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EL SUSURRO DEL BOSQUE

EL SUSURRO DEL BOSQUE

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Mundo de fantasía
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lariel Flowers

Holaaa regrese con una nueva hosyrtoa que espero que les encante

NovelToon tiene autorización de Lariel Flowers para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El susurro del bosque..

El sol apenas comenzaba a elevarse sobre las montañas cuando los primeros rayos de luz tiñeron de dorado los tejados de Valdoren, una pequeña aldea escondida entre bosques interminables y colinas cubiertas de niebla.

A esa hora, el pueblo despertaba con la misma tranquilidad de todos los días.

El canto de los gallos anunciaba un nuevo amanecer mientras el aroma del pan recién horneado escapaba por las ventanas abiertas de la panadería. Los comerciantes levantaban las persianas de sus puestos, acomodando frutas, verduras, especias y telas de vivos colores que pronto llenarían la plaza principal de vida.

No era un lugar importante para los reyes.

Ni para los nobles.

Mucho menos para los magos.

Era un rincón olvidado por el mundo, donde las estaciones transcurrían lentamente y los habitantes medían el tiempo por las cosechas y las lluvias.

Y a Laira Devane le gustaba que fuera así.

Desde la ventana de su habitación observó el amanecer mientras terminaba de trenzar su largo cabello castaño. Sus ojos verdes, tan claros como las hojas después de una tormenta, reflejaban la paz que siempre encontraba en aquel lugar.

—¿Piensas quedarte mirando el cielo toda la mañana? —preguntó una voz cariñosa desde la planta baja.

Laira sonrió.

—Ya voy, mamá.

Bajó las escaleras de madera con rapidez.

Su madre adoptiva, Elenna, terminaba de servir el desayuno mientras removía una olla de avena caliente.

Su padre, Rowan, acababa de regresar del establo con las botas cubiertas de barro.

—Buenos días, pequeña.

Aunque Laira tenía veintidós años, Rowan seguía llamándola "pequeña", igual que cuando la encontró siendo apenas un bebé envuelto en una manta blanca frente a la puerta de su casa.

Nunca le ocultaron la verdad.

Siempre supo que era adoptada.

Pero jamás la hicieron sentir diferente.

Para ellos era su hija.

Y para ella, ellos eran la única familia que conocía.

—Hoy iré al mercado —dijo Laira mientras se sentaba a desayunar—. También compraré las semillas que querías.

—No olvides la lavanda —recordó Elenna.

—Ni la cuerda nueva para el granero —añadió Rowan.

Ella soltó una pequeña risa.

—Una cosa a la vez. Si siguen agregando encargos tendré que llevar un caballo.

Los tres rieron.

Aquellas risas sencillas eran el sonido favorito de Laira.

Después del desayuno tomó una cesta de mimbre y salió de la casa.

El aire fresco acarició su rostro.

El sendero hacia el pueblo estaba bordeado por flores silvestres que parecían inclinarse a su paso.

No era algo que ella notara.

Tampoco se daba cuenta de que los pájaros dejaban de cantar para observarla unos segundos antes de continuar su vuelo.

La naturaleza siempre reaccionaba de forma extraña cuando Laira estaba cerca.

Pero en una aldea donde todos crecían rodeados de árboles, nadie prestaba demasiada atención a esos pequeños detalles.

La plaza principal rebosaba de actividad.

Los niños corrían entre los puestos mientras los comerciantes discutían amistosamente sobre quién tenía las mejores manzanas de la temporada.

—¡Laira!

Una joven de cabello negro agitó la mano desde un puesto de frutas.

Era Mara.

Su mejor amiga desde la infancia.

—Llegas tarde.

—No sabía que teníamos una hora acordada.

—No la teníamos.

—Entonces no llegué tarde.

Las dos soltaron una carcajada.

Mara caminó junto a ella entre los puestos.

Hablaron de la próxima feria de otoño, del panadero que llevaba semanas intentando conquistar a la costurera y de la anciana del pueblo que aseguraba haber visto un dragón sobre las montañas.

—Mi abuelo dice que antes existían magos que podían mover montañas —comentó Mara.

Laira sonrió.

—Tu abuelo también asegura que una cabra le ganó una partida de ajedrez.

—Eso sí pasó.

—Claro...

Siguieron caminando.

En una esquina del mercado un anciano vendía libros viejos y mapas amarillentos.

Laira se detuvo unos segundos.

Siempre sentía una extraña atracción por los libros antiguos.

No sabía explicar por qué.

Había algo en ellos que hacía latir su corazón con fuerza.

Sus dedos rozaron el lomo de uno cubierto de polvo.

Durante un instante creyó escuchar un susurro.

Como si una voz pronunciara su nombre.

Parpadeó.

El sonido desapareció.

—¿Vienes o piensas adoptar otro libro? —preguntó Mara divertida.

—Ya voy.

Tras despedirse de su amiga y comprar todo lo necesario para sus padres, Laira emprendió el camino de regreso.

Podía volver por el sendero principal.

Era más corto.

Pero eligió atravesar el bosque.

Como siempre.

Desde niña aquel lugar le transmitía una paz imposible de encontrar en cualquier otra parte.

Conocía cada sendero.

Cada arroyo.

Cada piedra cubierta de musgo.

Los rayos del sol se filtraban entre las copas de los árboles formando columnas de luz que parecían sostener el cielo.

Mientras caminaba, una sensación extraña comenzó a instalarse en su pecho.

Algo...

No estaba bien.

Frunció el ceño.

Miró a su alrededor.

Entonces lo vio.

A un lado del sendero se alzaba un árbol gigantesco.

Probablemente el más antiguo de todo el bosque.

Su tronco estaba agrietado.

Las ramas desnudas.

La corteza se deshacía lentamente.

Parecía estar esperando el momento de caer.

Laira se acercó despacio.

Sintió un nudo en la garganta.

—Has vivido demasiado... ¿verdad?

Apoyó la palma sobre la corteza.

Y el mundo desapareció.

De pronto vio inviernos interminables.

Primaveras cubiertas de flores.

Ciervos descansando bajo aquellas ramas siglos atrás.

Niños jugando alrededor del tronco.

Guerras.

Incendios.

Tormentas.

Décadas enteras pasando frente a sus ojos como si fueran simples suspiros.

Sintió el cansancio del árbol.

Su soledad.

Su deseo de descansar.

Una lágrima resbaló por la mejilla de Laira sin que ella pudiera evitarlo.

La gota cayó sobre la corteza.

Entonces ocurrió.

Una cálida luz dorada surgió bajo su mano.

Las raíces comenzaron a estremecerse.

La corteza agrietada empezó a cerrarse lentamente.

Las ramas secas recuperaron su color.

Pequeños brotes verdes aparecieron donde antes solo había madera muerta.

Las hojas nacieron una tras otra hasta cubrir por completo la inmensa copa.

El bosque entero quedó en silencio.

Ni un pájaro.

Ni una sola hoja movida por el viento.

Era como si toda la naturaleza hubiera contenido el aliento.

Laira retrocedió sobresaltada.

—¿Qué... qué hice?

No obtuvo respuesta.

Solo el suave murmullo de las nuevas hojas meciéndose con el viento.

Creyendo que todo había sido una ilusión, tomó la cesta y continuó caminando sin imaginar que acababa de cambiar el destino del mundo.

Muy lejos de allí...

Más allá de montañas, mares y reinos...

Se alzaba la Ciudad Imperial.

Y en el punto más alto de la capital, una torre de mármol blanco atravesaba las nubes.

La Torre de los Magos.

En su última planta, decenas de cristales suspendidos en el aire comenzaron a vibrar al mismo tiempo.

Las runas grabadas sobre el suelo brillaron con una intensidad que nadie había visto en más de dos décadas.

Los aprendices levantaron la vista, confundidos.

Los maestros intercambiaron miradas de preocupación.

Y, en la sala más alta de la torre, un hombre abrió lentamente los ojos.

Su cabello negro caía hasta los hombros.

Sus ojos, de un azul imposible, brillaban con una inteligencia aterradora.

Asterion Valerius.

El Gran Archimago.

El hombre más poderoso del continente.

Durante varios segundos permaneció inmóvil, escuchando aquella energía que viajaba por el mundo como un susurro antiguo.

Luego se puso de pie.

Una leve sonrisa apareció en sus labios.

No era una sonrisa amable.

Era la expresión de alguien que llevaba demasiado tiempo esperando.

—Al fin...

Miró hacia la ventana, donde el horizonte se perdía entre montañas cubiertas de niebla.

—Has despertado.

1
Maria Luisa Campa Rosabal
me gusta
Ana19
Me ha encantado el comienzo
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