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Susurros Del Más Allá.

Susurros Del Más Allá.

Status: En proceso
Genre:Sirena / Terror / Pacto con el demonio / Maldición
Popularitas:582
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.

NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: Ecos de dolor.

La brisa nocturna cortaba como cuchillas entre las calles de Mar Azul, cargada de sal y de un frío que parecía penetrar hasta los huesos. Lyssa caminaba con paso decidido hacia la orilla, ignorando los susurros que seguían retumbando en su cabeza, ahora mezcla de furia y emoción. Cada paso que la acercaba al mar era un desafío, no solo a la criatura que reinaba en sus profundidades, sino también a sí misma, a ese miedo que le gritaba que se detuviera. Pero la necesidad de verlo, de hablar con él, era más fuerte que cualquier advertencia. Sabía que allí, junto a las olas, lo encontraría. Él siempre estaba allí, como si una cadena invisible lo atara a esas aguas oscuras.

Lo vio antes de llegar a la arena. Estaba sentado sobre una roca grande y negra, aislado del resto del pueblo, con las piernas colgando hacia el vacío y la mirada fija en el horizonte donde el mar y el cielo se fundían en una sola masa oscura. Su silueta recortada contra la espuma blanca parecía la estatua de un hombre que había olvidado cómo ser feliz, cómo ser libre. Tenía los hombros caídos, las manos apretadas sobre las rodillas, y una quietud tan absoluta que parecía no respirar siquiera.

Lyssa se acercó despacio, pisando la arena húmeda sin hacer ruido, aunque sabía que él ya debía haber percibido su presencia. El vínculo que compartían funcionaba como un sexto sentido; siempre sabían dónde estaba el otro, siempre sentían cuándo el otro se acercaba.

—Sabía que vendrías —dijo Christhian, sin volverse, con esa voz ronca y profunda que ahora le resultaba tan familiar—. Te dije que te alejaras, te advertí mil veces… pero sé que no podrías hacerlo. Al igual que yo no puedo alejarme de aquí.

Lyssa se detuvo a su lado, mirando también hacia el mar que rugía con fuerza, lanzando olas que parecían querer alcanzarlo, tocarlo, reclamarlo.

—Necesito saber —dijo ella, bajando la voz para que solo él la oyera—. Sé lo que dice la leyenda. Sé lo que hay en los papeles de mi familia. Pero eso son historias escritas hace siglos. Yo quiero saber tu historia, Christhian. Quiero saber cómo empezó todo para ti. Quiero saber desde cuándo eres su prisionero.

Él soltó una risa seca, carente de cualquier alegría, una risa que sonaba más a sollozo ahogado. Se pasó una mano por el rostro, cubriéndose los ojos por un instante, como si quisiera borrar imágenes terribles que solo él podía ver. Cuando volvió a mirarla, sus ojos oscuros estaban llenos de un dolor tan antiguo y profundo que Lyssa sintió que el corazón se le encogía dentro del pecho.

—Desde que tengo memoria —empezó a decir, con voz baja, arrastrando las palabras como si cada una pesara toneladas—. Desde que era apenas un niño, más pequeño que tú te imaginas. Yo no elegí esto, Lyssa. Ella me eligió a mí.

Hizo una pausa, tragando con dificultad, y señaló con la mano hacia unas rocas más alejadas, donde la espuma rompía con violencia.

—Tenía siete años. Jugaba aquí mismo, en esta playa, como cualquier niño tonto e ingenuo. Mis padres me habían dicho mil veces que no me acercara demasiado al agua, que no escuchara lo que dijera el mar… pero uno no hace caso cuando es pequeño, ¿verdad? Creía que eran cuentos para asustarme. Ese día el mar estaba tranquilo, extrañamente tranquilo, brillante bajo el sol. Y entonces la vi.

Su voz se quebró, y tuvo que detenerse un momento para recuperar el control. Lyssa se quedó inmóvil, conteniendo la respiración, sin atreverse a interrumpirlo.

—Salió del agua… y era la cosa más hermosa que mis ojos infantiles habían visto jamás. Cabellos negros que flotaban como seda, piel brillante, voz dulce como la miel. Me llamó por mi nombre, Lyssa. Me llamó como si me conociera de toda la vida. Me dijo que ella era mi amiga, que ella siempre me cuidaría, que yo era especial para ella. Yo corrí hacia ella… corrí feliz, sin miedo, con los brazos abiertos. Y cuando estuve lo bastante cerca… me tocó.

Christhian se subió la manga de su chaqueta, mostrando la marca oscura en su muñeca, esa señal que compartían. La luz de la luna, que se abría paso entre las nubes, la iluminó, haciéndola ver más oscura, más profunda.

—Ese fue el momento. Con solo tocarme, me grabó esto en la piel y en el alma. Me dijo: «Ahora eres mío. Para siempre. De ahora en adelante, tú y yo somos uno solo». Yo no entendí entonces lo que significaba. Solo sentí un fuego que me recorría todo el cuerpo y un miedo repentino que me heló la sangre. Corrí de nuevo hacia mi casa, llorando, gritando… pero cuando se lo conté a mis padres, me miraron con terror. Ellos sabían. Sabían lo que significaba que ella te notara. Sabían que no había vuelta atrás.

Se quedó en silencio un rato, mirando fijamente las olas, como si viera a su propio yo de siete años corriendo asustado por la arena.

—Al principio, intentaron protegerme —continuó, con amargura—. Cerraban las puertas con llave, me escondían, me prohibían acercarme a la costa. Pero de nada servía. Ella estaba en todas partes. Escuchaba su voz en mi habitación, en el pozo, en el viento que soplaba por las noches. Me hablaba, me pedía que fuera con ella, me decía que me quería, que me necesitaba. Y si yo no obedecía… castigaba a quienes me rodeaban. Un día mi padre se puso enfermo, de repente, una fiebre que no bajaba. Ella me dijo: «Si no vienes conmigo, él morirá». Y yo fui. Por él. Por mi madre. Fui y le prometí que estaría con ella si los dejaba vivir. Y así fue. Desde entonces… no he sido libre ni un solo segundo.

Lyssa sintió que las lágrimas le llenaban los ojos. No era solo una leyenda antigua, ni una condena impuesta por sus antepasados. Era la vida de un niño, arrancada de cuajo, robada por una criatura egoísta y cruel que se alimentaba del amor y de la inocencia.

—Creció así —susurró él, con la voz llena de rabia dirigida contra sí mismo—. Crecí siendo suyo. Puedo caminar por el pueblo, puedo hablar con la gente, puedo ir a donde quiera… pero siempre, siempre estoy atado a ella. Ella sabe lo que pienso, lo que siento, lo que hago. Si me alejo demasiado de la costa, siento que me ahogo, me duele el cuerpo entero, como si me arrancaran la vida. Si alguien se acerca demasiado a mí, si alguien me quiere o me ayuda… ella se lo lleva. O lo destruye. Por eso vivo solo. Por eso nadie se me acerca. Por eso cuando tú llegaste… cuando te vi… lo único que quería era que te fueras. No quería que te pasara lo mismo que a los demás. No quería que ella te hiciera daño por mi culpa.

Christhian la miró entonces, y en sus ojos había una mezcla de dolor y una ternura oculta que rompía el alma.

—Durante años he sido su juguete, Lyssa. Su compañía, su tesoro, su esclavo. Me ha hecho creer que la amaba, que ella era lo único que tenía sentido. Me ha llenado la cabeza de mentiras, de recuerdos falsos, de amor retorcido. Y lo peor… lo peor es que a veces, todavía, cuando canto para mí, cuando su voz entra en mi mente… siento que la quiero. Siento que no puedo vivir sin ella. Y eso me asusta más que nada. Porque significa que me ha roto por dentro y me ha vuelto a armar a su imagen y semejanza.

Se acercó un poco más a ella, y Lyssa pudo ver el brillo húmedo en sus ojos, las lágrimas que se negaba a derramar.

—Y entonces llegaste tú —dijo con voz rota—. De repente, todo cambió. Desde el primer momento en que te vi, parada ahí en la plaza, tan valiente, tan decidida… algo se rompió dentro de mí. Algo que ella no había podido tocar. Y empecé a sentir cosas que no entendía. Rabia, miedo… pero también algo que hacía que mi corazón latiera de nuevo, algo que creía muerto desde que era niño. Y ella lo notó. Ella siempre lo nota. Por eso te odia. Porque tú eres la primera cosa, la única cosa, que ha entrado en su territorio y no se ha doblegado. Y peor aún… la única cosa que ha logrado que yo empiece a despertar.

Lyssa extendió su mano lentamente y la posó sobre la de él, que descansaba fría y rígida sobre la roca. Al contacto, Christhian se estremeció, pero no se apartó. Al contrario, volvió su mano y apretó la de ella con fuerza, como si se aferrara a un salvavidas en medio de una tormenta.

—No es tu culpa —le dijo Lyssa con suavidad, pero con firmeza—. Nada de esto es tu culpa. Eras un niño. Fuiste robado. Fuiste condenado antes de saber lo que era la vida.

—Pero soy suyo —respondió él, con desesperación—. Tengo su marca, tengo su voz en la cabeza, tengo su sangre en la mía. ¿Cómo puedo ser otra cosa?

Lyssa lo miró a los ojos, profundamente, conectando con todo ese dolor acumulado durante casi toda una vida.

—Porque ahora sabes la verdad —le susurró—. Y porque ahora no estás solo. Ella te tuvo solo durante años, Christhian. Pero ahora estoy yo. Y ella se equivocó al marcarme también. Se equivocó al unirnos. Porque lo que ella hizo para atarnos… es lo único que puede darnos fuerza para romper sus cadenas.

Christhian bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas, y por primera vez, entre toda esa oscuridad, una pequeña luz brilló en su rostro. Una esperanza tímida, miedosa, pero real.

—Ella va a enfadarse mucho —murmuró él, casi como si fuera una advertencia dulce—. Ella va a hacer todo lo posible por separarnos. Va a usar todo mi pasado, todo mi dolor, todo lo que me ha hecho ser… para destruirte a ti y para destruir lo que empieza a haber entre nosotros.

—Que lo intente —respondió Lyssa, mirando desafiante hacia el mar oscuro, hacia donde sabía que la criatura escuchaba y observaba—. Ya nos ha quitado bastante tiempo. Ya nos ha quitado demasiada vida. No vamos a dejar que nos quite también el futuro.

Y mientras el mar rugía furioso a su alrededor, como si la propia sirena gritara de rabia en las profundidades, Christhian apretó más fuerte la mano de Lyssa, aferrándose a ella como la única realidad verdadera que había conocido en años. Por fin, alguien conocía su historia, conocía su dolor… y no lo había rechazado por ello. Al contrario, estaba allí, dispuesta a luchar con él contra el monstruo que había definido su existencia desde que tenía siete años.

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