Morir por un golpe en la cabeza no estaba en los planes de Elysia. Despertar en La Sangre de la Corona, el mahwa que leía en secreto, tampoco.
El problema es que no reencarnó como la protagonista. Reencarnó como la comandante del villano. Del hombre destinado a perder la guerra por el trono.
Aster es letal, frío y no malgasta palabras. También es, para su desgracia, exactamente su tipo, al menos hablando de su fisico.
Pero todo se complica cuando recibe una orden imposible: eliminar a Athena, la heroína de la historia, la chica que el guion protege.
Atrapada entre su lealtad, su instinto de supervivencia y un jefe que empieza a mirarla como ningún villano debería, Elysia deberá decidir si acepta el destino... o lo reescribe ella misma.
Porque si va a morir como villana, al menos lo hará peleando.
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Capitulo 4 — DÍAS DE HIERRO
Tres días.
Tres días desde que Aslan se marchó con su sonrisa diplomática y sus regalos no solicitados. Tres días desde que Elysia escuchó el nombre de Athena por primera vez en carne propia y no en viñetas dibujadas. Tres días de entrenamiento, comidas en silencio y sueño irregular sobre un colchón que olía a paja vieja.
El cuerpo le dolía. Pero era un dolor bueno. El tipo de dolor que te dice que estás viva, que los músculos se están adaptando, que la memoria de este cuerpo por fin empezaba a sincronizarse con su mente.
Seguía sin recordar nada de la Elysia original. Ni un destello. Ni una imagen borrosa. Cada vez que intentaba rebuscar en su interior, solo encontraba su propia vida: el gimnasio, las peleas, las tardes leyendo mahwas a escondidas. La otra Elysia —la que había jurado lealtad a Aster, la que había entrenado durante cinco años bajo su mando— era una desconocida que ocupaba su misma piel.
Pero su cuerpo sí la conocía.
Esa mañana, durante el entrenamiento, bloqueó un ataque antes de que su cerebro lo registrara. Su brazo subió solo. La espada de madera se interpuso en el ángulo exacto. El golpe del soldado contrario rebotó con un chasquido seco.
—Buena reacción —dijo el instructor, un hombre calvo con una cicatriz que le partía la ceja en dos. Se llamaba Darian, lo había aprendido el día anterior.
Elysia asintió, sin aliento.
—Gracias.
—No era un cumplido. Era una observación. —Darian la miró con ojos estrechos—. Antes del golpe eras más lenta.
—¿Antes del golpe?
—En la cabeza. El que casi te mata.
Lo dijo con naturalidad, como quien habla del clima. Elysia se tensó. No sabía cuánto sabían los demás sobre su accidente. Si sospechaban algo. Si notaban que ya no era la misma.
—Supongo que volver de la muerte te da reflejos nuevos —respondió, con un tono más seco del que pretendía.
Darian soltó una risa áspera.
—O te los quita. A la mayoría nos quita cosas. A ti parece que te ha dado algo.
No esperó respuesta. Se fue a gritarle a otro soldado que blandía la espada como si estuviera barriendo el suelo.
Elysia se quedó con la espada de madera colgando de la mano. ¿Te ha dado algo? No. Le había quitado la vida a una mujer y se la había dado a ella. Pero eso no podía decirlo.
La mujer de la trenza castaña —por fin había averiguado su nombre: Lian— se acercó mientras se secaba el sudor con un paño.
—Darian nunca hace cumplidos —dijo—. Si ha dicho eso, es que está impresionado.
—Ha dicho que era una observación.
—En boca de Darian, eso es un cumplido.
Elysia casi sonrió. Casi.
Lian se guardó el paño y la miró de reojo.
—El señor Aster quiere verte en su despacho.
El estómago de Elysia dio un vuelco. No sabía por qué. No era miedo. Era algo más molesto. Algo que prefería no analizar.
—¿Para qué?
—No me lo ha dicho a mí. —Lian se encogió de hombros—. Pero te conviene ir ya. No le gusta esperar.
No le gusta esperar. Qué novedad.
El despacho de Aster estaba en una torre al norte del castillo. Elysia subió escaleras de caracol, con las piernas aún temblorosas del entrenamiento, hasta llegar a una puerta de madera oscura con refuerzos de hierro. No había guardias. No los necesitaba.
Llamó.
—Adelante.
La voz de Aster sonaba igual que siempre: ronca, controlada, sin una pizca de calidez. Elysia empujó la puerta.
El despacho era más grande de lo que esperaba. Mapas en las paredes. Estanterías repletas de libros y pergaminos. Un escritorio de roble macizo cubierto de documentos. Y detrás del escritorio, Aster.
Estaba de pie, inclinado sobre un mapa del reino. Llevaba la camisa arremangada hasta los codos y el cabello oscuro ligeramente revuelto, como si hubiera estado pasándose la mano por él repetidas veces. La luz del ventanal le daba en la nuca y dibujaba sombras en su mandíbula.
Elysia esperó en la puerta.
—Ciérrala —dijo él, sin levantar la vista del mapa.
Cerró.
Silencio.
Aster no se apresuró. Terminó de trazar algo con el dedo sobre el pergamino, frunció el ceño, apartó el mapa a un lado. Solo entonces levantó la cabeza y la miró.
Elysia sintió el peso de esos ojos grises como si le pusieran una armadura de plomo sobre los hombros. No era hostilidad. Era evaluación. Siempre evaluación. Como si cada vez que la veía estuviera recalculando su valor.
—¿Cómo está tu cabeza?
La pregunta la descolocó. No esperaba algo tan... personal.
—Mejor —respondió, cautelosa.
—El médico dice que el golpe fue severo. Que pudiste haber muerto.
—No morí.
—Lo sé. —Aster se sentó en el sillón, despacio, sin dejar de mirarla—. Lo que no sé es si la mujer que tengo delante es la misma que tenía antes.
El aire se volvió denso.
Elysia mantuvo el rostro firme, aunque por dentro su mente gritaba. ¿Lo sabe? ¿Sospecha algo? No. No puede saberlo. Es imposible. Nadie despierta un día y asume que alguien ha reencarnado en el cuerpo de su comandante.
—Soy la misma —dijo, con una convicción que no sentía.
Aster ladeó la cabeza, apenas un milímetro.
—Antes no me mirabas a los ojos. Ahora lo haces.
—Quizá antes era idiota.
El silencio que siguió fue tan absoluto que Elysia oyó su propia sangre corriendo por sus oídos.
Y entonces, algo inesperado.
La comisura de los labios de Aster se movió. No era una sonrisa. No exactamente. Era un amago, un fantasma de algo que podría haber sido diversión si él fuera una persona capaz de sentirla.
—Quizá —concedió.
Elysia no sabía si sentirse aliviada o más nerviosa.
Aster se reclinó en el sillón. El momento de casi-humanidad se esfumó tan rápido como había llegado.
—Tienes una misión.
—¿Misión?
—Rutinaria. Necesito que inspecciones los puestos de vigilancia del paso norte. Hay informes de movimientos sospechosos. Quiero que vayas, evalúes y vuelvas.
Elysia parpadeó. Era la primera vez que le daban una tarea fuera del castillo. Una tarea de verdad. No entrenamiento. No obediencia pasiva. Algo que implicaba confianza.
—¿Por qué yo? —preguntó, antes de poder contenerse.
—Porque eres mi comandante —respondió Aster, como si fuera obvio—. Y porque si en esos puestos hay incompetencia, quiero que me digas exactamente quién y cuánto. Sin endulzarlo.
—Eso puedo hacerlo.
—Lo sé. Por eso te lo ordeno.
Se miraron un instante más. Algo crujió en el silencio, algo que ninguno de los dos supo nombrar. Aster desvió la mirada primero, hacia sus documentos.
—Sales mañana al amanecer. Lian irá contigo.
—¿No confías en que pueda sola?
—Confío en que eres buena. No confío en que estés recuperada del todo.
Elysia apretó los dientes. Tenía sentido. Pero le molestaba. Le molestaba que tuviera sentido. Le molestaba que él estuviera siendo precavido en lugar de déspota. Era más fácil odiarlo cuando era un tirano. Cuando era razonable, resultaba confusamente...
No. No iba a terminar esa frase ni en su cabeza.
—Estaré lista —dijo.
—Lo estarás. —Aster cogió la pluma y volvió a sus papeles. La conversación había terminado.
Elysia se giró para salir.
—Comandante.
Se detuvo con la mano en el pomo.
—¿Sí?
Aster no levantó la vista del pergamino.
—La próxima vez que mi hermano te dirija la palabra, no le sonrías.
No era una petición. Era una orden. Fría. Directa. Sin explicación.
Elysia sintió un escalofrío en la nuca.
—No le he sonreído.
—Mejor.
Salió del despacho con el corazón latiéndole más rápido de lo que quería admitir. En el pasillo, se apoyó contra la pared de piedra y respiró hondo.
No era atracción. No. Era la adrenalina de tratar con un depredador. Eso se dijo a sí misma.
Pero mientras bajaba las escaleras, se dio cuenta de que no había preguntado por qué no debía sonreír a Aslan.
Y él no se lo había dicho.
Como si no necesitara dar razones. Como si su palabra fuera suficiente.
—Maldito seas, Aster —murmuró.
Y siguió bajando.