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BUSCA MI FELICIDAD

BUSCA MI FELICIDAD

Status: En proceso
Genre:ABO
Popularitas:617
Nilai: 5
nombre de autor: Tumiult

Paulo Withmore aprendió muy joven que el amor hay que ganárselo con silencio, con trabajo, con nunca pedir de más.
Siendo muy joven se casó con su mejor amigo de toda la vida, convencido de que por fin había encontrado un hogar propio.
Pero algunas promesas se rompen en silencio y duelen tanto que sientes morir.
Esta es la historia de todo lo que alguien tuvo que perder para finalmente encontrarse a sí mismo y su felicidad.

NovelToon tiene autorización de Tumiult para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

8

Jhony volvió al taller apenas cuatro días después del incidente del almacén, esta vez anunciado con la debida antelación y sin ninguna modelo escondida detrás de las estanterías. Apareció por la tarde, con el cabello rubio despeinado por el viento y una sonrisa que ya llevaba preparada desde antes de cruzar la puerta, cargando una caja de pasteles que dejó sobre el escritorio de Paulo sin que nadie se lo pidiera.

—Vine a disculparme como corresponde.

—¿Con pasteles?

—Con pasteles caros, además. —Se sentó en el borde del escritorio, sin ningún permiso previo, con esa naturalidad suya de ocupar espacios como si llevara toda la vida teniendo derecho a ellos—. Mi abuelo dice que te debo una disculpa formal por... ¿el acto vergonzoso?

—¿No te pareció vergonzoso?

—Bueno, da igual. Aquí está tu disculpa, envuelta en hojaldre.

Paulo terminó aceptando uno de los pasteles, más por cortesía que por hambre real, y se sorprendió a sí mismo riéndose genuinamente ante los comentarios de Jhony sobre la reacción exagerada de Octavio "me sermoneó cuarenta minutos enteros, cronometrados, sobre el respeto al lugar de trabajo ajeno, como si yo trabajara aquí y no fuera solo el nieto molesto que aparece de vez en cuando". Había algo en la energía de Jhony, esa mezcla de desparpajo y encanto genuino, sin ninguna maldad real detrás de las bromas que resultaba imposible de tomarse demasiado en serio, y para cuando terminó su turno esa tarde, Paulo ya había decidido que, insoportable o no, el chico le caía bien.

...***************...

Se convirtió, con el paso de las semanas, en una presencia regular del taller, apareciendo con la excusa fácil de "visitar a mi abuelo" que casi nunca terminaba realmente en tiempo pasado con Octavio, sino en horas enteras sentado cerca del escritorio de Paulo, charlando de cualquier cosa mientras Paulo trabajaba, robándole telas de descarte para hacer, según él, "experimentos artísticos" que nunca mostraba resultados concretos.

—¿No tienes nada mejor que hacer con tu tiempo? —le preguntó Paulo una tarde, sin ninguna hostilidad real detrás de la pregunta, más divertido que molesto por la presencia constante.

—Técnicamente sí. Tengo clases a las que se supone debería estar asistiendo ahora mismo.

—¿Y por qué no estás ahí?

—Porque son aburridísimas, y tú eres más entretenido que cualquier profesor que tenga ese semestre. —Se encogió de hombros, sin ninguna vergüenza aparente por la confesión—. Además, mi abuelo insiste en que aprenda el negocio desde abajo, así que técnicamente esto también cuenta como educación.

—Robar telas no cuenta como aprender el negocio, Jhony.

—Dime tú qué cuenta, entonces, señor experto con apenas unos meses más de experiencia que yo.

Paulo se rió, sacudiendo la cabeza, y volvió a su trabajo mientras Jhony seguía parloteando de fondo sobre algo relacionado con un examen que había reprobado la semana anterior sin que pareciera importarle demasiado. Con el tiempo, esa dinámica se volvió costumbre: Jhony apareciendo casi todas las tardes, Paulo fingiendo fastidio que nunca era del todo genuino, Rosario observándolos a los dos con una sonrisa que Paulo no se molestaba en interpretar demasiado.

—Ese chico te tiene cariño, ¿sabes? —le comentó Rosario una tarde, mientras doblaban telas juntos después de que Jhony se hubiera ido.

—Le tengo cariño yo también. Es como un hermano menor exasperante.

Rosario no dijo nada más al respecto, aunque la expresión que puso, algo entre la diversión y la lástima, se le quedó grabada a Paulo sin que en el momento le prestara demasiada atención.

Una tarde de esas, Jhony llegó particularmente alterado, con el cabello más despeinado de lo habitual y una energía nerviosa que Paulo reconoció de inmediato como la de alguien que necesitaba distraerse de algo.

—Reprobé el examen de contabilidad. Otra vez.

—¿Otra vez, pues cuántas fueron?

—Es la tercera vez que lo repruebo en total—Se dejó caer en la silla frente al escritorio de Paulo, con toda la dramática desesperación de sus dieciocho años—. Mi abuelo me va a matar.

Paulo dejó a un lado el patrón que estaba cortando, mirándolo con una mezcla de exasperación genuina y una ternura que no se molestaba en disimular del todo.

—¿Quieres que te ayude a estudiar? No sé nada de contabilidad, pero puedo hacerte preguntas de memoria si me pasas los apuntes.

Jhony se quedó mirándolo un segundo de más, con algo parecido a la sorpresa cruzándole la cara, antes de que la sonrisa habitual volviera, esta vez un poco más genuina que las de costumbre.

—¿En serio harías eso?

—Obvio. No puedo dejar que Octavio te desherede por reprobar contabilidad, sería mi culpa por no intervenir a tiempo.

Pasaron esa tarde entera con los apuntes desparramados sobre el escritorio, Paulo leyendo preguntas de un manual que no entendía del todo y Jhony respondiendo con una concentración que rara vez mostraba para nada más, hasta que el taller entero se vació a su alrededor y ninguno de los dos se dio cuenta de la hora hasta que Rosario, ya con el abrigo puesto, les avisó que iba a cerrar con llave si no salían pronto.

—Gracias por esto —dijo Jhony, ya en la puerta, con una sinceridad poco habitual en su voz, sin ningún chiste detrás por una vez.—En serio.

—Para eso están los amigos, ¿no?

Algo se le apagó un poco en la cara a Jhony con esa frase, apenas perceptible, aunque se recompuso rápido con una sonrisa que Paulo no notó que era ligeramente más forzada que las de costumbre.

...***************...

Pasaron los meses, y la presencia de Jhony en la vida de Paulo se volvió tan constante como cualquier otra parte de su rutina, las tardes con música de fondo mientras trabajaban cerca uno del otro, las quejas compartidas sobre Octavio cuando el humor del viejo estaba particularmente exigente.

Fue una de esas noches, ya tarde, cuando Jhony se quedó un rato más de lo habitual, sentado en el sillón pequeño mientras Paulo recogía los bocetos regados sobre la mesa de trabajo.

—Puedo ayudarte con eso.

—Ya casi termino, quédate sentado.

Jhony se quedó callado un momento, observándolo moverse, y cuando habló de nuevo, su voz sonaba distinta a la de siempre, más baja, sin ninguna broma escondida detrás.

—Paulo, puedo preguntarte algo?

—Claro.

—¿Cómo supiste? Que tu esposo era el correcto, digo. Que valía la pena arriesgarse con él.

Paulo algo sorprendido por la pregunta se quedo en silencio un segundo, luego comprendió que talvez Jhony tenia curiosidad ya que ese día, mas temprano y de manera espontanea, Paulo le había confesado que era casado y que guardara el secreto de favor. Aunque Paulo lo había notado distinto durante el día no comprendía la razón hasta que salio la pregunta. Talvez, quería un consejo sobre romance de una persona con experiencia, pensó.

Paulo se detuvo un momento, pensando la respuesta con más cuidado del que normalmente le dedicaba a las preguntas casuales de Jhony.

—No sé si "supe" es la palabra correcta. Simplemente lo sentí, con el tiempo. Mi esposo y yo prácticamente crecimos juntos, siendo niños creo que teníamos una especie de relación inocente, mientras nos acercábamos a la pubertad nos alejamos de sentimientos románticos talvez por la vergüenza que generaba admitir ese tipo de emociones, y cuando llegamos a la adolescencia nuestras hormonas al mil mas nuestras emociones reprimidas provocaron que admitiéramos lo que sentíamos. Y desde entonces juntos construimos lo que tenemos ahora. En realidad no hubo ningún momento exacto donde todo se aclaró de golpe, simplemente nuestros sentimientos fueron evolucionando y terminamos en lo que somos ahora.

—¿Y si la persona que te gusta no puede corresponderte? ¿Ahí qué se hace?

Algo en el tono le pareció distinto a Paulo, más cargado de lo que ameritaba una pregunta general, pero atribuyó la seriedad a algún interés romántico pasajero de Jhony, alguna chica o chico del taller o de la universidad que probablemente lo había rechazado recientemente.

—Duele, imagino. Pero se sigue adelante. —Se sentó frente a él, con una sonrisa comprensiva—. ¿Hay alguien en particular?

Jhony lo miró un segundo largo, con una expresión que Paulo no logró descifrar del todo, algo entre la tentación de decir algo más y la decisión repentina de no hacerlo.

—No, nadie en particular. Curiosidad nomás.

—Si alguna vez quieres hablar de eso en serio, sabes que puedes contarme, ¿verdad? Para eso están los amigos.

—Sí. Lo sé. —Jhony se puso de pie, recogiendo su chaqueta con un movimiento un poco más brusco de lo necesario—. Ya me tengo que ir, se hace tarde.

Se despidió con el abrazo de siempre, quizás un poco más largo de lo habitual, y Paulo se quedó en la puerta viéndolo alejarse, sin ninguna idea de que acababa de estar a centímetros de escuchar algo que Jhony todavía no encontraba, ni encontraría por un buen tiempo más, el valor suficiente para decir completo.

...***************...

Paulo lo trataba, sin proponérselo demasiado, con esa mezcla de cariño y regaño que hubiera usado con un hermano menor real; le recordaba que comiera bien cuando Jhony admitía haberse saltado el almuerzo otra vez, le sermoneaba sobre la importancia de sus estudios aunque él mismo hubiera decidido no seguir los suyos, y en más de una ocasión terminó prestándole dinero para el autobús cuando Jhony, con esa desorganización crónica que parecía definirlo, se quedaba sin nada en el bolsillo a mitad de semana.

—Vas a terminar debiéndome media vida —le dijo un viernes, entregándole un par de billetes sin mayor ceremonia.

—Te lo voy a pagar. Con intereses incluidos.

—No necesito intereses, solo necesito que dejes de olvidar la billetera en tu casa.

Jhony guardó el dinero con una sonrisa que se le quedó un segundo de más en la cara, algo que Paulo no llegó a notar del todo, demasiado ocupado organizando los patrones que tenía que entregar antes de irse. Había, en esos momentos pequeños y frecuentes, algo que Jhony parecía guardarse con cuidado, un tipo de mirada que Paulo, absorto en su propia rutina nunca llegó a interpretar como lo que realmente era.

—Oye, Paulo.

—¿Sí?

—Nada. —Jhony sacudió la cabeza, con esa sonrisa fácil de siempre volviendo a su lugar—. Olvídalo. Gracias por el dinero del autobús.

Se fue esa tarde con las manos en los bolsillos, silbando algo sin melodía clara, y Paulo volvió a su trabajo sin darle más vueltas al asunto, sin saber que del otro lado de esa despedida casual quedaba algo que Jhony todavía no encontraba el valor, ni las palabras correctas, para decir en voz alta porque la persona que le gustaba estaba casada.

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