A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.
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Capítulo 24
Capítulo 24: Dos centímetros
Las sesiones de estudio adquirieron una intimidad que ninguno de los dos nombró.
No era intimidad física, aunque los roces de codos y alientos y hombros seguían siendo una tortura exquisita que yo sufría en silencio. Era intimidad doméstica. El tipo de intimidad que nace cuando compartes el mismo espacio con alguien tres veces por semana y empiezas a conocer los ritmos de su cuerpo: a qué hora bosteza, cuándo necesita agua, cómo se acomoda los lentes cuando lleva dos horas leyendo y los ojos empiezan a cansarse.
Yo ya conocía esos ritmos. De otra vida. Pero volver a aprenderlos —descubrirlos otra vez como si fuera la primera, y al mismo tiempo reconocerlos como quien reconoce una canción que no ha escuchado en años— era un placer que no tenía equivalente.
Un miércoles, a las ocho de la noche, llevábamos cuatro horas de estudio consecutivo. Mi cerebro había dejado de funcionar hacía treinta minutos pero mi orgullo me impedía admitirlo.
Metí la mano en mi mochila. Saqué una bolsa de gomitas que compré en la tiendita de la esquina. La abrí debajo de la mesa, como una criminal, y me comí tres de un golpe.
Lisandro levantó la vista del libro.
—¿Estás comiendo?
—No.
—Tienes azúcar en el labio.
Me limpié el labio. Lo miré. Me miró.
—Es glucosa —dije—. Combustible cerebral. La ciencia lo respalda.
Esperé el regaño. La corrección. El "las sesiones son estrictamente de estudio".
Suspiró.
No un suspiro de enojo. Un suspiro de resignación. El suspiro de alguien que ha aceptado que la persona sentada a su lado es incorregible y que las opciones son adaptarse o volverse loco.
—Diez minutos —dijo.
—¿Diez minutos de qué?
—De descanso. Come lo que quieras. Pero en diez minutos volvemos a las integrales.
¿Lisandro Sotomayor me estaba dando un descanso?
¿El mismo Lisandro que cronometraba las sesiones con la precisión de un reloj suizo y que consideraba los recesos como una debilidad moral?
Saqué las gomitas. Me comí cinco más. Le ofrecí la bolsa.
—No como dulces —dijo.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Ni de chiquito?
Silencio. Un silencio que pesaba.
—De chiquito no —dijo, con una voz que se había vuelto un grado más baja.
No insistí. Sabía por qué. Lorena Iniesta no compraba dulces. Lorena Iniesta no compraba nada que pudiera hacer feliz a un niño, porque para ella la felicidad de Lisandro era un inconveniente.
Cambié de tema. Rápido. Con la habilidad de alguien que ha aprendido a navegar las minas emocionales de este hombre como un barco que conoce cada roca del fondo del mar.
—¿Cuál es tu comida favorita? —pregunté.
—No tengo.
—Todo el mundo tiene una comida favorita. Hasta la gente que no come dulces.
Pausa. Larga.
—El que tú haces —dijo.
—Eso no es el nombre de un platillo.
—Arroz a la mexicana con pollo.
El corazón se me detuvo.
Arroz a la mexicana con pollo.
La misma receta que le llevaba todos los días en la lonchera. La misma que la secretaria Sandra Flores tiró a la basura y que él sacó con sus propias manos. La misma que le llevo ahora, tres veces por semana, en un recipiente de plástico que dejo en su puerta.
Su comida favorita era la que yo le hacía.
No lo sabía. O sí lo sabía pero no lo había dicho. O lo sabía y lo decía ahora, en un descanso de diez minutos, con gomitas sobre la mesa, porque el descanso le había aflojado algo en el pecho que normalmente mantenía atornillado.
—¿Color favorito? —continué, antes de que se arrepintiera de haber dicho algo personal.
—Azul.
—¿Azul qué? ¿Azul cielo? ¿Azul marino? ¿Azul rey?
Pausa. Me miró. Una mirada rápida, lateral, que aterrizó en mis ojos durante medio segundo antes de volver al libro.
—Azul oscuro —dijo.
Azul oscuro. El color de mis ojos cuando la luz les pega de frente. Me lo dijo una vez, en la otra vida, cuando le pregunté lo mismo. Había pasado tres años de matrimonio y yo todavía no sabía cuál era su color favorito. "Azul oscuro", dijo, sin mirarme, y yo tardé un mes en entender que se refería a mis ojos.
—¿Música?
—No escucho música.
—Mentira. Todos escuchan música. Hasta los sordos sienten las vibraciones.
—Piano —dijo, después de un silencio que sugería que estaba considerando si esa información era segura de compartir—. Piezas clásicas. Sin letra.
—¿Chopin?
Me miró. Con esa expresión de "cómo sabes eso" que le salía cada vez que yo demostraba un conocimiento sobre él que no debería tener.
—Sí —dijo—. Chopin.
Nocturno Op. 9 No. 2. La pieza que sonaba en el estudio de nuestro departamento a las tres de la mañana cuando él no podía dormir. La pieza que yo asociaba con sus noches de insomnio, con la luz azul de la pantalla, con el sonido de las teclas del piano saliendo de unos auriculares que se oían por la rendija de la puerta que él creía cerrada.
—Los diez minutos terminaron —dije, antes de que las lágrimas me traicionaran—. Volvamos a las integrales.
Se acomodó los lentes. Abrió el libro. Y volvimos a las integrales como si no acabáramos de tener la conversación más larga y más reveladora de nuestra relación en esta vida.
A la mañana siguiente, el director de la escuela me llamó a su oficina.
El director se llamaba Hermenegildo Contreras y era el tipo de hombre que parece haber nacido viejo: pelo gris, cejas pobladas, un bigote que probablemente empezó a crecer en los años ochenta y que nadie se atrevió a decirle que ya no estaba de moda. Su oficina olía a café instantáneo y a carpetas viejas.
—Señorita Estrada. Siéntese.
Me senté.
—He recibido una denuncia anónima —dijo, sin preámbulos, con el tono de quien lee un guion que le parece tedioso—. Una denuncia que afirma que usted y el alumno Lisandro Sotomayor mantienen una relación sentimental dentro del plantel educativo.
Fernanda.
El nombre me llegó antes de que el director terminara la frase. Porque nadie más tenía el motivo, los medios y la cobardía necesaria para presentar una denuncia anónima en vez de confrontarme de frente.
—Entiendo —dije.
—El reglamento escolar es claro, señorita Estrada. Las relaciones sentimentales entre alumnos no están prohibidas per se, pero las conductas que deriven de ellas — manifestaciones públicas de afecto, distracciones académicas, conflictos entre estudiantes — pueden ser sancionadas con suspensión temporal y, en casos graves, con la pérdida de beneficios académicos.
Beneficios académicos. La beca. La beca de Lisandro en la Universidad San Fernando.
—Le informo que, si la relación se confirma y se determina que ha afectado el desempeño académico o la convivencia escolar, ambos enfrentarán sanciones que podrían incluir la pérdida de recomendaciones institucionales.
La recomendación institucional era parte del paquete de la beca de San Fernando. Sin ella, Lisandro podía presentar el examen, pero su postulación perdería un componente que, en un campo tan competitivo, podía ser la diferencia entre entrar y no entrar.
Fernanda lo sabía. Claro que lo sabía. Fernanda Prado no lanzaba golpes ciegos, lanzaba misiles dirigidos. Y este misil estaba apuntado exactamente al punto donde más nos dolía: la beca de Lisandro.
—Director —dije, con la voz más tranquila que pude reunir—. Lisandro Sotomayor y yo somos vecinos. Vivimos en casas contiguas. Caminamos juntos a la escuela por conveniencia. No mantenemos ninguna relación sentimental.
El director me miró con ojos de hombre que ha visto treinta generaciones de adolescentes mentirle con la misma cara de ángel.
—Espero que así sea, señorita Estrada. Por el bien de ambos.
Salí de la oficina. Cerré la puerta. Caminé por el pasillo con las manos apretadas a los costados y una sonrisa que habría asustado a cualquiera que la viera de cerca.
Porque no estaba asustada.
Estaba calculando.
Fernanda quiere jugar con las reglas de la escuela. Bien. Las reglas son un arma que corta de los dos lados. Y yo sé exactamente dónde cortar.
Encontré a Catalina en el patio.
—Fernanda me denunció ante el director —le dije—. Dice que Lisandro y yo somos novios.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no lo somos. Lo cual es verdad. Técnicamente.
—Sol, ese "técnicamente" tiene más carga emocional que una telenovela de Televisa.
—El punto es que la denuncia amenaza la beca de Lisandro. Si nos sancionan, pierde la recomendación de la escuela para San Fernando.
Catalina dejó de comer sus papitas. Cuando Catalina dejaba de comer, significaba que la situación era seria.
—¿Qué vas a hacer?
Sonreí. La sonrisa de una mujer de veintisiete años que ha jugado juegos más peligrosos que las intrigas de una preparatoria y que sabe exactamente cómo ganar.
—Fernanda quiere que me castiguen por estar cerca de él. Perfecto. Voy a hacer que la castiguen a ella.
—¿Cómo?
—¿Recuerdas las agujas en la colchoneta de Isabela?
—Sí.
—¿Recuerdas que la investigación se cerró sin resultados?
—Sí.
—Bueno. —Saqué mi celular—. Resulta que yo sé exactamente quién las puso. Y tengo algo que la investigación no tuvo: un testigo.
—¿Quién?
—Kevin Ramos. Que está en un hospital con la cara destrozada y que, si alguien le ofrece la oportunidad de no ir a juicio por agresión, probablemente estará muy dispuesto a decir quién lo contrató.
Catalina me miró como quien mira a alguien que acaba de sacar un as de la manga en una partida que parecía perdida.
—Solana Estrada —dijo—. A veces me das miedo.
—Bien. Ese es el plan.