Renace en la novela que estaba leyendo.. el día de la boda con el conde mudo.. Pero ella cambiará su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Banquete
Cuando la ceremonia termino pasaron al segundo patio.. allí estaban largas mesas cubiertas con manteles marfil aparecieron bajo pérgolas adornadas con flores. Copas de cristal reflejaban la luz del atardecer, y el murmullo de conversaciones sofisticadas llenó el aire.
El banquete había comenzado.
En la historia original, Emma se había retirado apenas terminó la ceremonia. Se había encerrado en su habitación, dejando a Daniel solo frente a los invitados, alimentando rumores, reforzando la idea de que aquel matrimonio era un desastre antes de empezar.
Pero esta Emma no dio un solo paso hacia el interior de la mansión.
En cambio, cuando los asistentes comenzaron a dirigirse hacia las mesas, ella giró ligeramente hacia Daniel.
Lo miró.
Él mantenía la postura recta, la expresión serena pero distante, preparado.. quizá.. para enfrentar solo las miradas y los comentarios.
Emma extendió la mano.
Y, sin pedir permiso, tomó su brazo.
El contacto fue firme pero natural, como si fuera lo más lógico del mundo.
Daniel se tensó apenas.
La sorpresa cruzó sus ojos.
No se apartó.
Pero su cuerpo mostró una leve rigidez, la incomodidad de alguien poco acostumbrado a ese tipo de cercanía pública, y menos viniendo de ella.
Emma le dedicó una sonrisa pequeña.
—Relájate —susurró apenas, lo suficientemente bajo para que solo él pudiera escucharla.
Daniel bajó la mirada hacia ella, confundido.
Y juntos comenzaron a caminar.
Los invitados se acercaban en parejas o pequeños grupos.
—Felicitaciones, condesa.
—Conde Devlin, mis mejores deseos.
—Una unión magnífica para el reino.
Las palabras eran elegantes.
Las sonrisas, ensayadas.
Emma podía sentir la falsedad flotando en el aire como perfume demasiado dulce.
Algunos “amigos” inclinaban la cabeza con excesiva teatralidad. Su tío estrechó la mano de Daniel con firmeza calculada. Vanessa ofreció una reverencia delicada, bajando la mirada con falsa modestia.
Emma sonreía.
Radiante.
Como si no notara nada.
—Gracias por venir.. Es un honor compartir este día con ustedes.
Por dentro, tomaba nota de cada gesto.
Pero por fuera, era perfecta.
Daniel, a su lado, permanecía en silencio. Asentía con cortesía. Observaba.
Emma inclinó levemente la cabeza hacia él mientras avanzaban hacia otro grupo.
—Si sonríes un poco más, prometo no pisarte en el primer baile..
Daniel la miró de reojo.
Ella mantuvo la expresión seria… durante exactamente dos segundos.
Luego le guiñó un ojo.
Algo casi imperceptible ocurrió.
Una pequeña curva en la comisura de los labios de Daniel.
Tan leve que cualquiera podría haberlo pasado por una ilusión óptica.
Pero Emma lo vio.
Y su corazón dio un pequeño salto.
Continuaron caminando.
—Ese señor de bigote enorme.. lleva mirándome como si esperara que me desmaye. ¿Crees que debería fingirlo solo para no decepcionarlo?
Los hombros de Daniel se relajaron un poco.
Y esta vez, la sonrisa fue más clara.
Breve.
Pero real.
Emma sintió un calor suave expandirse en su pecho.
Había esperanza.
No necesitaba grandes gestos.
Solo pequeñas grietas en el hielo.
Mientras seguían saludando, mientras aceptaban copas y cumplidos vacíos, Emma mantuvo su mano firme sobre el brazo de Daniel.
Y él, poco a poco, dejó de verse incómodo.
Su postura cambió.
Ya no parecía un hombre arrastrado a una obligación.
Parecía… acompañado.
Emma miró el jardín lleno de hipocresía elegante y pensó, con determinación tranquila..
[Que sonrían falso si quieren.]
Porque junto a ella, el conde silencioso acababa de sonreír de verdad.
Y eso era suficiente para empezar.
El banquete avanzaba entre copas alzadas y risas medidas.
Emma mantenía su postura impecable junto a Daniel, todavía tomada de su brazo, cuando sintió una presencia acercándose con paso decidido.
Vanessa.
Su sonrisa ya no era dulce.. era una máscara tensada por la rabia.
Había visto la sonrisa de Daniel.
Y eso no estaba en sus planes.
—Prima… Quería pedirte perdón si el abuelo te reprendió por hacerme llorar.
Las palabras eran delicadas. Pero el tono estaba calculado para que Daniel escuchara cada sílaba.
Emma lo entendió al instante.
Quería dejarla como una villana caprichosa frente a su nuevo esposo. Quería sembrar la idea de que ella había sido cruel, que seguía siendo cruel.
Emma giró apenas el rostro hacia Daniel.
Y, en lugar de tensarse, sonrió.
Se inclinó ligeramente hacia él, como si estuviera a punto de compartir un secreto fascinante.
—Esposo… Es que ella llora si uno le recuerda que es una recogida. Por eso llora.
Vanessa se quedó helada.
El color subió por su cuello con rapidez.
—¡Emma!
Pero Emma ya había vuelto la vista hacia Daniel, como si la conversación fuese lo más natural del mundo.
—Como ahora eres mi esposo, debes saberlo.. Pero tranquilo… yo te daré hijos e hijas.
Hizo una pequeña pausa teatral.
—Y no tendremos que recoger a nadie.
Daniel, que acababa de llevarse la copa de vino a los labios, se atragantó.
El líquido descendió por el camino equivocado y comenzó a toser, sorprendido tanto por el comentario como por el tono absolutamente despreocupado con que lo había dicho.
—¿Conde?
Vanessa estaba roja de furia.
Emma, sin perder la compostura, dejó su copa sobre la mesa y se acercó rápidamente a Daniel.
—Tranquilo, tranquilo…
Colocó una mano firme sobre su pecho y comenzó a dar pequeños golpecitos para ayudarlo a recuperar el aire.
El contacto fue directo.
Sintió la solidez bajo la tela del traje. La firmeza de su cuerpo, el calor contenido.
Daniel seguía tosiendo levemente, los ojos húmedos por el vino mal tragado.
Emma, concentrada en ayudarlo… aprovechaba un poco más de lo necesario.
Sus dedos se movieron con disimulo, asegurándose de que respirara mejor… y de confirmar que los hombros anchos que había admirado a distancia eran tan firmes como parecían.
Cuando finalmente la tos cedió, Daniel inhaló profundamente.
Sus ojos claros bajaron hacia ella.
Estaban ligeramente brillantes.
Pero no por molestia.
Había sorpresa.
Confusión.
Y algo que se parecía peligrosamente a diversión contenida.
Vanessa observaba la escena con los labios apretados.
El plan había salido mal.
En lugar de humillar a Emma frente al conde, había provocado una complicidad inesperada.
Emma levantó la vista hacia Daniel, todavía con la mano apoyada en su pecho.
—¿Mejor?
Daniel asintió lentamente.
Y esta vez, la sonrisa que apareció en su rostro fue clara.
Visible.
Vanessa dio un paso atrás.
Porque lo entendió.
La dinámica había cambiado.
Y Emma, sin soltar del todo a su esposo, pensó con satisfacción tranquila..
[Si quieres jugar, Vanessa… yo también sé jugar.]