En un mundo donde lobos y vampiros se odian desde generaciones, Aiden descubre que no es solo un joven universitario ordinario, sino el heredero de una de las más poderosas líneas Alfa. Criado en el mundo humano, sin saber quién es, su vida cambia cuando empieza a tener visiones, sueños extraños y un poder que no puede controlar. Junto a Lyra, una guardiana de la que se enamora, Aiden se enfrenta a un enemigo ancestral: la sombra, nacida del miedo de la creación. En su búsqueda de identidad, Aiden deberá descubrir quién es realmente, equilibrar las fuerzas que lo han perseguido y, solo a través del amor y la elección, cambiar el destino de su mundo, donde la verdad es la única fuerza capaz de unir aquello que el odio dividió.
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Capítulo 10: La primera prueba
El rumor se extendió por todo el reino antes del amanecer.
El heredero afrontaría la Primera Prueba del Alfa.
Lobos de todas las manadas comenzaron a reunirse alrededor de una antigua montaña sagrada conocida como el Pico de los Ecos.
Aiden contempló el lugar en silencio.
El sendero ascendía entre enormes rocas cubiertas de musgo, árboles centenarios y una espesa niebla que ocultaba la cima.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó.
Boreas se acercó a él.
—La fuerza no será suficiente.
—Entonces, ¿qué busca esta prueba?
—Descubrir quién eres cuando nadie puede ayudarte.
Darius entregó al joven una pequeña daga.
—Solo podrás llevar esto.
Aiden la observó.
—¿Y mi espada?
—No.
—¿Comida?
—No.
—¿Agua?
—Tampoco.
Aiden arqueó una ceja.
—Empiezo a pensar que no les caigo muy bien.
Varios guerreros soltaron una carcajada.
Incluso Darius dejó escapar una leve sonrisa.
—Si consigues seguir haciendo bromas después de esta prueba... tal vez cambie de opinión.
Antes de entrar al bosque, Lyra apareció entre la multitud.
Llevaba un pequeño colgante de madera en la mano.
—Es un amuleto de buena suerte.
Aiden lo recibió con sorpresa.
—¿Y si no creo en la suerte?
—Entonces cree en mí.
Él sonrió y guardó el colgante en el bolsillo.
No se dio cuenta de que, desde la distancia, Kieran observaba la escena con el rostro endurecido.
Cada gesto entre ellos alimentaba más sus celos.
Boreas levantó la mano.
—La Primera Prueba comienza... ahora.
Aiden dio el primer paso hacia el bosque.
Apenas cruzó el antiguo arco de piedra que marcaba la entrada, el mundo cambió.
El aire se volvió más frío.
Los sonidos desaparecieron.
Ni pájaros.
Ni viento.
Solo un silencio absoluto.
—¿Qué lugar es este...? —susurró.
Continuó avanzando.
Después de unos minutos encontró unas enormes huellas sobre el barro.
No eran de lobo.
Tampoco de oso.
Eran demasiado grandes.
Instintivamente, llevó la mano a la daga.
Entonces escuchó un llanto.
Era el llanto de un niño.
Siguió el sonido hasta llegar a un claro.
Un pequeño de unos seis años estaba atrapado bajo el tronco caído de un árbol.
—¡Ayúdame!
Aiden corrió hacia él sin pensarlo.
Empujó el tronco con todas sus fuerzas.
No se movió.
Respiró hondo.
Volvió a intentarlo.
Sus músculos comenzaron a tensarse.
Sus ojos cambiaron lentamente a un tono dorado.
Con un rugido, levantó el tronco lo suficiente para liberar al niño.
Cuando el pequeño se puso de pie...
Sonrió.
Y desapareció.
Como si nunca hubiera existido.
—¿Qué...?
Una voz profunda resonó entre los árboles.
—Has elegido ayudar antes que continuar.
Buena decisión.
Frente a él apareció un enorme lobo plateado.
Era tan grande que su cabeza superaba la altura de un caballo.
Sus ojos brillaban con una sabiduría ancestral.
Aiden sintió un impulso irresistible de inclinar la cabeza en señal de respeto.
—¿Quién eres?
—Soy uno de los Guardianes del Espíritu de la Luna.
He observado a todos los aspirantes durante siglos.
El gigantesco lobo dio un paso al frente.
—Muchos ignoraron el llanto del niño para llegar antes a la cima.
Tú no.
Recuerda esto, heredero.
Un verdadero Alfa jamás abandona a los suyos.
Antes de que Aiden pudiera responder, el Guardián desapareció entre una lluvia de luces plateadas.
El bosque recuperó su silencio.
Pero alguien más lo observaba.
Oculto entre las sombras, un hombre encapuchado sostuvo una pequeña esfera negra.
La rompió entre sus manos.
Una energía oscura se extendió por el bosque como un veneno invisible.
Los árboles comenzaron a marchitarse.
Los animales huyeron.
Y, desde las profundidades de la montaña, un rugido monstruoso hizo temblar la tierra.
El espía sonrió.
—Perdóname, heredero...
Pero nunca debiste regresar.
Aiden giró lentamente hacia el origen del rugido.
Entre la niebla aparecieron dos enormes ojos rojos.
No pertenecían a un lobo.
Ni a un vampiro.
Pertenecían a algo mucho más antiguo.
Y mucho más peligroso.