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Casada con el capitán que odiaba

Casada con el capitán que odiaba

Status: En proceso
Popularitas:78
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

...Nina....

Me desperté con la boca seca y el orgullo hecho pedazos.

La almohada olía a él. A esa cosa tibia que no sé nombrar pero que reconocí de inmediato, y que me hizo apretar los ojos con fuerza, como si cerrarlos pudiera borrar todo lo que hice anoche.

Los recuerdos llegaron de golpe. El malbec. Mis manos agarrando su camisa. Mi voz diciendo cosas que jamás habría dicho sobria. Su brazo sosteniéndome cuando las piernas me fallaron.

Me tapé la cara con las dos manos.

Dios. Dios, Dios, Dios.

Me lavé la cara, me hice una cola de caballo que escondía lo peor, me puse la sudadera más grande que encontré y salí descalza.

El departamento olía a comida. No a la comida que yo hago. Olía bien. A mantequilla, a chile, a algo frito que me hizo salivar antes de llegar a la cocina.

Y entonces lo vi.

Santiago estaba sentado en el sillón, de perfil, con el celular pegado a la oreja. La ventana le daba de lleno. Toda esa luz de las diez de la mañana cayéndole en la cara, en el cuello, en el antebrazo que tenía apoyado en la rodilla.

—No, ya te dije que sí. Dile a tu mamá que yo llevo la hielera... Marcos, no seas ridículo, claro que entran seis en la camioneta...

Estaba recién bañado. El pelo todavía húmedo, peinado hacia atrás con los dedos. La camiseta blanca le marcaba los hombros de una forma que no tenía derecho de marcar nada.

Y la mandíbula. Esa maldita línea que se tensaba cuando escuchaba, que se suavizaba cuando casi sonreía, que yo no debería estar mirando con esta intensidad a las diez de la mañana.

Se rio de algo que dijo Marcos. Bajito. Con esa risa que apenas se oye, que es más aire que sonido. Mi pecho hizo algo raro. Algo como un apretón. Como cuando te pierdes un escalón y tu cuerpo se prepara para caer.

Santiago giró la cabeza. Me vio.

Yo estaba parada en el pasillo como estatua, con la boca medio abierta y los pies descalzos, mirándolo como idiota. Nuestros ojos se encontraron. Él no dijo nada. Solo me sostuvo la mirada.

Y yo hice lo que cualquier persona madura haría.

Corrí. Me metí a mi cuarto y cerré la puerta con tanta fuerza que probablemente la escucharon tres pisos abajo.

«¿Y si siempre fue él?»

Esa pregunta de anoche. Borracha era fácil descartarla. Sobria era imposible.

...Santi....

Se fue corriendo.

Me quedé con el teléfono en la mano y la voz de Marcos hablándome de hieleras mientras miraba el pasillo vacío.

Descalza. Con esa sudadera enorme. Viéndome. No solo viéndome. Mirándome. Con esos ojos oscuros bien abiertos, como si yo fuera algo que no esperaba encontrar en su propia sala.

Y luego el portazo.

—¿Santi? ¿Sigues ahí?

—Sí.

—Te decía que Camila ya consiguió la cabaña. El cañón está a cuatro horas si salimos temprano...

—Marcos. ¿Va Nina?

Silencio.

—Pues... Camila la iba a invitar. ¿Por?

—Nada. Cuenta conmigo.

—¿No ibas a ir con tu abuela?

—La visito el siguiente.

Marcos se quedó callado un momento. Sé que estaba armando la pregunta. Pero por una vez, no la hizo.

—Órale. Te mando la ubicación.

En la cocina, el plato de chilaquiles que le dejé se había enfriado. Los hice verdes, con crema y queso fresco, porque una vez la oí decirle a Camila que los prefería así.

Calenté el plato. Lo dejé otra vez en la mesa con un vaso de jugo de naranja.

No iba a tocarle la puerta. Si quería salir, saldría.

...Nina....

Salí cuarenta minutos después. Después de bañarme, vestirme, secarme el pelo, y ensayar frente al espejo tres expresiones de indiferencia casual.

Los chilaquiles estaban en la mesa. Recalentados. Verdes. Con crema y queso. Mis favoritos.

Me senté a comer sola. Cada chilaquil estaba perfecto. Crujiente donde tenía que crujir, suave donde tenía que ser suave. El desgraciado cocinaba bien.

Comí rápido, lavé el plato, agarré mi bolsa. Tenía que ir al súper. Camila me había mandado una lista de cosas para el viaje al cañón. Me puse los tenis. Agarré las llaves. Caminé hasta la puerta.

La abrí.

Y él la cerró.

De golpe. Su mano pasó por arriba de mi cabeza y empujó la puerta con tanta fuerza que el aire me movió el pelo. Y su cuerpo quedó ahí, bloqueándome, recargado contra la puerta, mirándome desde arriba.

Me quedé paralizada.

Estaba tan cerca que podía olerlo. Jabón. Algo cítrico. Su pelo todavía húmedo goteándole en la frente.

—¿A dónde vas? —dijo. Tranquilo. Como si no acabara de cerrarme la puerta en la cara.

—Al súper.

Mi voz salió aguda. Demasiado aguda.

—Al súper —repetí, un tono más bajo.

Santiago no se movió. Me miraba con atención. Como si estuviera leyéndome.

—¿Por qué estás roja?

—No estoy roja.

—Estás roja.

—Es el calor.

—Estamos en agosto y el aire acondicionado está puesto.

Maldito.

Le sostuve la mirada todo lo que pude, que fueron cuatro segundos, y después la desvié hacia su hombro. Error. Mi cerebro decidió que era buen momento para recordar anoche. Sus manos. Su voz cerca de mi oído.

—Anoche no estabas así de roja —dijo bajito.

Sentí el calor subirme hasta las orejas.

—Anoche estaba borracha. No cuenta.

—¿No cuenta?

—No.

—¿Nada de lo que dijiste?

Mi estómago se hundió. Porque no me acordaba de todo lo que dije. Solo de fragmentos. «Siempre fuiste tú.» «Eres insoportable.» «No te vayas.»

¿Le dije que no se fuera? ¿De verdad le dije eso?

—Estaba borracha —repetí, y traté de pasar por debajo de su brazo.

No me dejó. Movió el cuerpo, bloqueándome otra vez. Quedé atrapada entre él y la pared del recibidor, con mi bolsa colgándome del hombro y cero dignidad.

—Quítate.

—No.

—Santiago.

—Nina.

Algo cambió en su expresión. Algo más suave. Más vulnerable. Como si debajo de esa cara de piedra hubiera algo frágil asomándose despacio.

—¿Ya no te doy asco?

Así. Directo. Sin preámbulo.

La pregunta me golpeó en el pecho. Porque yo le dije eso. Hace meses. Se lo grité. «Me das asco, Santiago.» Y él no contestó. Se fue a su cuarto. Nunca le pedí perdón.

Me quedé viéndolo. Él esperaba. Paciente, como siempre. Santiago es de los que se quedan parados frente a tu puerta las horas que haga falta hasta que estés lista para abrirla.

—Siempre me diste asco —le dije.

Pero lo dije mal. Lo dije flojo, arrastrando las palabras, con la boca medio torcida como aguantando una sonrisa. Lo dije como se dicen las mentiras que ya no te importa mantener.

Él lo notó.

Por supuesto que lo notó.

La comisura de su boca tembló. No llegó a sonrisa. Con Santiago nunca llega. Pero tembló.

—Qué convincente —murmuró.

—Muévete, por favor.

—No.

Intenté colarme bajo su brazo derecho. Y mi mano, mi estúpida mano torpe, se apoyó en su antebrazo izquierdo para impulsarme.

El izquierdo. El del aeropuerto.

Santiago hizo un sonido. Pequeño. Un siseo entre los dientes, cortado de inmediato.

Pero yo lo oí.

Me detuve en seco. Le solté el brazo y luego, sin pensar, se lo agarré de nuevo, pero distinto. Con cuidado. Con las dos manos. Le subí la manga hasta el codo y vi el moretón. Amarillo verdoso en los bordes, todavía morado en el centro. Se lo hizo cuando me empujaron y él me jaló hacia su cuerpo y su brazo se estrelló contra el barandal para que yo no me cayera.

—¿Te lastimé? —Mi voz salió temblorosa—. ¿Está bien? ¿Te duele mucho?

Le toqué el moretón con los dedos. Suave. Apenas rozándolo. Él no se movió.

Levanté la cara.

Estaba mirándome las manos. Mis manos en su brazo. Mi pulgar pasando despacio por el borde del moretón como si pudiera curarlo con eso.

Después levantó los ojos. Y me miró a mí.

Todo se detuvo.

El aire. El ruido de la calle. Todo desapareció y solo quedamos nosotros dos parados en el recibidor, demasiado cerca, y sus ojos diciendo algo que yo no estaba preparada para entender.

—Gracias —dijo. Bajito. Casi sin voz.

—¿Por qué?

—Por preocuparte.

Tres palabras. Y me desarmó. Porque las dijo como si nadie se hubiera preocupado por él en mucho tiempo. Como si el simple acto de tocarlo con cuidado fuera algo que no sabía que necesitaba.

Le solté el brazo. Di un paso atrás. Me choqué con la pared.

—Ya. Muévete. Tengo que ir al súper.

Santiago se quedó viéndome un momento más. Largo. Tanto que sentí que me iba a derretir ahí mismo.

Después se quitó de la puerta.

Respiré.

Di un paso. Agarré la manija.

Su mano atrapó la mía. No fuerte. No brusco. Solo la tomó. Sus dedos cerrándose alrededor de los míos con esa firmeza tranquila que tiene para todo.

—Espera. Voy contigo.

—¿Al súper?

—Al súper.

—¿Para qué?

Me miró de reojo. Y ahí sí. La sombra de una sonrisa.

—Para cargar las bolsas.

Y abrió la puerta.

...Santi....

No me daba asco. Ya no.

Lo supe por cómo dijo que sí le daba. Flojo. Perezoso. Con esa voz que pone cuando está mintiendo y no le importa que se note.

La conozco. Dios. La conozco mejor de lo que debería.

Y cuando me tocó el brazo... cuando sus dedos pasaron sobre mi piel como si tuviera miedo de romperme...

Tuve que apretar la mandíbula para no hacer algo estúpido. Como besarla.

Fui al súper con ella. Caminamos en silencio por los pasillos. Cada vez que me señalaba algo en un estante alto, me estiraba para alcanzarlo y nuestros brazos se rozaban y ninguno de los dos decía nada.

Compró harina. Mantequilla. Chocolate amargo.

—¿Brownies? —pregunté.

—¿Cómo sabes?

Porque la última vez que los hiciste llenaste la cocina de olor a chocolate y yo me quedé despierto hasta las tres con ese aroma colándose por debajo de mi puerta.

—Adiviné.

Me miró raro. Pero no preguntó.

De regreso, caminamos con las bolsas repartidas entre los dos. El sol estaba fuerte. En algún momento nuestras manos se rozaron entre los mangos de plástico.

Ninguno de los dos la movió.

Ya no le doy asco.

Y eso me asusta más que cualquier otra cosa. Porque si no le doy asco, entonces tengo que averiguar qué soy para ella.

En la cocina, ella empezó a mezclar la harina con el chocolate. Le alcancé el molde del estante de arriba sin que me lo pidiera. Nuestros dedos se tocaron cuando lo agarró.

Me quedé ahí. Recargado en el marco de la puerta. Viéndola cocinar mientras el departamento se llenaba de ese olor que iba a mantenerme despierto otra noche.

Pero esta vez no me iba a quedar detrás de mi puerta.

Esta vez la puerta estaba abierta.

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