Mei Lan tenía una vida moderna y prometedora, hasta que la traición de su propia familia la arrastró a la muerte. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó en el cuerpo de Jiu Mei, una joven despreciada en el Imperio Celestial de Jade, un mundo antiguo donde el cultivo marcial y la energía espiritual determinan el poder de cada persona.
Rodeada de hermanos que la protegen, una madre que lucha por sobrevivir y enemigos que la subestiman, Mei descubre que su alma moderna esconde un secreto que podría cambiar el equilibrio del imperio. Con ingenio del siglo XXI y una determinación inquebrantable, comienza a ascender por los rangos del cultivo, desafiando a clanes corruptos, concubinas despiadadas y dioses ocultos que conspiran desde las sombras.
Pero nada la preparó para Chen: un joven de apariencia inocente que habla de sí mismo en tercera persona, que se aferra a ella como un niño perdido y que esconde bajo su sonrisa tonta un poder capaz de destruir el cielo y la tierra. Mientras Mei lo protege creyéndolo débil, él mueve los hilos del destino para mantenerla a salvo.
Entre batallas épicas, venganzas satisfactorias, amistades forjadas entre mundos y un romance de combustión lenta que arde con cada capítulo, Mei deberá enfrentar la verdad sobre su renacimiento, el origen de su poder y el precio que el universo exige por desafiar sus leyes.
¿Puede una mujer moderna reescribir las reglas de un imperio celestial?
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La abuela y la tía Qing
La calma de aquella mañana se quebró de golpe con un grito furioso que llegó desde afuera.
—¡Qing Rong! ¡Sal de ahí ahora mismo!
La voz ronca resultaba demasiado familiar para Qing Rong. Se puso rígida al instante, el rostro pálido.
Qing Wei y Qing Dao intercambiaron una mirada.
—Es la abuela —dijo Qing Wei en voz baja.
Qing Rong se levantó de inmediato. —Mei'er, sigue desayunando. No salgas, hija —le dijo rápido, clavando los ojos en su hija.
Qing Mei solo asintió, aunque la curiosidad ya empezaba a arderle en el pecho.
Qing Rong tragó saliva y caminó hacia la puerta desvencijada, seguida de sus dos hijos.
En cuanto abrió, el viento frío de la mañana se coló junto con una escena que casi le detuvo el corazón.
Frente a la casa estaba la Señora Lao, su propia madre: una mujer mayor de rostro severo y ojos que todavía ardían a pesar de los años. A su lado, Qing Fu, la hermana mayor de Qing Rong, vestía un hanfu morado y lucía una expresión de desprecio. Detrás de ambas, varios guardias fornidos permanecían erguidos.
—Mamá —Qing Rong intentó sonreír—. ¿Por qué vinieron tan temprano? Pasen, desayunemos juntas —las invitó, aunque sabía de antemano qué respuesta recibiría.
La Señora Lao la señaló con el dedo, furiosa.
—¡Ni muerta entro en esa choza miserable! Ahora dime, ¿qué le hicieron a la Señora Cho? ¡Por culpa de ustedes vino a armar un escándalo a la casa principal! ¡Siempre traes desgracias, Rong!
Qing Rong se quedó helada. —¿Qué? ¿La Señora Cho? Ella fue la que vino a...
—¡Cállate! —bramó la Señora Lao—. ¡No te atrevas a contestarme! ¡Siempre que se trata de ti, hay problemas!
La Señora Lao todavía hervía de rabia al recordar que la noche anterior la Señora Cho no se marchó hasta que le dieron lo que exigía. No le quedó más remedio que soltar varias monedas de plata y una de oro para apaciguarla.
Qing Wei se plantó de inmediato frente a su madre, protegiéndola.
—Abuela, ¡esto no es culpa de mamá! ¡La Señora Cho fue la culpable, quería llevarse a nuestra hermana a un burdel! ¿Qué tiene de malo que nos negáramos?
—¿¡Cómo te atreves a contestarme, mocoso!? —le gritó la Señora Lao.
—¡Basta, Wei! —lo cortó Qing Rong rápido. Le apretó la mano, los ojos ya vidriosos—. Mamá, no hicimos nada malo. La Señora Cho quería vender a mi hija. ¡Por supuesto que me opuse! Mei'er también es tu nieta. ¿Cómo puedes permitir algo así?
La Señora Lao resopló con desdén. —¿Nieta? ¡Ja! ¿A mí qué me importa? Deberías agradecer que quisieran llevársela al burdel. ¡Al menos serviría para algo y pagaría tu deuda!
Qing Rong miró a su madre sin poder creerlo. —¡Mamá! ¿Cómo puedes decir eso?
Qing Fu, que hasta ese momento solo observaba con los brazos cruzados, intervino con tono burlón.
—Hermanita, no seas tan ingenua. Mei'er no sirve para nada de todas formas. Una chica como ella, ¿qué tiene de malo que la usen para saldar la deuda de la familia? Al menos tendría alguna utilidad.
Esas palabras les taladraron los oídos a todos.
Pero antes de que Qing Rong pudiera responder, una voz gélida se oyó a sus espaldas.
—Ah, pues si es así, ¿por qué no mandan a tu hija, tía Fu? ¿No sería Lian más adecuada?
Todas las cabezas giraron al mismo tiempo.
Desde el umbral de la puerta, Qing Mei apareció con paso sereno. El cabello le caía suelto en parte, el rostro frío y cargado de determinación. Su mirada apuntaba directa a las dos mujeres que acababan de insultar a su familia.
La Señora Lao abrió los ojos de par en par. —¿Tú... qué acabas de decir, mocosa malcriada?
—Solo propongo algo justo —respondió Qing Mei, impasible—. Si alguien tiene que sacrificarse por una deuda, ¿por qué no alguien del lado que se endeudó?
—¿¡Te atreves a hablarle así a tu propia abuela!? —vociferó la Señora Lao, los ojos desorbitados.
—Si mi "abuela" solo sabe vender a sus propias nietas, prefiero no tener abuela.
Esas palabras congelaron el aire. Los vecinos que empezaban a congregarse se taparon la boca, cuchicheando entre sí.
La Señora Lao apretó los dientes. —¡No tienes el menor respeto! ¡Eres una mocosa miserable, una desagradecida! ¡La Señora Cho debió haberte llevado ayer!
Los murmullos de los vecinos se intensificaron.
—Bueno, dicen que sí tienen una deuda enorme.
—Pero si los que se endeudaron fueron la familia principal, ¿por qué le cobran a ellos?
Qing Mei esbozó una sonrisa ladeada. —¿Miserable, dice? ¿No serán ustedes las miserables?
La Señora Lao y Qing Fu la fulminaron con la mirada. —¿¡Qué insinúas!? ¡Somos nobles de tercer rango! —espetó Qing Fu, ofendida; que la llamaran pobre le hería el orgullo.
Qing Mei cruzó los brazos sobre el pecho, la voz clara y tranquila pero cortante como un filo.
—Nobles de tercer rango que le deben a los prestamistas, y luego le cargan las cuotas a una familia pobre como la nuestra. ¿No es eso prueba de que las verdaderas miserables son ustedes? Y no solo de dinero, sino también de dignidad.
Las palabras cayeron como una bofetada.
Los rostros de la Señora Lao y Qing Fu enrojecieron de vergüenza y de furia. Los murmullos de los vecinos cambiaron de tono; algunos se reían por lo bajo, otros asentían dándole la razón a Qing Mei.
—Tiene razón, ¿no?
—Qué valiente es esa muchacha.
La Señora Lao señaló a su nieta con el dedo tembloroso. El pecho le subía y le bajaba, ahogada por la rabia.
—¡Tú... tú! ¡Mocosa insolente!
Pero Qing Mei no había terminado. Dio un paso al frente, la mirada helada.
—Si de verdad no pueden pagar la deuda, paguen con las hijas y las nietas de ustedes. No le carguen el peso a quienes apenas comen una vez al día. Si yo fuera ustedes, me daría vergüenza salir de casa.
El rostro de Qing Fu se endureció. Siseó de rabia y levantó la mano en alto, lista para abofetear a Qing Mei.
—¡Mocosa irrespetuosa! ¡Te voy a...!
Pero antes de que la mano llegara, Qing Mei la desvió con un movimiento ligero, haciendo que Qing Fu perdiera el equilibrio y retrocediera varios pasos, tambaleándose.
Todos se quedaron atónitos. Incluso los guardias la miraron con recelo, sin atreverse a avanzar.
Qing Mei se irguió, la voz firme y afilada. —Ya no soy la chica a la que pueden pisotear.
El silencio se extendió unos instantes; solo se oía el susurro del viento y los cuchicheos de los vecinos.
Acorralada y humillada, la Señora Lao la miró con odio puro.
—¡Bien! ¡Tú y tu madre son insoportables! ¡A partir de hoy, no esperen nada de la familia principal de los Qing! ¡Le ordenaré a tu abuelo que corte todos los lazos de sangre con ustedes! ¡Ya vendrán de rodillas a suplicar clemencia!
Qing Mei le sostuvo la mirada con calma letal. —No necesitamos su clemencia. Pero cuando llegue el momento, serán ustedes los que se arrepientan.
La mirada de Qing Mei era tan penetrante que la Señora Lao retrocedió medio paso sin darse cuenta.
—¡Ya lo veremos! —escupió Qing Fu, tragándose la humillación, y jaló a su madre para marcharse a paso acelerado.
La carreta sencilla en la que habían llegado dejó una estela de polvo frente a la casa de Qing Rong. Los vecinos se dispersaron poco a poco, todavía murmurando sobre el valor de aquella muchacha.
Frente a la puerta, Qing Rong solo pudo quedarse inmóvil, los ojos empañados.
—Mei'er, ¿por qué te atreviste a enfrentarlas así?
Qing Mei miró a su madre con ternura y le tomó la mano.
—Porque mamá ha guardado silencio demasiado tiempo. A partir de ahora, déjame a mí proteger a esta familia.