Sigue a Valentina Márquez Santos, abogada humilde e hija ilegítima de un magnate. Tras ser traicionada en su boda y expulsada de su trabajo por defenderse de acoso, se convierte en asistente del amargado CEO Mateo Castellanos. Demuestra su valía al organizar el proyecto médico VidaPlus y salvar a su hija Sofía de un rapto, mientras enfrenta la envidia de Gitana, la hermana de la difunta esposa de Mateo. A pesar de que Mateo es insoportable, entre ellos surge una conexión, mientras Valentina lucha por su futuro y por hacer realidad un proyecto que cambiará vidas.
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NUEVA OPORTUNIDAD
Con las manos temblando, conseguí hablar con la mujer —su nombre era Camila— y ella me contó que el niño se llamaba Santiago y que Esteban era su padre, que lo mantenía en secreto desde que nació. Me sentí como si el suelo se desvaneciera bajo mis pies, pero en ese instante la tristeza se transformó en una fuerza que nunca antes había sentido.
El día de la boda, llegué tarde, pero no con el vestido blanco de encaje que había elegido con tanto cariño. Me vistí con un espectacular vestido negro de corte sirena, con mangas largas de tul y bordados de lentejuelas plateadas. Mis labios estaban pintados de rojo intenso y mi cabello rojo caía en ondas sueltas sobre mis hombros. Cuando entré al salón, todos los invitados se quedaron mudos, incluido Esteban, que llevaba el traje negro perfectamente ajustado y miraba hacia mí con los ojos abiertos de par en par.
Subí al escenario donde estaba el juez y tomé el micrófono con firmeza.
—Perdonenme a todos los que han venido hoy a compartir este momento conmigo —comencé, con la voz clara y segura—. Pero no acepto, señor juez, no me caso con esta basura. Porque Esteban Landon me mintió durante dos años. Tiene un hijo de tres años llamado Santiago con otra mujer, Camila Rodríguez, a la que ha mantenido en secreto mientras planeaba casarse conmigo.
Los murmullos se extendieron por todo el salón. Esteban intentó acercarse a mí, pero levanté una mano para detenerlo.
—Hoy no celebramos un matrimonio —continué, levantando un letrero que llevaba oculto: "HOY DECIDO MI LIBERTAD"—. Hoy celebramos que no me caso, hoy celebramos mi libertad y el amor propio que me permitió descubrir la verdad y no aceptar menos de lo que me merezco. Las mujeres no debemos quedarnos en relaciones donde nos mientan o nos hagan sentir menos valiosas. Debemos luchar por nosotros mismas, por nuestros sueños y por vivir con dignidad. Nadie tiene derecho a jugar con nuestros sentimientos ni a hacer sentir que no somos suficientes.
Terminé el discurso y bajé del escenario. Habíamos rentado dos caballos blancos para la salida de los novios; me acerqué a uno de ellos, me monté con gracia y, antes de marcharme, miré a Esteban una última vez.
—Eres un perro, Esteban, y así te dejaré aquí: expuesto como el que eres —dije en voz baja, solo para él—. Ahora voy a construir mi vida sin ti, y será mucho mejor de lo que nunca pudiste imaginar.
Desfilé a caballo por las calles principales de Metrolis, con el letrero alto en la mano, sintiendo cómo la gente se detenía a mirarme y algunos incluso aplaudían. Ese día dejé atrás no solo a un hombre mentiroso, sino también el miedo a ser quien realmente soy.
LOS ÉXITOS PROFESIONALES Y LA EXPULSIÓN DEL BUFETE
Después de ese día, me enfoqué completamente en mi trabajo. Mi primer empleo fue en el bufete Hernández & Asociados, uno de los más prestigiosos de la ciudad. Allí demostré mi valía en cada caso que me tocaron:
- El caso de Ana Méndez: Defendí a esta joven madre de tres hijos que había sido brutalmente agredida por su pareja, un hombre con influencias en el mundo político. Con pruebas que reuní a pulso, logré que le impusieran una condena de cinco años de prisión y que se le otorgara la custodia exclusiva de sus hijos, además de una pensión alimenticia que le permitiera vivir con dignidad.
- El caso de la empresa Textil Sur: Representé a doce trabajadores que habían sido despedidos injustamente cuando la compañía decidió trasladarse a otro país. Logré que recibieran una indemnización triple y que se les reconocieran todos los derechos laborales acumulados durante más de diez años de servicio.
- El caso de Carlos Rivera: Un adolescente de dieciséis años acusado de robo en un supermercado, cuando en realidad había intentado detener a un ladrón. Con testimonio de varios clientes que presenciaron el hecho, conseguí su absolución completa y que la cadena de tiendas le pidiera disculpas públicas.
Mi éxito comenzó a llamar la atención, pero también despertó la envidia de mi jefe, Ricardo Hernández —un hombre de cincuenta años, casado y con una reputación de machista declarado. Hace dos semanas, mientras estábamos solos en su oficina revisando documentos del caso de una empresa farmacéutica, se acercó a mí de forma inapropiada.
—Valentina, cariño —dijo, poniendo una mano sobre mi hombro con una sonrisa soez—. Sabes que eres la mejor abogada de este bufete. Podría hacerte socia en menos de un año, solo tienes que aceptar que... nos entendamos mejor.
Lo aparté con firmeza, pero él no se dio por vencido. Intentó agarrarme la cintura y acercar sus labios a los míos. En ese momento, toda mi educación callejera salió a relucir: le di un puñetazo en el estómago que lo hizo doblar sobre sí mismo, seguido de una palmada en la cara que dejó una marca roja en su mejilla derecha.
—¡Te atreves a tocarme otra vez y te rompo la cara, Ricardo! —grité, con la voz temblando de ira—. Yo me gané mi puesto con esfuerzo, no con favores ni con nada más que mi trabajo.
Al día siguiente, me llamaron a la oficina del consejo administrativo. Me acusaron de agresión laboral y de divulgar información confidencial de los casos —una mentira manifiesta— y me expulsaron sin derecho a indemnización. Para colmo, tenía deudas por mi préstamo estudiantil y las facturas de la pequeña casa que alquilaba en el norte de la ciudad. No tenía a nadie que me apoyara: mi abuelo había fallecido, mi padre no respondía mis llamadas y mis hermanos ni siquiera me tenían agregada en las redes sociales.
que pena que alejandro solo este con ella para hacer daño