La familia de Valentina está al borde de la ruina. Para salvar el apellido y las empresas familiares, ella acepta —o es prácticamente obligada— a casarse con un ranchero millonario de un pequeño pueblo del sur. Ella esperaba un hombre viejo y desagradable. En cambio encuentra a: Ethan Blackwood Treinta y pocos. Alto. Callado. Brutalmente atractivo. Dueño de miles de hectáreas, ganado premiado y medio pueblo. Un hombre que vive con botas embarradas, monta caballos al amanecer y odia todo lo que representa la alta sociedad de la ciudad. Y ahora tiene una esposa que llega al rancho con tacones, maletas de diseñador y cero idea de cómo sobrevivir lejos del wifi.
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Desayuno Blackwood
Valentina Rossi
entró al rancho completamente empapada, cubierta de barro y con el orgullo oficialmente muerto.
Algunos trabajadores intentaron mirar hacia otro lado.
Otros claramente estaban luchando por no reírse.
Y detrás de ella:
Ethan Blackwood
caminaba con demasiada calma para alguien que acababa de presenciar su humillación completa.
Valentina giró apenas hacia él.
—Si dices una sola palabra más sobre el estanque, te atropello con uno de tus caballos.
Ethan inclinó apenas la cabeza.
—Anotado.
Pero esa maldita sonrisa seguía ahí.
Eso solo la frustró más.
Subió las escaleras rápidamente antes de que alguien más pudiera verla y entró directo al baño de su habitación.
Cerró la puerta.
Silencio.
Entonces apoyó ambas manos sobre el lavabo y respiró profundo.
—Bien… quizá Montana no sea tan—
Recordó el barro dentro de sus botas.
—No. Sí es horrible.
Se quitó la ropa mojada con una mueca de disgusto y abrió la ducha esperando otra tragedia.
Pero en cuanto el agua caliente cayó sobre su piel…
se quedó quieta.
Muy caliente.
Perfectamente caliente.
Valentina prácticamente suspiró de alivio.
—Bien. Al menos no viven como cavernícolas.
El vapor llenó lentamente el baño mientras el calor relajaba por fin la tensión de sus hombros.
Por primera vez desde que llegó…
no sentía frío.
Y honestamente, después del estanque, eso ya parecía una victoria.
Más tarde salió usando ropa cómoda y el cabello húmedo cayendo sobre sus hombros.
Todavía estaba avergonzada.
Y todavía quería asesinar a Ethan Blackwood un poco.
Pero al menos ya no olía a pantano.
Cuando bajó al comedor, el aroma a comida hizo que se detuviera.
Pancakes.
Tocino.
Pan recién horneado.
Café.
Muchísimo café.
Y en el centro de todo estaba:
Martha Greene
como una general preparando batalla.
La mujer levantó inmediatamente la vista al verla.
—¡Ahí estás! Siéntate.
Valentina parpadeó.
—Buenos días…
Martha ya estaba llenando un plato gigantesco.
—Necesitas comer más.
—Estoy bien, gracias.
—No, querida. Tú eres lo que pasa cuando las ciudades alimentan personas con hojas y aire.
Valentina abrió la boca, ofendida.
Pero honestamente…
el desayuno olía increíble.
—No puedo comer todo eso.
—Claro que puedes.
—Literalmente hay comida suficiente para una familia.
—Perfecto. Empieza.
Valentina soltó una pequeña risa involuntaria antes de sentarse.
Y justo cuando iba a tomar café…
una voz grave habló detrás suyo.
—Buena suerte diciéndole que no.
Ella cerró los ojos lentamente.
Por supuesto.
Ethan Blackwood
entró al comedor recién llegado de trabajar afuera.
Camisa gris ajustada.
Botas llenas apenas de polvo.
Cabello ligeramente despeinado por el viento.
Y viéndose irritantemente bien para alguien que probablemente llevaba despierto desde las cinco de la mañana.
Martha señaló una silla.
—Tú también siéntate. Y deja de molestar a la pobre chica.
—Ella empezó una guerra contra un estanque antes del desayuno. Creo que puede defenderse sola.
Valentina tomó una fresa del plato.
—Fue una emboscada.
Ethan soltó una risa baja mientras se sentaba frente a ella.
Y otra vez esa pequeña sensación incómoda apareció en el pecho de Valentina.
Porque verlo reír cambiaba completamente su rostro.
Lo hacía verse más joven.
Más humano.
Más peligroso.
Martha colocó aún más comida frente a ella.
—Come.
Valentina miró el plato enorme.
Luego a Martha.
Luego a Ethan observando divertido.
—Todos aquí son controladores, ¿o solo tuve mala suerte?
—Solo estás rodeada de gente acostumbrada a cuidar lo suyo —respondió Ethan tranquilamente.
Las palabras quedaron flotando entre ambos un segundo más de lo normal.
Y por alguna razón…
Valentina sintió calor en las mejillas antes de apartar rápidamente la mirada hacia su café.