"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
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La jaula de cristal parte II
Alessandra subió la imponente escalera de caracol, sus pasos resonando en el silencio de la mansión. El eco era un recordatorio constante de lo sola que estaba. La tercera puerta a la izquierda era de madera oscura y maciza, sin adornos, una entrada a su nueva prisión.
Al abrirla, encontró una suite que podría haber pertenecido a un hotel de lujo, pero carecía de alma. Un dormitorio gigantesco con una cama king-size que dominaba la estancia, un vestidor y un baño con acabados de mármol negro. La luz de la luna se filtraba a través de las persianas motorizadas, proyectando sombras largas y angulosas.
Y sobre la cama, perfectamente extendido, un vestido de noche. No era el "apropiado" al que estaba acostumbrada. Era un diseño de seda negro, ceñido, con un escote pronunciado que dejaba al descubierto sus clavículas y una abertura alta en el muslo. A su lado, un par de tacones de aguja que gritaban "femme fatale".
—Maldito arrogante —murmuró, sintiendo cómo el calor subía por su cuello. No era ropa de cena; era un uniforme para la sumisión, una declaración de intenciones. Un vestido que decía: "eres deseable, pero eres mía".
Encontró sus propias maletas cuidadosamente apiladas en el vestidor. Ignoró el vestido de Damian y, con manos temblorosas, buscó entre sus pertenencias algo que le diera un poco de dignidad. Se puso un simple vestido de lana azul marino, con cuello alto, que ocultaba sus curvas, y recogió su cabello en una coleta. No le daría el gusto.
Mientras se vestía, sus ojos recorrieron la habitación en busca de cualquier señal, cualquier debilidad. La ventana era una pared de cristal doble, impenetrable. Probó la puerta del balcón; cerrada con un sistema electrónico. Cada rincón de la suite era una trampa elegante.
Pero sus ojos se posaron en la puerta del baño. Un pensamiento fugaz y desesperado cruzó su mente. El baño tenía una ventana más pequeña, diseñada para la ventilación, no para la vista. Con un nudo en el estómago, entró y examinó la abertura. Era diminuta, apenas del tamaño para que pasara una cabeza. Un intento patético, pero el único que tenía.
Volvió al dormitorio y encendió su teléfono. No había señal. La rabia se mezcló con la desesperación. Estaba completamente aislada. No podía llamar a nadie, no podía enviar un mensaje.
La idea de ser una prisionera de Damian, de tener que cenar con él, de soportar su mirada posesiva, era un veneno que le quemaba las venas. La promesa que le hizo a Damian hace diez años cuando casi cayó desde un puente en el canal—"Preferiría ahogarme en este canal antes que pedirte nada"— resonaba en su mente. No podía quebrarse tan fácilmente. No antes de intentarlo.
Con decisión, regresó al baño. La pequeña ventana estaba alta, casi tocando el techo. Tendría que subirse al tocador para alcanzarla. La rabia le dio una fuerza inusitada. Empujó una silla pesada desde el vestidor, la colocó sobre el tocador y, con un esfuerzo considerable, se subió.
La ventana estaba cerrada herméticamente, pero no con un sistema electrónico. Parecía un pestillo manual. Alessandra respiró hondo, su corazón latiendo como un tambor. Sus dedos buscaron a tientas el mecanismo, y con un clic suave, el pestillo cedió.
Empujó la ventana, y esta se abrió hacia afuera, dejando pasar una ráfaga de aire helado. Era pequeña, muy pequeña, pero con esfuerzo, quizás podría pasar. Más allá, la oscuridad y el sonido de las olas rompiendo contra la orilla. Una caída desde esa altura sería dolorosa, pero preferible a quedarse.
Justo cuando estaba a punto de intentar deslizarse, escuchó un golpe seco en la puerta del dormitorio.
—Alessandra. Tu tiempo se acabó.
La voz de Damian. Fría, precisa, letal.