“El misterio de las dos hermanas y los gemelos comienza cuando una oscuridad ancestral marca a una de ellas, mientras los hermanos descubren que su destino está ligado a dos lunas muy distintas que podrían salvar… o destruir… el bosque.” 🌒✨
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El aullido que no existió
La luna estaba alta cuando ocurrió.
Alison despertó sobresaltada, con el corazón golpeándole el pecho.
El sonido aún vibraba en su mente.
Un aullido.
Largo. Profundo. Desconocido.
Su hermana también se incorporó de inmediato.
—¿Lo escuchaste? —susurró.
Alison asintió.
Había sido claro. Tan real que parecía haber atravesado el bosque entero.
Pero algo no encajaba.
El resto de la manada dormía en absoluto silencio. Ningún cuerpo se movía. Ninguna oreja se levantaba alerta.
El viento soplaba suave.
Normal.
Demasiado normal.
—Papá… —murmuró su hermana.
Su padre ya estaba despierto, observándolas con atención.
—¿Qué sucede?
—Un aullido —dijo Alison—. Venía del norte
El padre inclinó ligeramente la cabeza.
Había pasado la noche en vela. No había escuchado nada.
Nada físico.
Se acercó a ellas con calma.
—No hubo ningún aullido —respondió con firmeza tranquila—. El bosque está en paz.
Pero Alison sabía lo que había sentido.
No fue sonido en el aire.
Fue sonido en su interior.
Su hermana bajó la mirada, confundida.
—Se sintió… real.
El padre observó el hombro de Alison,
Donde la marca dormía bajo el pelaje.
No dijo nada.
Pero algo en su expresión se tensó.
—Regresen a dormir —ordenó suavemente.
Ellas obedecieron.
Aunque el sueño tardó en volver.
Muy lejos, en el Norte, Jael también despertó esa misma noche.
No por un aullido.
Si no por un pulso.
Breve.
Como si alguien hubiera tocado una cuerda invisible dentro de él.
Abrió los ojos y miró hacia el sur.
Dael se incorporó segundos después.
—Otra vez —murmuró.
Ambos salieron del refugio y se detuvieron bajo el cielo despejado.
No hubo sonido.
No hubo sombra moviéndose entre los árboles.
Solo una sensación que iba y venía.
—No es la Sombra —dijo Jael finalmente.
Dael frunció el ceño.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque no se siente vacía.
La Sombra del Norte era fría, drenaba la energía del entorno. Dejaba ausencia.
Lo que estaban sintiendo ahora no dejaba vacío.
Dejaba eco.
Y eso los confundía más que cualquier amenaza.
El consejero anciano apareció tras ellos.
—He sentido la alteración —admitió—. Pero no puedo afirmar que sea la misma oscuridad que conocemos.
Dael caminó en círculos, inquieto.
—¿Entonces qué es?
El anciano negó lentamente.
—Tal vez no sea oscuridad. Tal vez sea algo despertando.
Jael levantó la mirada hacia el horizonte.
—Viene del sur.
—Sí —confirmó el anciano—. Pero no hay señales de ataque ni desplazamientos de manadas. No hay caos.
Esperaron.
El pulso no volvió esa noche.
En el sur, Alison volvió a cerrar los ojos.
Y el sueño regresó.
Esta vez lo vio con claridad.
Dos figuras en lo alto de una montaña cubierta de nieve.
No distinguía sus rostros.
Solo sabía que miraban hacia ella sin saber que la estaban mirando.
El aullido volvió a resonar.
Pero no salió de sus bocas.
Salió del cielo.
Se despertó sobresaltada otra vez.
El bosque seguía en silencio
Comprendió entonces algo inquietante:
El aullido no había sido real.
Había sido una señal.
Pero no del bosque.
De sus sueños.
A la mañana siguiente, su hermana la observaba con preocupación.
—Soñaste otra vez, ¿verdad?
Alison asintió.
—No era una advertencia.
—¿Entonces qué era?
Alison miró hacia el norte sin saber por qué.
—Un llamado.
En el Norte, los gemelos se reunieron nuevamente con el anciano.
—No viajaremos todavía —decidió él—. No perseguiremos algo que no entendemos.
Dael parecía dividido.
Parte de él quería moverse.
Parte de él sabía que precipitarse sería un error.
Jael estaba más pensativo.
—Si no es la Sombra… ¿Por qué se siente tan fuerte?
El anciano cerró los ojos un momento.
—Porque tal vez no todo poder oscuro nace para destruir.
El viento sopló suavemente entre los árboles.
No había amenaza visible.
No había enemigo.
Solo cuatro jóvenes en extremos opuestos del bosque, soñando con ecos que no comprendían.
El aullido no había cruzado el aire.
Había cruzado el destino.
Y aunque nadie se moviera todavía…
El equilibrio ya estaba empezando a inclinarse.