Después de amar obsesivamente y morir, Elijah Grant despierta con una segunda oportunidad y un juramento: esta vez no permitirá que el amor lo destruya. Decidido a huir del hombre al que amó unilateralmente durante años, planea una nueva vida lejos de él.
Pero el pasado no se olvida tan fácilmente.
El hombre que lo marcó se niega a dejarlo ir, y una amenaza inesperada vuelve a poner su vida en peligro.
Cuando el amor se confunde con posesión y el destino insiste en repetirse…
¿podrá Elijah escapar de su final o está condenado a revivirlo?
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Capítulo 16. Mismos errores.
Toda la noche estuve dando vueltas en la cama, incapaz de dormir más de unos minutos seguidos. Mi mente regresaba una y otra vez a la misma imagen: el lomo de aquel libro, las letras sobrias, el peso silencioso de lo que implicaba… y Daniel.
Parecía un buen tipo, demasiado tranquilo para este mundo lleno de depredadores disfrazados de personas decentes. Aun así, no podía confiar en él tan fácilmente. Confiar nunca me había salido bien.
Pero la realidad era cruel y simple: no conocía a ningún médico en quien pudiera apoyarme. A nadie que pudiera garantizarme discreción, que no hiciera de mi cuerpo un espectáculo, un experimento, una anomalía digna de titulares morbosos. No quería convertirme en “el caso”, en “la rareza”, en esa especie de humano diferente que debe ser encerrada, observada y diseccionada con la excusa de la ciencia.
Había pasado horas buscando información. Foros, artículos, testimonios. Hombres que hubieran pasado por algo similar. Pero todo lo que encontraba terminaba llevándome al mismo sitio: historias de hombres trans. Y aunque sus experiencias eran válidas y reales, no eran la mía.
Esto no era mi caso.
—Esto es tan frustrante… —murmuré frente al espejo del baño.
Mi reflejo me devolvió una imagen cansada. El cabello húmedo se me pegaba a la frente y al cuello, gotas de agua resbalaban lentamente por mi piel mientras mis ojos, ojerosos, parecían buscar respuestas donde no las había. Apoyé ambas manos en el lavabo y respiré hondo.
Necesitaba una prueba de sangre. Cuanto antes. Confirmarlo de una vez por todas, aunque en el fondo sabía la verdad. Mi cuerpo lo sabía. Cada náusea leve, cada mareo, cada sensación extraña era una confirmación silenciosa.
No quería creer que, al regresar al pasado, eso hubiera cambiado.
—No… espero que no —susurré, pasando una mano por mi cuello, como si ese gesto pudiera calmar la ansiedad que me apretaba el pecho.
Entonces, el timbre del departamento resonó con fuerza, sacándome de mis pensamientos de golpe.
Fruncí el ceño.
Eran apenas las siete y quince de la mañana. No esperaba a nadie. No había absolutamente nadie que tuviera razones para visitarme, y mucho menos a esa hora.
Aun así, sin pensarlo demasiado —quizá porque mi mente estaba en otro lugar—, caminé hacia la puerta. Apenas llevaba ropa interior y una toalla ajustada a la cintura, el cuerpo aún tibio por la ducha.
Abrí.
Y me arrepentí al instante.
Robert estaba ahí.
Su expresión era dura, irritada, como si hubiera cargado con su enojo desde la mansión hasta mi puerta. El impulso de cerrarle en la cara fue inmediato, pero no fui lo suficientemente rápido. Él metió la mano y empujó la puerta con fuerza.
Trastabillé dos pasos hacia atrás.
—¿Qué haces aquí? —pregunté sin disimular mi molestia.
No lo esperaba. No lo quería ahí. No quería verlo nunca más.
Sus ojos bajaron sin pudor, recorriendo mi cuerpo semidesnudo. Sentí su mirada como un roce indebido, como una invasión. Sus cejas se fruncieron aún más.
—¿Recibes a todos desnudo? —preguntó con un tono cargado de ironía.
La pregunta me tomó por sorpresa. Nunca se había interesado por nada que tuviera que ver conmigo… y ahora estaba ahí, atravesando mis límites como si aún tuviera derecho a hacerlo.
Dio dos pasos hacia mí. Antes de que pudiera reaccionar, tomó mi muñeca y me jaló, su otra mano rodeó mi cintura con familiaridad ofensiva.
—¿O es que me esperabas a mí? —susurró junto a mi oído.
Sus labios rozaron mi piel, fría por la humedad, y mi cuerpo reaccionó traicioneramente, estremeciéndose. Lo sentí. Él también.
Lo supe por la forma en que sonrió. Y en ese instante, entendí que no había venido a buscar respuestas.
Había venido a reclamar algo que ya no le pertenecía.
«No debo ceder. No quiero ceder», me repetí internamente mientras giraba el rostro, evitando sus labios, su cercanía, esa presión invisible que siempre lograba ejercer sobre mí. El corazón me latía con fuerza, no por deseo, sino por rabia y miedo a recaer.
La puerta había quedado abierta.
Entonces lo vi.
Mi salvación cruzaba el pasillo con absoluta tranquilidad, ajeno al caos que se estaba gestando en mi vida.
—¡Daniel! —grité.
Robert me soltó de inmediato, desconcertado, como si no hubiera previsto ese giro. No perdí la oportunidad. Me zafé de su alcance y caminé con prisa hacia el pasillo.
Daniel avanzaba distraído, el celular en una mano y un café humeante en la otra. Estaba regresando a su departamento. Alzó la vista al escuchar su nombre y su expresión pasó de la confusión a la sorpresa cuando tomé su brazo con firmeza.
—Lo esperaba a él —dije sin titubear, forzando una sonrisa que no sentía y recargando la cabeza en su hombro.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba apenas un segundo, lo justo para notar que había captado que algo no iba bien.
Robert clavó la mirada en nosotros. Sus ojos iban de mí a Daniel y de Daniel a mí, como si intentara procesar la escena. La rabia brilló en su expresión y, por primera vez en mucho tiempo, ese gesto me produjo una satisfacción amarga.
No entendía qué demonios le pasaba últimamente ni por qué insistía en buscarme, pero no me gustaba. No lo quería cerca. Esa actitud posesiva, ese aire de “me perteneces” que nunca había tenido derecho a reclamar, me revolvía el estómago.
Por un segundo pensé que quizá… quizá estaba celoso.
Pero no. Eso era imposible.
O al menos eso me repetí para no darle más poder del que ya tenía.
Apreté un poco más el brazo de Daniel al notar que aún no reaccionaba y rogué en silencio para que entendiera el mensaje. Para mi alivio, lo hizo. Guardó el celular de inmediato y levantó la vista, mirándome primero a mí y luego a Robert.
—Lo siento —dijo con naturalidad—. No quise despertarte. Salí por un café.
Lo miré, agradecido. Mi sonrisa esta vez fue más real, aunque seguía cargada de tensión. Luego Daniel giró el rostro hacia Robert, evaluándolo con calma.
—¿Quién eres? —preguntó.
El silencio se volvió denso.
Vi a Robert apretar la mandíbula, sus puños cerrarse con fuerza a los costados. Parecía genuinamente molesto, quizá incluso herido en su orgullo, y por un momento temí que perdiera el control. Daniel no tenía culpa de nada y no merecía verse envuelto en nuestros problemas.
Sin embargo, Robert no hizo nada.
—Te veo en el trabajo —murmuró finalmente.
Pasó junto a Daniel, empujándolo del hombro con brusquedad, una agresión muda cargada de advertencia. Mi cuerpo se tensó, pero Daniel apenas se movió, sorprendido más que asustado.
La puerta del pasillo se cerró tras Robert.
Solté el aire que había estado conteniendo y, sin pensarlo demasiado, arrastré a Daniel hacia el interior de mi departamento.
—Lo siento —dije apenas cerré la puerta—. Tengo que explicarte algunas cosas.
Porque, aunque no lo hubiera planeado así, acababa de involucrarlo en mi vida. Y esta vez, no podía permitirme cometer los mismos errores del pasado.
Gracias por la actualización
yo si quisiera que quedarán juntos claro después que el sufriera bastante y cambiará completamente para poder recuperar a Eli, o por lo menos que fuera un trío para que el papucho de Dominick no quede por fuera
I hate you
Bastard