Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai
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CAPÍTULO 10: La entrevista.
Sofía del Valle trabajaba rápido.
Dos días después de la llamada, Cassidy tenía una entrevista exclusiva pactada con Mariana Campos, la periodista más influyente del país. Presentadora del noticiero de las nueve, columnista en tres periódicos, cuatro millones de seguidores en redes y una reputación de hacer pedazos a quien se le sentara enfrente si olía mentira.
—Es la mejor —dijo Sofía por teléfono—. Si Mariana te respalda, la opinión pública se voltea a tu favor en cuarenta y ocho horas. Pero tiene una condición: nada de preguntas pactadas. Ella pregunta lo que quiere.
—Que pregunte.
—Emilia, esta mujer ha hecho llorar a senadores en cámara.
—Que pregunte lo que le dé la gana. No le tengo miedo a una periodista.
Le he tenido miedo a una bala en la oscuridad. A un grupo de apaches cruzando el río a medianoche. Al sonido de una serpiente de cascabel debajo de mi cobija. Una señora con micrófono no me va a quitar el sueño.
La entrevista fue en la mansión. Idea de Sofía: «Que la vean en su territorio. Que vean la casa. Que el público entienda quién es la dueña.» Cassidy aceptó con una condición: nada de maquillaje exagerado, nada de vestido ajustado, nada de disfrazarla de algo que no era.
Se puso unos pantalones negros, una blusa azul oscuro que Lucía eligió, zapatos planos y el pelo suelto. Sin aretes. Sin tacones. Sin máscaras.
Mariana Campos llegó con un equipo de tres personas: camarógrafo, sonidista y una asistente que cargaba más cables que un tendido eléctrico. La periodista era más baja de lo que se veía en televisión, morena, con el pelo cortísimo y unos ojos negros que te escaneaban como si pudieran leer lo que desayunaste.
Se sentaron en la sala. Sofás blancos. La cámara al frente. La fuente del ángel de mármol visible por el ventanal detrás de Cassidy.
Mariana encendió la grabadora, cruzó las piernas y fue directo al hueso.
—Emilia, todo el país está hablando de ti esta semana. Los titulares dicen que intentaste quitarte la vida. ¿Es cierto?
Cassidy la miró a los ojos. Ni un parpadeo.
—Estuve en coma una semana. Eso es cierto. Lo que pasó antes del coma es información médica confidencial que alguien filtró de manera ilegal, y mis abogados ya están actuando. Pero no vine a hablar de eso.
—¿De qué quieres hablar?
—De lo que pasó después.
Mariana levantó una ceja. La cámara seguía grabando.
—Desperté en una cama de hospital sin saber quién era ni dónde estaba. Lo primero que vi fue a un médico que me explicaba lo que me había pasado. Lo segundo que vi fue a mi marido parado a tres metros de la cama sin acercarse, sin tocarme, sin preguntarme cómo estaba. Preguntándole al doctor si ya podía hablar. No si estaba bien. Si podía hablar.
Mariana no interrumpió.
—Cuando volví a mi casa descubrí que llevaba más de un año durmiendo en un cuarto de servicio. Un cuarto del tamaño de un closet, con una cama individual, una colcha vieja y cinco prendas que no me quedaban. Cinco. En mi propia casa. En una mansión con catorce habitaciones. La dueña de todo esto dormía en el peor cuarto de la casa.
—¿Por qué?
—Porque mi marido decidió que yo no merecía más. Porque tenía sobrepeso y eso le daba asco. Porque era más fácil esconderme que tratarme como persona. Y porque yo, la Emilia de antes, lo permitió. Cada día. Durante más de un año. Lo permitió porque estaba rota, porque no tenía fuerzas, porque cuando el mundo entero te dice que no vales nada, te lo terminas creyendo.
Cassidy hizo una pausa. No ensayada. Real. Los recuerdos de Emilia le apretaban la garganta.
—Pero la mujer que despertó de ese coma ya no se lo cree.
Mariana se inclinó hacia adelante.
—¿Qué cambió?
Cassidy pensó en la verdad: que una forajida del siglo diecinueve le entró en el cuerpo y le puso las agallas que le faltaban. Obviamente no podía decir eso.
—Morirte te cambia la perspectiva. Cuando te asomas al otro lado y vuelves, te das cuenta de que cada minuto que pasas dejándote pisar es un minuto que no recuperas. Ya perdí demasiados. No pienso perder ni uno más.
—¿Qué les dirías a las mujeres que están viviendo lo que tú viviste?
—Que no esperen a morirse para despertar. Que el cuerpo que tienen, sea del tamaño que sea, es suyo. Que nadie tiene derecho a decidir cuánto espacio ocupas en tu propia vida. Y que si el hombre que duerme a tu lado te hace sentir que eres menos, el problema no eres tú. El problema es él.
Mariana Campos llevaba veintitrés años haciendo entrevistas. Había entrevistado a presidentes, asesinos, víctimas de guerra y estafadores de todo tipo. No se emocionaba fácil.
Pero cuando apagó la cámara, le apretó la mano a Cassidy y le dijo en voz baja:
—Esto va a cambiar las cosas, Emilia. Te lo prometo.
El artículo salió al día siguiente. Versión digital a las seis de la mañana, versión impresa a las ocho, video completo de la entrevista en todas las plataformas a las diez.
El titular: «Emilia Montero: Volví de la muerte para recuperar lo que es mío.»
Para las dos de la tarde tenía ochocientos mil reproducciones. Para las seis, dos millones. Para la medianoche, cinco millones y el hashtag #EmiliaVolvió era tendencia nacional.
Lucía le leía los comentarios en voz alta mientras Cassidy cenaba en la cocina.
—«Esta mujer es mi heroína.» «Lloré con la entrevista.» «Emilia Montero le habló a todas las que nos hemos sentido invisibles.» «Yo también dormía en el peor cuarto de mi casa.» «Si ella pudo, yo puedo.»
Cassidy masticaba despacio. No dijo nada. Pero algo se le movió adentro. Algo que no era rabia ni adrenalina ni instinto de supervivencia. Algo más suave. Más incómodo.
Emilia, no sé si puedes oírme dondequiera que estés. Pero tu historia le está dando fuerza a gente que la necesita. Y eso vale más que todo el dinero de esta casa.
Al otro lado de la ciudad, en un departamento que Cassidy no conocía, Sebastián Duarte vio la entrevista completa en su teléfono, solo, sentado en el sofá con un whisky en la mano.
Cuando Cassidy dijo «mi marido decidió que yo no merecía más», Sebastián apretó el vaso.
Cuando dijo «porque tenía sobrepeso y eso le daba asco», lo apretó más fuerte.
Cuando dijo «la mujer que despertó ya no se lo cree» y cinco millones de personas aplaudieron, Sebastián lanzó el vaso contra la pared. El cristal explotó. El whisky escurrió por la pintura blanca como una mancha de sangre dorada.
Agarró el teléfono y llamó a Andrea.
—¿Viste la entrevista?
—La vi —la voz de Andrea era ácida—. La muy gorda se hizo la víctima y el país entero se lo tragó.
—Esto se me está saliendo de las manos, Andrea.
—No. Esto se te salió de las manos el día que esa imbécil despertó del coma hablando como si fuera otra persona. Yo te lo dije, Sebastián. Te dije que la remataras cuando podías. Te dije que la declararas incapaz antes de que abriera la boca. No me escuchaste.
—No me hables así.
—Te hablo como me da la gana. Porque mientras tú estás ahí llorándole al whisky, ella está en televisión nacional contando tu vida y quedando como heroína. Así que o te pones los pantalones o me pongo yo.
Colgó.
Sebastián se quedó mirando la mancha de whisky en la pared. La entrevista seguía abierta en su teléfono. La cara de Emilia —esa cara que él conocía, pero ya no reconocía— lo miraba desde la pantalla con unos ojos que no eran los de antes. No eran los ojos de la mujer callada que agachaba la cabeza. Eran los ojos de alguien que lo había medido, lo había pesado y lo había encontrado miserable.
Y cinco millones de personas estaban de acuerdo con ella.
El teléfono de Cassidy vibró a las once de la noche. Estaba acostada en la cama grande, agotada, revisando los números de la entrevista con una mezcla de satisfacción y cansancio.
Mensaje de un número que no tenía guardado pero reconoció de inmediato.
«Vi la entrevista. Impresionante. ¿Cenas conmigo?»
Cassidy puso los ojos en blanco. Escribió con un dedo:
«No.»
La respuesta llegó en diez segundos.
«¿Mañana?»
Cassidy miró el techo. Miró el teléfono. Apretó los labios.
Lo bloqueó.
Se dio la vuelta en la cama y cerró los ojos con la satisfacción de una mujer que tiene el control de su vida, de su empresa, de su narrativa y de su bandeja de mensajes.
Lo que no sabía era que Daniel Reyes Alcázar, sentado en su sala con el teléfono en la mano y la sonrisa más grande que había tenido en años, acababa de descubrir que su número estaba bloqueado, y en lugar de sentirse ofendido había soltado una carcajada que asustó al gato del vecino.
—Me bloqueó —dijo en voz alta, para nadie—. Me bloqueó.
Se rió otro rato. Luego agarró su laptop, abrió un portal inmobiliario y buscó propiedades en venta en la zona comercial donde estaba el edificio del Grupo Montero. Piso cuarenta. Oficina de Emilia.
Había un departamento disponible justo enfrente. Edificio de cristal, piso treinta y ocho, con vista directa a la torre Montero. Precio absurdo. Decoración horrible. Ubicación perfecta.
Daniel sacó su tarjeta y lo compró en doce minutos.
Si Emilia Montero quería ignorarlo, estaba en todo su derecho. Pero iba a ser difícil ignorar al hombre que la saludaba con un café en la mano desde la ventana de enfrente cada mañana.
Difícil, pero no imposible. Y eso era lo que más le gustaba.
CAPÍTULO 11: Marcos Peña mueve ficha.
La reunión con Marcos fue un martes a las diez de la mañana.
Cassidy llegó a la oficina del piso cuarenta con Lucía detrás, el café en la mano y tres noches de tutoriales de YouTube encima. Había visto todo lo que encontró sobre contabilidad empresarial, lectura de balances, estados de resultados y las cien formas más comunes de robar dinero desde un puesto directivo. No entendió todo. Pero entendió suficiente para saber qué preguntas hacer y, más importante, qué cara poner cuando le mintieran.
Marcos ya estaba sentado en la sala de reuniones. Solo. Sin el flaco de la nariz afilada ni el bulldog del teléfono. Sin testigos. Tenía una carpeta gruesa sobre la mesa, la laptop abierta con gráficos en la pantalla y esa sonrisa que Cassidy ya le conocía: la del hombre que cree que controla la partida.
—Buenos días, señora Montero. Le preparé un informe completo como me pidió. Todo está aquí, desglosado, transparente, sin tecnicismos. Tal como lo quería.
Le deslizó la carpeta por la mesa. Cassidy la abrió.
Páginas y páginas de números, tablas, columnas. Ingresos, egresos, inversiones, gastos operativos, proyecciones. Todo limpio. Todo ordenado. Todo prolijo como la camisa planchada de un estafador el domingo de misa.
Cassidy pasó las páginas despacio. No porque entendiera cada cifra, sino porque quería tiempo para mirarlo a él.
Marcos hablaba mientras ella leía. Explicaba cada sección con voz tranquila, pausada, como un profesor con un alumno lento. Le señalaba las columnas, le mostraba los porcentajes, le decía frases como «aquí puede ver que todo cuadra» y «los gastos de representación están dentro del margen normal» y «la inversión en infraestructura explica la diferencia.»
Cassidy lo dejó hablar.
Cuando terminó, cerró la carpeta y la dejó sobre la mesa.
—Marcos, ¿cuántos proveedores externos tiene la empresa?
Marcos no esperaba la pregunta. Tardó medio segundo en recomponerse, pero Cassidy vio el parpadeo. Mínimo. Rápido. El mismo parpadeo que hacía un jugador de póker cuando le salía una carta que no quería.
—Alrededor de setenta y cinco, entre servicios, insumos y...
—¿Y cuántos se contrataron en los últimos dos años?
—Tendría que revisar el detalle, pero calculo que unos quince o veinte.
—¿Y todos esos proveedores nuevos los aprobaste tú?
—La mayoría pasó por mi departamento, sí, pero el señor Duarte también...
—¿Sebastián aprobó proveedores?
—Como director general tenía esa facultad, señora.
Cassidy asintió. No dijo más. No necesitaba decir más. Había visto un video a las dos de la mañana sobre empresas fantasma, sobre cómo se creaban proveedores falsos para desviar fondos, sobre cómo el dinero salía por una puerta de atrás disfrazado de «gasto operativo» o «inversión en infraestructura.» No podía probarlo todavía. Pero la cara de Marcos cuando preguntó por los proveedores le dijo todo lo que necesitaba saber.
—Gracias, Marcos. Muy claro.
Marcos sonrió. Relajó los hombros. Creyó que había ganado.
Pobre pendejo, pensó Cassidy. No tienes idea.
Esa misma tarde, Cassidy le pidió a Sofía del Valle el nombre de la mejor auditora financiera del país. No la más barata. No la más diplomática. La mejor.
—Valentina Torres —dijo Sofía sin dudarlo—. Pero te advierto: esa mujer es un huracán. Ha destapado fraudes en tres multinacionales, le da igual quién sea el dueño, y tiene fama de no dejar piedra sin voltear. Las empresas la contratan cuando quieren limpiar de verdad. Los que tienen algo que esconder le tienen terror.
—Suena perfecta. Dame su número.
—Emilia, una cosa. Valentina no es de las que negocian. Si la contratas y encuentra algo, lo saca a la luz. No hay vuelta atrás.
—Mejor todavía.
Valentina Torres tenía oficina en un edificio viejo del centro, tercer piso, sin letrero en la puerta. Cassidy fue sin avisar. No le gustaba dar ventaja avisando.
Subió las escaleras del edificio —tres pisos, sin ascensor, y los subió sin detenerse, lo cual le arrancó una sonrisa de orgullo entre los jadeos— y tocó la puerta.
Abrió una mujer.
Valentina Torres tenía unos cincuenta años, el pelo negro con mechones blancos que no se molestaba en teñir, la cara sin maquillaje y unos ojos oscuros que te miraban como si ya supieran lo que ibas a decir antes de que abrieras la boca. Era delgada, no muy alta, y vestía como si la ropa le importara lo mismo que la opinión ajena: pantalón gris, blusa blanca, zapatos planos. Sin anillos. Sin aretes. Sin nada que sobrara.
Me gusta, pensó Cassidy. Tiene cara de pistolera retirada.
—¿Señora Montero? —Valentina la miró de arriba abajo sin ninguna delicadeza.
—La misma.
—No la esperaba.
—Lo sé. ¿Puedo pasar?
La oficina era pequeña, desordenada con método: pilas de carpetas, una computadora vieja, tres pantallas encendidas con hojas de cálculo, y una pizarra blanca llena de nombres, flechas y números escritos con marcador rojo. Parecía la guarida de alguien obsesionado con encontrar la verdad, que era exactamente lo que Cassidy necesitaba.
Se sentaron. Cassidy no se anduvo con rodeos.
—Creo que me están robando. Mi director financiero, Marcos Peña, y mi marido, Sebastián Duarte. Llevan al menos dos años manejando mi empresa y mi dinero y algo no me cuadra. Me presentaron un informe limpio, demasiado limpio, y cuando pregunté por los proveedores nuevos al director financiero casi le da un infarto.
Valentina escuchaba sin mover un músculo. Sin tomar notas. Sin interrumpir.
—No tengo pruebas —continuó Cassidy—. Todavía. No sé leer un balance como debería y llevo una semana aprendiendo con videos de internet lo que debí saber hace años. Pero sé cuándo alguien me miente. Y ese hombre me mintió en la cara con una sonrisa de oreja a oreja.
Silencio.
Valentina la miraba fijo. Cassidy le sostuvo la mirada. Llevaba veinticinco años —bueno, veinticinco más los de Emilia— mirando a gente peligrosa a los ojos sin pestañear. Una auditora con cara de pocos amigos no le iba a ganar ese duelo.
—¿Cuánto acceso me va a dar? —preguntó Valentina.
—Total. Cuentas, contratos, correos, registros de proveedores, movimientos bancarios. Todo lo que necesite. Sin límites.
—¿Y si lo que encuentro salpica a gente cercana a usted?
—No tengo gente cercana. Tengo enemigos y tengo empleados. Salpique a quien tenga que salpicar.
—¿Y si lo que encuentro es peor de lo que usted imagina?
Cassidy se recostó en la silla.
—Valentina, he visto cosas peores que un par de ladrones con corbata. Créeme.
Valentina la estudió otro momento largo. Luego habló con la voz plana de alguien que ha dicho lo mismo muchas veces y lo dice en serio cada una:
—Tengo una condición. Si encuentro algo, lo quemo todo. Cada documento, cada cifra, cada nombre. Lo saco a la luz y se lo entrego a usted y a quien corresponda. No me pida que lo tape. No me pida que negocie. No me pida que le dé tiempo a nadie para que huya o esconda pruebas. Si me contrata, se hace a mi manera o no se hace.
Cassidy sonrió.
No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de Cassidy Boone antes de un asalto: lenta, afilada, con los dientes apretados y los ojos brillando.
—Quémalo.
Valentina asintió una sola vez.
—Necesito dos semanas para el primer informe. Tres si las cuentas están muy maquilladas. Le voy a pedir acceso a los servidores de la empresa, copias de los últimos cinco años de estados financieros, registros de proveedores y los movimientos de todas las cuentas corporativas. Todo. ¿Va a tener problemas para conseguirlo?
—Soy la dueña de la empresa.
—Eso no siempre significa que le den lo que pide.
—A mí sí me lo dan.
Valentina la miró con algo que no era simpatía, porque esa mujer no parecía capaz de sentir simpatía por nadie, pero que se le acercaba. Respeto, tal vez. O reconocimiento. La mirada de una profesional que sabe distinguir a un cliente serio de uno que juega.
—Una cosa más —dijo Cassidy desde la puerta—. Nadie puede saber que la contraté. Nadie. Ni la prensa, ni mis directores, ni mi marido. Especialmente mi marido.
—Señora Montero, llevo veinte años destapando fraudes. Si mis clientes supieran lo que sé de ellos antes de que yo esté lista, estaría muerta. La discreción no es un favor que le hago. Es mi forma de sobrevivir.
Cassidy la miró con auténtica admiración. Hacía mucho que no sentía eso por alguien. Desde el Viejo Oeste, probablemente. Desde la última vez que conoció a alguien con suficientes huevos para jugar fuerte y la cabeza fría para no perder.
—Valentina.
—¿Sí?
—Creo que usted y yo nos vamos a llevar muy bien.
—Lo dudo. No me llevo bien con nadie. Pero le voy a encontrar cada centavo que le hayan robado, y eso es mejor que caerle bien.
Cassidy soltó una carcajada. La primera en días que le salió de verdad, sin cálculo, sin estrategia, desde las tripas.
Salió del edificio y se subió al auto donde el chofer la esperaba. Lucía iba en el asiento de atrás con el cuaderno.
—¿Cómo le fue, señora?
—Acabo de contratar a la mujer más peligrosa que he conocido desde que llegué a esta época. Y eso que me incluye a mí.
—¿Eso es bueno?
—Es muy bueno, Lucía. Para nosotras. Para Marcos Peña y para Sebastián... no tanto.
Se recostó en el asiento y cerró los ojos. El auto arrancó. La ciudad pasaba por la ventana y Cassidy ya no la miraba con miedo. La miraba con hambre.
Dos semanas, Marcos. Dos semanas y voy a saber dónde escondiste cada peso. Y cuando lo sepa, vas a desear no haber pisado jamás el edificio Montero.
Abrió los ojos.
—Lucía, ¿cómo se llama el programa ese donde buscas empresas y sus dueños?
—¿El registro mercantil?
—Eso. Enséñame a usarlo. Esta noche tú y yo vamos a buscar cada proveedor nuevo que entró a la empresa en los últimos dos años. Uno por uno.
Lucía sacó el cuaderno y empezó a anotar.
Cassidy miró por la ventana.
Voy por ti, Marcos Peña. Y cuando termine contigo, voy por el que te puso ahí.
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖