Camila Sandoval lo dio todo por su matrimonio, hasta que encontró a Mauricio con Valeria Beltrán en su propia cama. Él esperaba lágrimas y otra oportunidad. Camila le entregó los papeles del divorcio, reclamó lo que le correspondía y se marchó sin mirar atrás.
Poco después, Gabriel Beltrán, el padre de Valeria, apareció para disculparse. Era mayor que Camila, poderoso y peligrosamente atento. Lo que comenzó como una disculpa pronto se convirtió en una atracción imposible de ocultar.
Su relación desató un escándalo. Si Camila se casaba con Gabriel, la amante de su ex se convertiría en su hijastra y el hombre que la traicionó terminaría siendo su yerno.
Pero Gabriel ocultaba algo más inquietante: no se había enamorado de Camila después del divorcio. Llevaba años observándola y esperando que fuera libre.
Camila creyó que lo había elegido. Tal vez Gabriel la había elegido mucho antes.
NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5
Capítulo 5
Gabriel vestía una camisa gris oscuro con las mangas dobladas hasta los antebrazos.
Una mano descansaba sobre el volante. La otra, en el marco de la ventanilla. En la muñeca llevaba un reloj que probablemente costaba más que un automóvil.
La luz del sol iluminaba su rostro.
Tenía cejas oscuras, nariz recta y una mandíbula definida. Las leves arrugas junto a sus ojos y el pequeño lunar debajo de uno de ellos rompían la perfección de sus facciones y las volvían todavía más atractivas.
Camila se quedó observándolo.
En el hospital había estado demasiado herida y furiosa para prestar atención a otra cosa.
Ahora, al verlo con calma, tuvo que admitir que Gabriel era un hombre muy guapo. Elegante. Seguro de sí mismo.
No era extraño que Valeria fuera tan hermosa.
Su padre tenía el tipo de rostro que hacía voltear a cualquiera.
—Señora Sandoval —saludó él con su voz profunda—. Vine a disculparme otra vez por lo que hizo mi hija.
Camila no se movió.
Mantuvo una mano en el bolsillo del abrigo. Con el pulgar rozaba la lista de documentos que Carlos Méndez acababa de entregarle.
—Si Valeria quiere disculparse, tendrá que hacerlo personalmente.
Gabriel no discutió.
Abrió la puerta, bajó del vehículo y rodeó el cofre.
—Sube.
Le abrió la puerta del copiloto.
Camila permaneció en su sitio.
—¿Para qué me buscó?
—Hace demasiado sol y estás parada junto a la avenida. Te llevaré a donde necesites ir.
Su mirada descendió hacia el sobre de documentos.
—¿Acabas de ver a tu abogado?
Camila se sobresaltó. ¿La había seguido?
—Hablemos dentro —dijo él—. No puedo quedarme estacionado aquí.
Ella vaciló dos segundos antes de subir.
El aire acondicionado estaba demasiado frío. Apenas se sentó, la piel de sus brazos se erizó y sus dedos apretaron por instinto la correa del bolso.
No sabía por qué había aceptado.
Gabriel era el padre de Valeria, la mujer que se había metido en su matrimonio. Por lógica, pertenecía al otro bando.
¿Por qué la buscaba? ¿Por qué insistía en disculparse en nombre de su hija?
—¿Tienes frío?
La voz de Gabriel interrumpió sus pensamientos.
Tomó un saco del asiento trasero y se lo tendió.
—Póntelo encima.
—No es necesario.
—Tienes la piel erizada.
Camila lo miró, aceptó el saco y lo extendió sobre sus piernas.
La tela conservaba un aroma tenue a cedro y tabaco.
—¿Cómo supo que acababa de reunirme con un abogado? —preguntó sin rodeos.
En lugar de responder, Gabriel sacó una botella de agua de la consola, desenroscó la tapa y se la ofreció.
—Bebe primero. Tienes los labios resecos.
Camila no la tomó.
Él la observó un instante y dejó la botella en el portavasos junto a su mano. Después apoyó ambas manos en el volante y golpeó suavemente con el índice.
—Pasaba por aquí y te vi salir del despacho.
—¿Pasaba por aquí?
—Sí.
Su expresión era tan tranquila que no dejaba ver ninguna grieta.
—¿Qué quiere de mí? ¿Le preocupa que demande a su hija?
Gabriel volvió el rostro hacia ella.
—Te dije que compensaría todo el dinero que Mauricio gastó en Valeria. Vine para saber si ya preparaste las cuentas.
Camila se puso rígida.
Sacó del bolso una copia del desglose.
—Aquí está todo. También incluí los datos de mi cuenta bancaria.
—Lo revisaré esta noche.
Ella guardó de nuevo los papeles.
Los dedos de Gabriel se cerraron un poco más sobre el volante. Respiró hondo, sacó su teléfono y abrió WhatsApp.
—Agreguémonos. Si tengo alguna pregunta, podré comunicarme contigo. Algunos movimientos quizá necesiten una explicación que no aparece en una lista.
Camila escaneó el código y guardó el contacto.
Gabriel la miró y dejó escapar una risa leve.
—¿Ya desayunaste?
El estómago de Camila llevaba vacío toda la mañana, pero respondió:
—Sí.
Él supo que mentía.
No la contradijo.
—Entonces acompáñame a desayunar.
Camila soltó una risa incrédula.
—Señor Beltrán, ¿usted y yo tenemos tanta confianza?
—No.
—¿Y por qué supone que voy a acompañarlo?
Gabriel inclinó ligeramente la cabeza.
—Porque no dormiste bien. Tienes ojeras. Valeria provocó todo esto, así que me corresponde hacer algo.
Camila apretó los dedos dentro del bolsillo.
Detestaba sentirse como una pobre mujer a la que alguien debía rescatar.
—No tiene que fingir compasión conmigo. Usted es el padre de Valeria. Si vino a buscarme, será porque quiere defenderla.
Gabriel la observó antes de preguntar:
—¿Sabes por qué vine?
—No.
—Vine a verte.
Camila frunció el ceño.
—¿A verme?
—A comprobar que estás bien.
La voz de Gabriel fue muy baja.
Camila se quedó inmóvil.
—Anoche Mauricio te envió diecisiete mensajes —continuó él—. El último llegó a las dos con trece. Dijo cosas que no debió decir.
La respiración de Camila se detuvo un instante.
—¿Cómo sabe eso?
—Mandé vigilar su teléfono. Me opongo a la relación entre ellos y necesito conocer cada cosa que ese hombre intenta esconder.
Camila lo miró con atención; algo no terminaba de encajar.
Tal vez Gabriel adoraba demasiado a su hija y había decidido separar a la pareja por cualquier medio.
—No permitiré que Mauricio vuelva a amenazarte —dijo él con frialdad—. Ese inútil no está a tu altura.
—Su hija lo quiere.
—Valeria ha querido demasiadas cosas en su vida. Desde pequeña le di todo lo que pedía, pero esta vez cruzó un límite. No tenía derecho a tocar lo que pertenecía a otra persona.
La situación era absurda y Camila no supo qué contestar.
Estaba sentada en el automóvil del padre de la amante de su esposo, escuchándolo insultar a Mauricio. Gabriel admitía que su hija no debió acercarse a un hombre casado y, al mismo tiempo, aseguraba que ese hombre no merecía a su esposa.
—Señor Beltrán —dijo por fin—, ¿qué intenta decirme?
Él volvió a mirarla.
—Quiero decir que puedo ayudarte con el divorcio.
—No lo necesito.
Camila se volvió todavía más fría.
Seguramente quería que el proceso terminara pronto para que su hija pudiera ocupar el lugar de esposa.
Gabriel sonrió, sin ofenderse.
—Piénsalo. El licenciado Méndez no cobra barato. Mauricio es un inútil, pero contratará a un despacho competente. Yo puedo darte el mejor equipo jurídico y asegurarme de que recuperes todo lo que te corresponde.
Camila guardó silencio durante mucho tiempo.
—¿Por qué me ayudaría?
—Porque mereces algo mejor.
Aquellas palabras, pronunciadas por el padre de Valeria, le parecieron una burla.
—¿Merezco algo mejor? —repitió con ironía—. Señor Beltrán, el hombre que su hija eligió es mi esposo. Si dice que merezco algo mejor, ¿dónde está ese hombre? ¿Es usted?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Camila comprendió que había hablado con demasiada agresividad. ¿Qué haría si Gabriel respondía que sí? Él no pareció molestarse, aunque tampoco contestó.
Una emoción difícil de descifrar cruzó por sus ojos. Unos segundos después, apartó la mirada y encendió el motor.
—Ponte el cinturón.
—¿Adónde me lleva?
—A desayunar.
—Ya le dije que comí.
—Entonces me mirarás comer.
Camila respiró hondo y tiró de la manija.
La puerta estaba bloqueada.
—¡Gabriel Beltrán! —levantó la voz—. Esto es un secuestro.
Él giró hacia ella.
Sus ojos se detuvieron en el rubor que la rabia había provocado sobre sus mejillas. De pronto, la comisura de sus labios se curvó.
—Por fin dejaste de llamarme «señor Beltrán». ¿Eso significa que yo también puedo llamarte por tu nombre?
Camila no encontró una respuesta.
—No te pongas nerviosa. Puedes llamarme Gabriel a partir de ahora. Como quieras.
Su tono era tranquilo, pero había algo peligrosamente íntimo en aquellas palabras.
Camila dejó de discutir.
Cuando el automóvil se detuvo frente a una pequeña fonda, todavía tenía la lista de cuentas apretada entre los dedos.
No entendía por qué no se había negado con más firmeza.
¿Por qué subió? ¿Por qué lo agregó a WhatsApp? ¿Por qué seguía sentada a su lado, escuchándolo? ¿Por qué aceptaba acompañarlo?
—Llegamos.
Gabriel apagó el motor.
Camila volvió en sí y se quitó el cinturón.
—Cada quien pagará lo suyo. No necesito que me invite.
Ya estaba buscando la cartera dentro del bolso.
Gabriel no discutió. Solo observó sus movimientos con una sonrisa apenas visible.
—De acuerdo.
En la fonda flotaba el aroma del café y del pan recién hecho. Solo había unos cuantos clientes.
La dueña, una mujer de más de cincuenta años, trabajaba detrás del mostrador. En cuanto vio entrar a Gabriel, sus ojos se iluminaron.
—¡Don Gabriel! ¡Cuánto tiempo sin verlo!
Él sonrió.
Dos pequeños hoyuelos aparecieron en sus mejillas.
—Salí de viaje por trabajo. Apenas regresé.
Camila lo miró un segundo de más.
Con aquella sonrisa, cualquier palabra relacionada con la belleza parecía quedarle corta.
Dentro del automóvil, Gabriel sonreía con cautela, como si midiera cada gesto. Esa sonrisa, en cambio, era auténtica.
Y era demasiado atractiva.
—¿Lo de siempre? —preguntó la dueña.
—Sí. Dos tazones de caldo de pollo con arroz, dos órdenes de pan dulce, tamales y quesadillas.
Gabriel miró a Camila.
—¿Te gusta el café de olla?
—Sí.
—¿Con azúcar o sin azúcar?
Su voz se volvió más suave.
—Dulce.
—Dos cafés dulces —pidió él.
Luego se inclinó apenas hacia Camila.
—A mí también me gusta… lo dulce.
La dueña la examinó con una sonrisa llena de significado antes de alejarse.
Camila tomó asiento y puso el sobre sobre la mesa.
Ese hombre era mucho más complejo de lo que había imaginado.
—¿Viene seguido y siempre solo?
—Sí.
—No pensé que un hombre con tanto dinero comiera en un lugar como este.
Mauricio apenas había comenzado a ganar un poco más cuando se volvió insoportable. Cada vez que salían, criticaba los restaurantes sencillos. Decía que uno no tenía categoría, que otro era demasiado ruidoso, que solo los sitios más caros estaban a la altura de su posición.
Gabriel acomodó los cubiertos con tranquilidad.
—Mi esposa y yo veníamos aquí cuando todavía vivía.
Camila comprendió de inmediato que había tocado un recuerdo doloroso.
—Perdón. No debí…
—No pasa nada.
Gabriel hizo un gesto leve con la mano.
La dueña llevó los tazones. El caldo humeaba y olía a pollo, cilantro y cebolla. Junto a ellos dejó una canasta con pan dulce.
—Pruébalo —dijo Gabriel, acercándole un tazón.
Camila tomó una cucharada.
El calor bajó por su garganta y se extendió hasta el estómago vacío. La sensación fue tan reconfortante que comió otra, y luego una más.
Gabriel no tocó su desayuno.
La observaba.
—¿Por qué me mira?
Camila dejó la cuchara.
—Comes como si llevaras días sin probar alimento —respondió él con un rastro de diversión—. ¿No dijiste que ya habías desayunado?
Camila se atragantó.
Era verdad. Tenía tanta hambre y el caldo estaba tan bueno que había olvidado su mentira.
Tomó una servilleta y se limpió la boca.
—No había comido —admitió.
—Lo sé.
—¿Por qué no me contradijo antes?
Gabriel removió lentamente su propio caldo.
—Porque no querías que nadie lo supiera.
Los dedos de Camila se cerraron.
Detestaba que aquel hombre pareciera verlo todo.
Y detestaba todavía más que fuera el padre de Valeria.
—Señor Beltrán —dijo, mirándolo de frente—, ¿qué quiere realmente?
Gabriel dejó la cuchara.
—Ya te lo dije. Quería saber si estabas bien.
—¿Y después?
Sus ojos descendieron hacia una pequeña hoja de cilantro que se había quedado junto a los labios de Camila. La mirada se le oscureció.
—Después, ver si hay algo que pueda hacer por ti.
—Lo hace por su hija.
—No del todo.
Camila se quedó quieta.
Gabriel no explicó más. Empujó los otros platos hacia ella.
—Come. Cuando termines, te llevaré.
Había demasiada comida.
Camila frunció el ceño, dispuesta a decir que no podría terminarla, pero se dio cuenta de algo.
Todo lo que habían servido estaba entre sus desayunos favoritos.
Miró a Gabriel.
Él comía con absoluta naturalidad.
Quizá solo tenían gustos parecidos.
Camila mordió una concha rellena de crema. La mezcla era suave y tenía el dulzor exacto. Sus ojos se iluminaron.
Entonces advirtió lo cómoda que se había sentido.
Como si hubiera olvidado quién estaba sentado frente a ella.
Dejó el pan sobre el plato y su expresión se enfrió.
Lo observó durante un segundo.
Después volvió a tomarlo y le dio otra mordida.
Gabriel la vio comer.
Una sonrisa apareció en sus labios y desapareció casi al instante.
A la hora de pagar, Camila sacó el celular.
—Yo pago —dijo él, acercando el suyo a la terminal.
—No quiero deberle nada.
—Es solo un desayuno. Si sientes que me debes algo, puedes invitarme la próxima vez.
—No habrá una próxima vez.
—Está bien.
No insistió.
Abrió la puerta de la fonda y se hizo a un lado para dejarla pasar primero.
Camila no volvió al automóvil. Pidió un vehículo por aplicación y se marchó sola.
No quería tener ningún vínculo con aquella familia.
En cuanto Gabriel depositara la compensación prometida, lo bloquearía. En ese momento, odiaba tanto a Valeria que le costaba mirar a su padre sin sentir la misma hostilidad.
Gabriel no trató de detenerla.
Permaneció frente a la fonda, observando en silencio cómo se alejaba.
una mente muy débil, es muy fuerte perder un hijo lo digo desde la experiencia, pero ahí muchas formas de salir adelante, tu decides cual tomas, nadie hobliga a nadie a nada, ella eligió el camino fácil, por su orgullo, pensó q siempre sin importar lo q hiciera ni la edad q se tuviera su papá debía estar ahí y no es así ella es adulta, viajo, conoció los 2 lados de la moneda y eligió.... Tu no puedes humillar, pordebajear, y menos preciar a tus padres y esperar q sigan ahí sin chistar y aun así el seguía asando su mensualidad, y no poca... Como no pensar en ese bb y su futuro???? No se no debió terminar así pero fue lo q ella eligió.
👏👏👏👏🤣