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Capítulo 12
Capítulo 12: El Hombre que Vio su Talento
El jueves llegó antes de que tuviera un plan decente. Al final opté por la verdad parcial, que es la hermana elegante de la mentira.
—Hay un exjugador profesional que quiere verte practicar —le dije a Renato el miércoles por la noche, mientras caminábamos de regreso del turno de él en el café—. Mañana a las seis, en el parque Centenario.
Renato se detuvo bajo un farol cuya luz anaranjada le recortaba el perfil como una moneda vieja.
—¿Qué exjugador?
—Marcos Rivera.
El nombre le hizo algo. Lo vi en la manera en que sus hombros se tensaron, en cómo sus manos —que iban relajadas a los costados— se cerraron lentamente en puños. Marcos Rivera no era un nombre que se olvidara fácilmente en el mundo del tenis. No en Ciudad Lirial. No en ningún lado.
—Marcos Rivera se retiró hace años.
—Y tú estás a punto de jugar un torneo con una raqueta que necesita reparación y sin nadie que te dé retroalimentación seria. Parece un buen intercambio, ¿no crees?
—¿Cómo conseguiste que Marcos Rivera accediera a verme?
—Le mandé un video.
—¿Un video? —Su voz bajó medio tono—. ¿De mí?
—De tu práctica del martes. Me senté en las gradas y grabé cuatro minutos. Antes de que te enojes: la cancha es un espacio público, no necesito tu permiso para estar ahí.
—No es eso lo que...
Se pasó una mano por el cabello, un gesto que le había visto hacer cuando estaba procesando algo que no sabía cómo categorizar. Frustración mezclada con algo más. Algo que no tenía nombre todavía, o que él no quería darle nombre.
—¿Por qué estás haciendo todo esto? —preguntó, y por primera vez no sonó acusatorio. Sonó genuinamente perdido—. La inscripción, ahora Rivera... ¿Qué ganas tú con esto?
Todo, pensé. Gano la oportunidad de reparar algo que rompí por no haber actuado a tiempo. Gano siete años de culpa convertidos en algo útil. Gano verte llegar adonde debiste haber llegado la primera vez, antes de que yo y todos los demás te falláramos.
Pero no dije eso. Lo que dije fue:
—Ya te lo expliqué. Inversión. Si te va bien, a mí me va bien. Así funciona esto.
Renato me miró con esos ojos oscuros que parecían calibrar cada palabra que salía de mi boca, pesándola, midiéndola, buscando la trampa oculta.
—Mañana a las seis —dijo finalmente.
No era una pregunta. Era una aceptación.
—Mañana a las seis.
Se fue caminando sin despedirse, que a estas alturas ya era prácticamente su firma personal.
Esperé a que su figura desapareciera al doblar la esquina. Entonces saqué el teléfono y abrí la aplicación de la tienda deportiva.
Paso tres.
Los tenis eran blancos con detalles en azul oscuro, suela de espiga para cancha dura, amortiguación reforzada en el talón. Los había elegido después de investigar durante una hora qué modelo era mejor para un jugador con el estilo agresivo de Renato: mucho movimiento lateral, cambios de dirección explosivos, impacto fuerte en los frenados. No eran los más caros de la tienda. Eran los correctos.
La ropa fue más fácil. Un pantalón corto de entrenamiento en negro, tela ligera y transpirable. Una camiseta técnica del mismo material, en gris oscuro, del tipo que absorbe el sudor en lugar de empaparse con él. Nada ostentoso. Nada que gritara "esto es caridad." Solo ropa funcional, del tipo que cualquier jugador serio tendría.
Los puse en su casillero de la universidad a las cinco de la mañana, antes de que él llegara. Sin nota. Sin explicación. Solo la caja de los tenis y la ropa doblada encima, como si siempre hubieran estado ahí.
Luego me fui a la cancha del parque Centenario a esperar.
Rivera llegó a las cinco cincuenta. Era más bajo de lo que esperaba —la televisión siempre añade centímetros además de kilos— pero tenía la presencia compacta y magnética de los hombres que han vivido dentro de sus cuerpos con una intensidad que la mayoría de la gente nunca experimenta. Caminaba con una cojera leve, la rodilla de titanio recordándole con cada paso que el tiempo cobra sus deudas.
—¿La asistente? —dijo al verme.
—Valentina Montiel.
—Montiel. —Levantó una ceja—. ¿Del Grupo Montiel?
—Sí.
—Mmm.
No supe qué significaba ese "mmm." Con Rivera, sospeché que la mayoría de las cosas quedaban en el territorio de lo no dicho.
Se sentó en la banca junto a la cancha, sacó un termo de café y le dio un trago largo sin ofrecerme.
—Si no llega en diez minutos, me voy.
—Lo sé.
A las cinco cincuenta y ocho vi la silueta de Renato acercarse por el camino del parque, y el aire se me trabó en la garganta.
Se había puesto los tenis. Se había puesto la ropa.
Caminaba distinto con ellos. No era algo dramático ni cinematográfico —no hubo música de fondo ni cámara lenta, eso solo pasa en las películas—, pero había una diferencia sutil en su postura. Los tenis le daban un rebote ligero al paso, la tela de la camiseta se le ajustaba a los hombros sin restricción, y había algo en la manera en que llevaba la raqueta —esa raqueta vieja y maltratada que era lo único que yo no había podido reemplazar todavía— que parecía más... decidido. Como si la ropa nueva fuera una armadura y él acabara de decidir que iba a usarla para ir a la guerra.
No me miró al pasar. Se fue directo hacia Rivera, que lo observó acercarse con la expresión de un hombre que evalúa caballos en un mercado.
—Renato Solís —dijo Renato, y extendió la mano.
Rivera se la estrechó sin levantarse.
—Marcos Rivera. Muéstrame qué sabes hacer. Y no me hagas perder el tiempo.
Renato asintió. Una vez. Sin palabras innecesarias. Se fue a la cancha, hizo dos minutos de calentamiento —que Rivera observó con atención quirúrgica— y luego empezó a golpear pelotas desde la línea de fondo.
Me senté lo más lejos posible, en la esquina de las gradas que daba sombra. No quería que mi presencia lo distrajera ni que sintiera que lo estaba evaluando. Quería ser invisible.
No lo logré del todo, porque Rivera se inclinó hacia mí después de los primeros tres minutos y dijo, sin apartar los ojos de la cancha:
—El video no le hace justicia.
Lo dijo con el mismo tono con el que alguien diría "el sol salió hoy": como un hecho innegable que no requería emoción. Pero yo llevaba dos días aprendiendo a leer entre las líneas de Rivera, y lo que escuché debajo de esas palabras fue algo cercano al asombro.
En la cancha, Renato se movía con una fluidez que desafiaba su equipo deficiente. La raqueta vieja chirriaba en algunos golpes, la empuñadura resbalándose ligeramente en los ángulos más extremos, pero él compensaba con el cuerpo. Cada golpe era un acto de voluntad tanto como de técnica: la derecha cruzada que cortaba el aire con esa precisión letal que Rivera había mencionado, el revés a dos manos que usaba más como herramienta defensiva pero que tenía un potencial ofensivo evidente, el servicio que —sí, Rivera tenía razón— llevaba el codo demasiado alto pero que aun así le imprimía a la pelota una velocidad notable.
Rivera no dijo nada durante veinte minutos. Solo observó, con los ojos entrecerrados y las manos alrededor del termo de café como si necesitara anclar los dedos a algo para no levantarse y meterse a la cancha él mismo.
Cuando Renato terminó una serie de saques y se detuvo para secarse el sudor con el dorso del brazo, Rivera se levantó por fin.
—El codo —dijo, caminando hacia la cancha—. Bájalo quince grados en el servicio. Estás perdiendo entre un diez y un quince por ciento de potencia porque el ángulo de impacto es demasiado agudo.
Renato lo miró. No con la desconfianza que me dedicaba a mí, sino con algo más cauteloso, más respetuoso. El reconocimiento silencioso de que la persona frente a él había estado donde él quería llegar.
—¿Quince grados?
—Prueba.
Renato ajustó. Sirvió. La pelota salió con un sonido distinto —más grave, más sólido— y golpeó la cancha contraria con una violencia que hizo rebotar una nube de polvo.
Rivera no sonrió. Pero asintió.
—Otra vez.
Lo repitió. Mismo resultado. Mejor, incluso.
—¿Cuánto tiempo llevas jugando así? —preguntó Rivera.
—Nueve años.
—¿Quién te enseñó?
—Videos. Partidos televisados. Práctica.
Rivera me miró. Solo un segundo, una mirada rápida que decía más que cualquier frase. Luego volvió a Renato.
—Tu derecha es la más limpia que he visto en diez años. Tu juego de pies es un desastre con talento. Y tu servicio acaba de mejorar un veinte por ciento en treinta segundos, lo cual me dice que nadie se ha tomado la molestia de corregirte en la vida. —Hizo una pausa—. ¿Cuándo es el torneo?
—En seis semanas.
—No es suficiente tiempo para hacer todo lo que habría que hacer. Pero es suficiente para hacerte competitivo. —Rivera recogió su termo, se lo metió bajo el brazo y empezó a caminar hacia la salida—. Jueves y sábados, seis de la mañana, aquí. Si faltas una vez sin avisarme, no hay segunda oportunidad.
Renato no respondió inmediatamente. Vi cómo la oferta le caía encima, el peso de ella, la enormidad de lo que significaba: Marcos Rivera, tres veces campeón ATP, ofreciéndose a entrenarlo. Un hombre que no entrenaba a nadie desde hacía cuatro años, rompiéndose su propia regla por un chico que había aprendido a jugar tenis mirando videos en un teléfono prestado.
—No puedo pagar un entrenador —dijo Renato. Y lo dijo sin vergüenza, sin disculpa, con la misma franqueza cruda con la que habría dicho su nombre. Un hecho. Una verdad.
Rivera se detuvo. Giró la cabeza.
—¿Te pedí dinero?
Silencio.
—Jueves y sábados. Seis de la mañana. No llegues tarde.
Y se fue, cojeando ligeramente, con el termo bajo el brazo y la autoridad de un hombre que ha dicho lo que tenía que decir y no necesita confirmación.
Renato se quedó solo en la cancha, con la raqueta colgando del brazo derecho y el sol temprano dibujándole la sombra larga sobre la superficie verde. No se movió durante varios segundos. Estaba procesando. Reorganizando su mapa del mundo, que hasta ahora solo tenía dos categorías: gente que lo perjudicaba y gente que le era indiferente. No tenía casilla para esto. No tenía protocolo para personas que le ofrecieran cosas sin pedir nada a cambio.
Yo seguía en mi esquina de las gradas, intentando ser invisible, intentando no sentir demasiado, intentando recordar que esto era un proyecto estratégico y no... otra cosa.
Entonces Renato giró la cabeza y me miró.
Fue un momento breve. Tres segundos, tal vez cuatro. Su rostro estaba a contraluz y no pude leerle la expresión con claridad, pero sí pude ver lo que no estaba ahí: la hostilidad. La desconfianza automática. La barrera de hielo y orgullo que llevaba puesta como una segunda piel desde el día que lo conocí.
No estaban.
En su lugar había algo que todavía no tenía forma, algo que él mismo probablemente no podría nombrar si alguien se lo preguntara. No era gratitud —Renato no hacía gratitud fácil—. No era afecto —era demasiado pronto, demasiado rápido—. Era algo más elemental que eso. Era el reconocimiento. La aceptación silenciosa, mínima, casi imperceptible, de que tal vez —solo tal vez— no todas las manos que se extienden vienen a empujar.
Me sostuvo la mirada un segundo más. Luego asintió. Un gesto pequeño, apenas un movimiento de la barbilla, pero que para Renato Solís equivalía a un discurso completo.
Después se dio la vuelta, se acomodó en la línea de fondo, levantó la raqueta y sirvió.
La pelota cruzó la cancha como un rayo, con el codo quince grados más abajo, con los tenis nuevos chirriando sobre la superficie, con la camiseta técnica moviéndose como una segunda piel sobre sus hombros.
Y el sonido del impacto —grave, limpio, definitivo— resonó en la cancha vacía como una promesa.
O como una advertencia.
Todavía no sabía cuál de las dos. Pero sentada en esas gradas, con el corazón latiendo en un ritmo que no me había pedido permiso para acelerarse, supe una cosa con absoluta certeza:
Renato Solís iba a incendiar ese torneo. Y yo iba a asegurarme de que esta vez nadie —ni Bruno, ni Lorena, ni la mala suerte, ni el mundo entero— le apagara la llama.
Aunque me quemara las manos en el proceso.