Renace en un mundo mágico con una misión, pero ella no dejará la pasión de su primera vida.
* Esta novela es parte de un mundo mágico *
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Ganancias
Meses después, la posada de Abby abrió finalmente sus puertas… y, para sorpresa de muchos y para orgullo absoluto de ella, comenzó a funcionar bien desde el inicio.
No era ostentosa ni excesivamente lujosa, pero tenía algo que atraía.. habitaciones limpias, camas cómodas, una cocina honesta y un ambiente elegante sin resultar costoso. Viajeros, comerciantes y familias empezaron a preferirla frente a otras opciones más caras o descuidadas. El nombre de la posada comenzó a circular por el pueblo, y con él, el de Abby Norhaven.
El primer mes, Abby llegó a la mansión con una bolsa de monedas entre las manos y los ojos brillantes.
—¡Mira esto! ¡He ganado todo esto!
Agnes observó las monedas con calma. No sonrió ni la felicitó de inmediato. Tomó papel y lápiz, como siempre.
—Bien.. Ahora veamos los gastos.
Abby frunció el ceño.
—¿Qué gastos?
Agnes levantó la vista, paciente.
—El sueldo de la cocinera.
—El de las dos personas que limpian la posada y las habitaciones.
—La compra de alimentos.
—Leña, mantenimiento, reposición de vajilla rota.
A medida que Agnes hablaba, el gesto de Abby se iba torciendo.
—¿Todo eso sale de mi dinero?
—Claro.. Es tu negocio.
Abby gruñó, claramente molesta. Se cruzó de brazos, refunfuñó sobre lo injusto que era, sobre cómo nadie le había dicho que ganar dinero implicaba volver a gastarlo.. Aun así, hizo las cuentas. A regañadientes, pagó lo que debía.
Cuando todo estuvo saldado, quedó una pequeña pila de monedas sobre la mesa.
No era la fortuna que había imaginado.
No era suficiente para joyas ni vestidos caros.
Pero era suyo.
Abby las miró en silencio unos segundos. Luego las tomó con una sonrisa distinta, más contenida, más real.
—Sigue siendo ganancia..
—Lo es.. Y mientras exista, tu negocio está vivo.
Al día siguiente, Abby fue al pueblo y gastó casi todo en caprichos. No había cambiado tanto… aún no. Pero algo sí era diferente.. ese dinero no había salido de la mansión, ni del bolsillo de Agnes, ni de una herencia abstracta.
Era suyo.
Y se había ido tan rápido como había llegado.
Aun así, cuando regresó, no pidió más.
Desde entonces, Abby ya no era un gasto para la mansión Norhaven. Tampoco aportaba nada a ella, pero al menos no drenaba sus recursos. La casa se mantenía estable, silenciosa, austera.
Agnes observaba todo con atención, sin reproches.
Sabía que los cambios verdaderos no llegaban de golpe. Llegaban despacio, moneda a moneda, error tras error.
Y Abby, sin darse cuenta, ya había dado el primer paso.
Durante ese mismo tiempo, mientras Abby celebraba cada huésped nuevo de su posada, Agnes avanzaba en silencio.
Ya había restaurado dos casas antiguas. Las había comprado a bajo precio, arreglado con cuidado y vendido por una suma mucho mayor. El dinero que obtuvo superaba con creces las ganancias de Abby, aunque nadie en la mansión parecía notarlo… ni ella tenía interés en hacerlo notar.
Siguió trabajando, reinvirtiendo, planificando.
Pero la verdad era simple.. el negocio de las casas no le encendía el corazón.
Le gustaba el orden, la lógica de comprar, reparar y vender, pero no sentía esa chispa profunda que la hacía olvidar el tiempo. Era solo un medio. Un soporte. Un camino para sostener algo más grande.
Su verdadera pasión estaba en el patio trasero de la mansión.
Entre madera, metal y grasa, el primer carruaje casi modificado empezaba a tomar forma. Ya no era el vehículo tosco y rígido de antes. La suspensión había sido ajustada para suavizar el trayecto. Los mecanismos de apertura funcionaban con fluidez, sin tirones ni bloqueos. El techo, ahora móvil, podía abrirse con un sistema sencillo pero ingenioso.
Nada de eso lo había hecho sola.
Donald, el herrero del pueblo, era un hombre mayor, de manos gruesas y espalda algo encorvada, con el rostro marcado por años de fuego y martillo. Al principio la había mirado con desconfianza, sorprendido de ver a una lady interesada en engranes y ejes. Pero Agnes hablaba su mismo idioma.. medidas claras, ideas precisas, respeto por el oficio.
—¿Y si aquí colocamos un engrane doble? Reduciría la fricción.
Donald había rascado su barba canosa, pensativo.
—Nunca lo he hecho así… pero podría funcionar.
Y funcionó.
Uno tras otro, Donald fue fabricando cada engrane que Agnes imaginaba. Piezas únicas, sólidas, hechas a mano, que encajaban con una precisión casi perfecta. Entre ambos se había formado una complicidad silenciosa, basada en el trabajo bien hecho y en la satisfacción de ver algo nacer desde cero.
Cuando Agnes observó el carruaje casi terminado, sintió un orgullo distinto al del dinero. Era un orgullo limpio, profundo. Ese carruaje era prueba de que su mente, sus manos y su experiencia seguían teniendo valor, incluso en ese mundo.
—Está quedando hermoso —dijo Donald una tarde, limpiándose el sudor.
Agnes sonrió, con una chispa de emoción en los ojos.
—Y es solo el primero.
Mientras el sol caía sobre el patio, ella supo que, aunque las casas pagaban las cuentas, los carruajes eran su verdadero destino.
Y esta vez, no pensaba dejarlo pasar.