estado hablando con Ana sobre mí?
—Me preocupo por ti —respondió, inclinándose hacia adelante—. Siempre me he preocupado por ti, Julián. Incluso cuando terminamos, nunca dejé de preocuparme.
—Victoria, si me trajiste aquí para tener una conversación nostálgica sobre nuestra relación de hace cinco años...
—Te traje aquí para ofrecerte una solución —me interrumpió—. A tu problema actual.
Me tensé.
—No tengo ningún problema.
—¿No? —levantó una ceja perfectamente delineada—. Porque desde donde yo estoy sentada, parece que tienes varios.
Victoria hizo una señal al mesero, quien trajo una carpeta negra y la dejó sobre la mesa antes de retirarse discretamente.
Mi instinto me gritó que no abriera esa carpeta. Que me levantara y me fuera ahora mismo.
Pero no lo hice.
Victoria deslizó la carpeta hacia mí con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Ábrela.
Con dedos que apenas temblaban, abrí la carpeta.
Y mi mundo se detuvo.
Fotografías. Docenas de ellas.
Raquel saliendo de mi pent-house a las cinco de la mañana. Yo entrando a su edificio a medianoche. El beso en el estacionamiento de su oficina. Siluetas a través de las ventanas en poses que no dejaban nada a la imaginación.
Y la última foto, la que me hizo apretar la mandíbula con tanta fuerza que pensé que se me romperían los dientes: Raquel y yo, demasiado cerca, mi mano en su cintura, sus ojos mirándome con una expresión que gritaba intimidad.
—¿Qué mierda es esto? —gruñí, manteniendo la voz baja pero letal.
—Evidencia —respondió Victoria con calma—. De tu aventura con Raquel Vivez, la viuda con cinco hijos. La madre del novio de tu hermana. Bastante escandaloso, ¿no crees?
La rabia comenzó a hervir en mis venas.
—Me hiciste seguir.
—Contraté a los mejores investigadores privados que el dinero puede comprar —corrigió—. Y valió cada centavo. Tengo fechas, horarios, testimonios de porteros y empleados. Tengo todo, Julian.
Cerré la carpeta con fuerza.
—¿Qué quieres?
—Primero, quiero saber si es verdad —dijo, inclinándose hacia adelante—. ¿Realmente estás con ella? ¿Con una mujer que literalmente podría ser tu madre?
—No es de tu incumbencia.
—Respóndeme.
La miré directamente a los ojos.
—Sí. Estoy con ella.
Victoria parpadeó, como si no hubiera esperado que lo admitiera tan fácilmente.
—Julian, ella es... Dios, es vieja. Tiene hijos de tu edad. ¿En qué estabas pensando?
—Estaba pensando que es la mujer más increíble que he conocido —respondí con voz fría—. Que es inteligente, fuerte, hermosa, y que me hace sentir cosas que nunca sentí por nadie más.
—¿Ni siquiera por mí?
—Especialmente no por ti.
El golpe fue directo. Vi cómo Victoria se encogía ligeramente antes de recomponerse.
—Estás enamorado de ella —dijo, y no era una pregunta.
—Sí.
—Qué patético —escupió con veneno—. El gran Julian Harrington, reducido a revolcarse con una viuda desesperada que probablemente solo te quiere por tu dinero.
Me puse de pie tan bruscamente que la silla casi se cayó.
—Ten mucho cuidado con lo que dices sobre ella.
—¿O qué? —Victoria se puso de pie también, sus ojos brillando con rabia y celos—. ¿Vas a amenazarme? Adelante, Julian. Pero recuerda que yo tengo las fotos. Yo tengo el poder aquí.
—¿Qué quieres? —repetí, cada palabra saliendo como un gruñido.
Victoria respiró profundo, recomponiéndose. Cuando habló de nuevo, su voz era peligrosamente calmada.
—Quiero que termines con ella. Que la dejes ir. Y que te cases conmigo.
La miré como si hubiera perdido completamente la razón.
—¿Estás loca?
—Estoy siendo práctica —respondió—. Piénsalo, Julian. Somos perfectos el uno para el otro. Misma edad, misma clase social, nuestras familias se conocen desde hace generaciones. Podemos construir un imperio juntos.
—No te amo.
—Aprenderás a amarme —dijo con una sonrisa triste—. O al menos a tolerarme. Pero eso es mejor que el escándalo que se desataría si estas fotos salen a la luz.
—No me puedes chantajear para que me case contigo.
—No te estoy chantajeando para que te cases conmigo —corrigió Victoria—. Te estoy ofreciendo una opción. Cásate conmigo y protege a Raquel. O recházame y observa cómo su vida se destruye.
El pánico comenzó a trepar por mi garganta.
—Si publicas esas fotos, te destruiré. Te quitaré todo lo que tienes.
—No me importa —respondió simplemente—. Porque si no puedo tenerte, nadie más podrá. Especialmente no ella.
—Victoria, por favor...
—Tienes una semana —me interrumpió, tomando su bolso—. Una semana para tomar una decisión. O te casas conmigo y mantengo esto en secreto. O las mando a la prensa y observo cómo el escándalo destruye todo lo que ella ha construido.
—Raquel no tiene nada que ver con esto. Si quieres castigar a alguien, castígame a mí.
—Pero castigarte a ti significa castigarla a ella, ¿no es así? —Victoria sonrió con crueldad—. Eso es lo que pasa cuando te enamoras, Julian. Creas debilidades. Y yo acabo de encontrar la tuya.
Se inclinó y besó mi mejilla, un gesto que se sintió como veneno.
—Una semana —susurró contra mi oído—. Elige sabiamente.
Y se fue, dejándome ahí parado con la carpeta llena de evidencia de mi relación con Raquel, sintiendo cómo mi mundo se desmoronaba a mi alrededor.
Me dejé caer en la silla, pasándome las manos por el cabello.
Si me casaba con Victoria, perdía a Raquel. Para siempre.
Pero si no lo hacía, Victoria destruiría la reputación de Raquel. La convertiría en el hazmerreír del país. Sus hijos la odiarían. La prensa la destrozaría.
Y todo por mi culpa.
Por mi obsesión con ella.
Por no poder mantenerme alejado.
Tomé el vaso de whisky que había rechazado antes y lo bebí de un trago, sintiendo cómo quemaba mi garganta.
Una semana.
Tenía una semana para decidir entre mi felicidad y la de Raquel.
Y sabía, en el fondo, que no había decisión real.
Porque la amaba.
Y cuando amas a alguien, los proteges.
Incluso si eso significa sacrificar tu propia felicidad.
Incluso si eso significa casarte con alguien que no amas para salvar a la persona que sí amas.
Llamé al mesero y pedí la botella completa de whisky.
Porque iba a necesitarla.
Iba a necesitar algo que adormeciera el dolor de saber que estaba a punto de perder a la única mujer que había amado de verdad. Y no había nada, absolutamente nada, que pudiera hacer para evitarlo.
Julián deja contarle a tu hermana de tus sentimientos de lo que estás pasando del calvario que estás viviendo y tenías una aliada🙏