No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
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Capitulo 17
El alboroto de ese día se diluyó con el paso de los días, pero las consecuencias obligaron a Arya a detenerse.
Reposo absoluto.
La orden del médico fue clara, se vio confinada a su habitación. La inmovilidad le resultaba más incómoda que el dolor mismo. No asistir a clases, no caminar por los pasillos, no perderse entre la biblioteca y el patio… era como si el mundo continuara girando sin ella.
Los primeros días intentó concentrarse en la lectura. Pero la quietud tiene una forma particular de amplificar pensamientos que, en movimiento, se mantienen a raya.
Y entonces estaba él.
Edward von Reinenhart.
Su voz baja. Su mirada severa. El “porque me resultas molesta” dicho sin desprecio.
Arya apretaba el libro entre los dedos cada vez que el recuerdo regresaba.
Es complicado. Solo eso.
Se repetía que no debía darle vueltas a algo que probablemente nunca entendería. Que no era asunto suyo descifrarlo.
Aun así, la imagen de él inclinándose frente a ella, examinando su tobillo con una delicadeza que contradecía su naturaleza áspera, volvía con una persistencia incómoda.
Sacudía la cabeza y cambiaba de página.
Pero no siempre funcionaba.
Y luego estaba August.
August rompía las reglas como si fueran meras sugerencias.
La primera vez que apareció en su habitación, Arya casi dejó caer el libro del susto.
— Tú... De nuevo. No deberías estar aquí —susurró, mirando instintivamente hacia la puerta.
—Lo sé —respondió él con tranquilidad impropia—. Pero no es la primera vez que hago esto, y no fui descubierto ¿verdad?
Dijo con un tono orgulloso y juguetón.
Traía consigo dos libros de la biblioteca y, como si fuera lo más natural del mundo, los dejó sobre la mesa junto a un pequeño paquete envuelto en papel.
—¿Qué es eso? —preguntó ella.
—Algo que encontré en la ciudad el último permiso de salida.
Eran dulces.
Detalles pequeños. Constantes.
August llenaba el espacio con una presencia luminosa y cálida. Se sentaba cerca, hablaban de su rutina, de trivialidades que hacían que la habitación dejara de sentirse como una celda temporal.
Volvió más de una vez.
A veces solo para asegurarse de que el vendaje estuviera bien ajustado. Otras para contarle algo que había ocurrido. O simplemente para verla.
Arya sabía el riesgo que corría él.
Y aun así, cuando escuchaba ese golpe suave en la puerta, su corazón latía con una expectativa imposible de ocultar.
Aquella tarde, la visita fue distinta.
Un profesor había faltado a su clase, y Giselle aprovechó el horario inesperado para subir.
Arya casi suspiró de alivio al verla entrar.
—Por fin alguien con quien hablar que no me trate como si estuviera hecha de cristal —dijo con una sonrisa.
Giselle se sentó junto a la cama, observándola con esa mezcla de ternura y agudeza que siempre la caracterizaba.
Conversaron primero de cosas simples. Del comedor. De comentarios que corrían por los pasillos. De cómo el incidente había sido exagerado más de lo necesario.
Pero la conversación tomó el rumbo inevitable.
—August ha estado viniendo, ¿verdad? —preguntó Giselle con aparente casualidad.
Arya dudó apenas.
Luego asintió.
—Más de lo que debería.
—Rompiendo las reglas por ti.
Arya bajó la mirada, incapaz de evitar el leve rubor que subía por sus mejillas.
—No debería hacerlo. Si alguien lo descubre…
—Pero lo hace igual.
El brillo en los ojos de Giselle no era disimulado.
—Para mí es bastante evidente —continuó con suavidad— que le gustas. Más incluso de lo que él mismo es consciente.
—No bromees así —murmuró Arya, aunque su voz no tenía verdadera firmeza.
—No estoy bromeando.
El silencio se instaló entre ambas.
Giselle la observaba con paciencia. Esperando.
—Y a ti también te gusta —añadió finalmente.
Arya sintió que el aire se volvía más denso.
Podía negarlo. Podía desviarlo. Podía refugiarse en la prudencia que siempre la había acompañado.
Pero ya no tenía sentido.
Se llevó una mano al rostro, avergonzada y vulnerable al mismo tiempo.
—Creo… —empezó, y tuvo que detenerse para ordenar lo que sentía—. Creo que estoy enamorada de él.
La confesión cayó en la habitación como algo frágil y definitivo.
Giselle sonrió, no con triunfo, sino con una felicidad genuina.
—Eso ya lo sabía.
Arya la miró con reproche suave.
—No es tan simple —susurró.
Y no lo era.
La conversación se extendió por un rato más, hasta que llegó el momento de que Giselle regresará.
Giselle se despidió con una alegre sonrisa.
Cuando la puerta se cerró, el silencio regresó como una marea suave pero persistente.
Arya permaneció unos segundos mirando el vacío. Estar sola implicaba pensar, y pensar últimamente era un territorio inestable.
Necesitaba orden.
Tomó el libro de medicina que había dejado sobre la mesa. Trataba sobre lesiones articulares y recuperación ligamentaria. Irónico. Pasó las páginas con disciplina, intentando concentrarse en la descripción anatómica del tobillo, en la vascularización, en los tiempos adecuados de reposo y rehabilitación. Se obligó a leer con rigor, subrayando mentalmente conceptos, como si estuviera en el aula.
Pero el cansancio la alcanzó sin aviso.
La tensión acumulada, el dolor que aunque leve persistía, las noches inquietas… todo pesaba.
Las letras comenzaron a difuminarse.
Parpadeó una vez.
Dos.
El libro descendió apenas sobre su pecho mientras su respiración se hacía más lenta. Sus dedos quedaron atrapados entre páginas abiertas.
Y entonces, el mundo se volvió oscuro y tranquilo.
Giselle avanzaba por el corredor principal cuando divisó una figura familiar a lo lejos.
August.
Caminaba con ese porte recto que parecía natural en él, pero su dirección era clara.
— ¿Va hacia las habitaciones?— pensó.
Una sonrisa lenta, casi traviesa, curvó sus labios.
Se deslizó detrás de uno de los pilares de piedra que sostenían la galería. Desde allí tenía una vista perfecta del pasillo que conducía al ala donde descansaba Arya.
Esperó.
No tuvo que hacerlo mucho tiempo.
August pasó frente a ella sin notar su presencia. Llevaba el ceño apenas fruncido, como si estuviera concentrado en algo más que en el simple acto de caminar.
—¿Buscas a alguien? —preguntó Giselle desde atrás.
Él se detuvo en seco.
Giró el rostro con evidente sorpresa.
—¡Oh tú! ¿Giselle?.. —exhaló, recomponiéndose casi de inmediato.
Ella salió de detrás del pilar con naturalidad.
—¿Vas a ver a mi prima?
August dudó apenas. Solo un segundo. Luego asintió.
—Sí.
No intentó negarlo.
Giselle inclinó ligeramente la cabeza.
—Tal vez deberías esperar un poco. Está… ocupada ahora.
La palabra quedó suspendida.
August interpretó seriedad en su tono.
—Entiendo —respondió con sobriedad—. No quiero interrumpir nada importante.
Giselle casi suspiró.
Demasiado correcto.
Demasiado contenido.
No era eso lo que quería.
Entonces, con aparente ligereza, añadió:
—Es una pena que se haya lastimado el tobillo… pero habría sido aún peor si se hubiera lastimado la mano. ¿Cómo respondería a todos esos chicos que se preocupan por ella? —comentó como quien menciona el clima—. Me imagino lo abrumada pero feliz que debe estar leyendo todas las cartas que le entregué hace un momento.
La frase flotó en el aire.
August no respondió de inmediato.
Primero frunció el ceño.
Cartas.
Chicos.
¿Feliz?
Las palabras no se ordenaron en su mente; se incrustaron.
—¿Cartas? —preguntó, pero su voz había perdido suavidad.
—Algunas son bastante insistentes —continuó Giselle, midiendo cada gesto—. Después de todo, Arya no pasa desapercibida.
Eso era cierto.
Y precisamente por eso, la idea resultaba insoportable.
August sintió un calor incómodo subirle por el pecho. Una mezcla de celos, ansiedad y algo más crudo.
Intentó imaginarla sonriendo ante las palabras de otro.
Intentó imaginarla respondiendo con esa calidez que a veces le dedicaba a él.
No pudo.
Sus manos se cerraron lentamente en puños a los costados.
Era miedo lo que sentía.
Miedo de haber sido demasiado lento.
Miedo de que alguien más tuviera el valor que él había pospuesto.
La respiración se le tensó apenas.
Giselle observó el cambio en su expresión: la mandíbula firme, la mirada endurecida por algo que ya no podía disimularse.
Ahí estaba.
Reconocimiento.
Determinación.
—Yo… me voy —dijo ella finalmente, como si nada.
August apenas la escuchó.
Su mente ya no estaba en el pasillo.
Cuando Giselle se alejó, no pudo evitar sonreír. Caminó hacia el aula imaginando la escena que vendría. Se preguntaba si Arya se ruborizaría, si intentaría negar lo evidente, si luego correría a contárselo en secreto.
La sola idea la emocionaba.
August avanzó hacia las habitaciones con paso firme.
No iba a esperar más.
No iba a permitir que la duda lo dejara atrás.
Se detuvo frente a la puerta de Arya y llamó con suavidad.
Ninguna respuesta.
Volvió a llamar.
Silencio.
Una tercera vez.
Nada.
El corazón le latía más rápido de lo habitual.
¿Estaría realmente ocupada?
Dudó apenas un segundo antes de girar el picaporte.
La puerta cedió con un leve sonido.
Y entonces la vio.
Arya recostada sobre la cama, el libro abierto sobre su pecho, los dedos aún atrapando una página. La luz dorada de la tarde entraba por la ventana y la bañaba por completo, delineando su figura con una claridad casi etérea.
Dormía.
Tranquila.
Vulnerable.
El vendaje blanco contrastaba con la suavidad de la manta. Un mechón oscuro descansaba sobre su mejilla.
August cerró la puerta con sumo cuidado.
Toda la agitación que lo había impulsado hasta allí se transformó en algo distinto.
Se acercó despacio, como si temiera perturbar la escena.
El libro amenazaba con resbalar. Lo sostuvo antes de que cayera y lo retiró con cuidado, dejándolo sobre la mesa.
Se quedó de pie junto a la cama.
Observándola.
Se inclinó apenas, lo suficiente para apartar con delicadeza el mechón que cubría su rostro. Sus dedos rozaron su piel por un instante fugaz.
Arya respiró más profundo, moviéndose ligeramente, pero no despertó.
August sintió que el pecho le ardía.
—No puedo seguir callando —susurró, aunque ella no lo oyera.
La miró como si intentara memorizarla.
Y supo que, cuando abriera los ojos, ya no habría espacio para la duda.