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Sombra En El Altar

Sombra En El Altar

Status: En proceso
Genre:Matrimonio arreglado
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Anibeth Arguello

Alessandro una muchacha con un triste pasado y un esposo que la odia.

NovelToon tiene autorización de Anibeth Arguello para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El baile de la luna roja.

​El Château des Ombres resplandecía bajo la luz de miles de velas de cera de abeja, pero era una luz que no lograba disipar la oscuridad de los rincones. Los carruajes y limusinas negras desfilaban por el camino de grava, dejando a los hombres más poderosos de Europa y a sus esposas enjoyadas en la escalinata de mármol. La consigna era estricta: etiqueta de época y máscaras venecianas de porcelana o seda.

​Alessandra se observaba en el espejo de su habitación, una estancia de techos altísimos decorados con frescos de ángeles caídos. Su vestido era una obra maestra de la alta costura francesa: seda negra con incrustaciones de azabache que pesaban sobre sus hombros como una armadura. Sobre su rostro, una máscara de filigrana de oro que solo dejaba ver sus ojos, dos pozos de determinación gélida.

​—Pareces una reina lista para su ejecución, o para su coronación —la voz de Eléonore resonó desde la puerta. Su madre vestía de rojo sangre, con una corona de rubíes que parecía una hilera de gotas frescas sobre su frente.

​—Hoy termina esto, Eléonore —respondió Alessandra sin mirarla—. Jugaré tu juego frente a tus socios, pero no esperes que firme esa anulación.

​—Ya veremos, querida. En este castillo, las paredes tienen una forma de convencer a la gente que la lógica no posee.

​El vals de las hipocresías

​El gran salón de baile era un remolino de colores y sombras. La orquesta tocaba piezas de cuerdas que sonaban como lamentos elegantes. Alessandra descendió la gran escalinata del brazo de su madre. Cientos de máscaras se giraron hacia ella. Allí estaban los dueños de los bancos suizos, los magnates del petróleo ruso y los herederos de las casas reales desposeídas. Todos eran miembros de la Orden de Valois.

​Mientras Alessandra era presentada de mano en mano, sintiendo el beso gélido de los aristócratas en sus nudillos, sus sentidos estaban alerta. Marcus le había confirmado que un "invitado no identificado" había cruzado el perímetro del bosque.

​—¿Disfruta de la velada, Mademoiselle? —le preguntó un hombre con máscara de lobo, cuyo aliento olía a coñac caro.

​—Es una noche... reveladora —contestó ella, buscando desesperadamente entre la multitud.

​Entonces, lo vio.

​Cerca de las pesadas cortinas de terciopelo que daban a los jardines, había un hombre alto, vestido con un esmoquin que no lograba ocultar la rigidez de su postura. Su máscara era una sencilla pieza de cuero negro, pero la forma en que su mandíbula se tensaba y la cicatriz apenas visible que asomaba por debajo del borde de la máscara no dejaban lugar a dudas. Era Julián.

​Un encuentro entre sombras

​Alessandra maniobró a través del salón, fingiendo aceptar una copa de champagne, hasta que logró quedar a espaldas de Julián. El corazón le latía con tanta fuerza que temía que el azabache de su vestido se rompiera.

​—Estás loco —susurró ella, sin girarse, fingiendo observar una estatua de mármol.

​—Y tú eres una mentirosa —respondió la voz rasgada de Julián, tan cerca que su aliento le rozó la oreja—. Me dijiste que la guerra había terminado. Me dejaste en esa cama de hospital para venir a este nido de serpientes sola.

​—Lo hice para salvarte la vida. Eléonore tiene hombres en tu habitación, Julián. Si no venía, te habrían matado.

​—Prefiero que me maten de frente que vivir en un mundo donde tú tengas que vender tu alma para protegerme —Julián la tomó del brazo y, con un movimiento fluido, la arrastró hacia el baile, fundiéndose con las parejas que giraban en el centro del salón—. Baila conmigo, Alessandra. Baila como si fuera nuestra última noche, porque si no salimos de aquí, al menos habré muerto sosteniéndote.

​La danza del peligro

​Mientras giraban bajo los candelabros, el contraste era total. Alessandra sentía la herida de Julián bajo la tela de su esmoquin, el calor de su cuerpo que luchaba contra la fiebre de su recuperación.

​—Isabella está aquí —le advirtió ella en voz baja—. Eléonore la ha transformado en algo más peligroso de lo que era. No es solo odio lo que siente ahora; es una programación. Mi madre la usa como su brazo ejecutor.

​—He visto a Marcus en las cocinas —dijo Julián—. Tenemos un plan para sacarte de aquí antes de que comience el brindis de medianoche. Pero tienes que confiar en mí, Ale. Tienes que dejar de ser la mujer que lo controla todo y dejar que yo sea tu escudo esta vez.

​—No puedo dejar que te sacrifiques de nuevo, Julián. No lo soportaría.

​En ese momento, la música se detuvo de golpe. Un foco de luz blanca cayó sobre el balcón superior. Eléonore estaba allí, pero no estaba sola. A su lado, una figura con el rostro cubierto por un velo de encaje negro y un vestido idéntico al de Alessandra se mantenía inmóvil.

​—¡Damas y caballeros! —anunció Eléonore, su voz cortando el aire como un cuchillo—. Ha llegado el momento del Brindis de la Sangre. Mi hija, la heredera de los Valois, ha decidido que esta noche su pasado muera para que su futuro nazca. Julián Rossi, quítate la máscara. Sabemos que estás aquí.

​El silencio que siguió fue absoluto. Los guardias del castillo, vestidos con uniformes negros, rodearon la pista de baile. Julián soltó a Alessandra y se quitó la máscara, revelando su rostro marcado por el cansancio pero iluminado por una lealtad inquebrantable.

​—Aquí estoy, Eléonore —rugió Julián—. Y no me voy a ir sin mi esposa.

​De la sombra detrás de Eléonore, la figura velada —Isabella— dio un paso adelante, sacando una pistola con silenciador de entre los pliegues de su vestido. La verdadera masacre estaba a punto de comenzar.

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