Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.
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Capítulo 21
Cap 21 — La familia Montero
La Casona Montero estaba al final de un camino de adoquines flanqueado por cipreses que no dejaban pasar la luz.
Era una construcción de piedra gris con ventanales altos y cortinas oscuras. Imponente. Fría. El tipo de casa que aparece en las películas justo antes de que algo malo pase.
Sebastián detuvo el auto frente a la entrada y apagó el motor.
No se bajó de inmediato.
Se quedó mirando la fachada con las manos sobre el volante y la mandíbula apretada. Respiró una vez. Dos. Se alisó la solapa del saco y abrió la puerta.
Cada vez que cruzaba ese umbral, su cuerpo se tensaba como si entrara a un tribunal. No a un hogar.
Un lugar sin humanidad no puede llamarse hogar.
Ramiro lo esperaba en el vestíbulo. El viejo mayordomo inclinó la cabeza con una reverencia discreta que no había cambiado en treinta años.
—Joven señor. Su padre lo espera en el estudio.
—Gracias, Ramiro.
—¿Puedo traerle algo? ¿Café, agua?
—No voy a quedarme mucho.
Ramiro asintió sin sorpresa. Nunca se quedaba mucho.
El estudio de Don Ricardo Montero olía a tabaco y a cuero viejo.
Era una habitación oscura, forrada de libreros que nadie leía y retratos de familia que parecían más una declaración de poder que un acto de cariño. Don Ricardo estaba sentado detrás de un escritorio de caoba, con un puro apagado entre los dedos y unos lentes de lectura que le daban un aire de patriarca benévolo.
El aire era mentira.
—Sebastián. —Don Ricardo no se levantó. Ni siquiera lo miró al principio. Siguió leyendo un documento durante diez segundos que se sintieron deliberados—. Siéntate.
—Prefiero estar de pie.
—Como quieras.
Don Ricardo dejó el documento sobre el escritorio y por fin levantó la vista. Sus ojos —del mismo color oscuro que los de Sebastián, lo único que le había heredado que valiera la pena— lo escanearon de arriba abajo con la eficiencia de un tasador.
—Tu madrastra me dice que no has venido a cenar en tres meses.
—He estado ocupado.
—¿Tan ocupado que no puedes sentarte a la mesa con tu familia una vez al mes?
Sebastián no respondió.
Don Ricardo se reclinó en la silla. El cuero crujió.
—También me dice que estás llevando el caso de una mujer. Una divorciada. —Pronunció la palabra con el mismo tono que habría usado para decir «una enfermedad»—. ¿Es cierto?
—Llevo muchos casos, padre.
—No te hagas el listo conmigo. Sabes de qué caso hablo. —Don Ricardo se quitó los lentes y los dejó sobre la mesa—. Una mujer sin familia, sin recursos, sin nombre. ¿Qué hace un Montero defendiendo a alguien así?
—Su trabajo.
—Tu trabajo es dirigir el bufete más prestigioso de esta ciudad. No andar por los juzgados peleando divorcios de gente sin importancia.
Sebastián sintió que algo le apretaba la garganta. No era rabia. Era algo más viejo. Algo que llevaba años tragándose y que ya sabía a metal.
—¿Eso es todo lo que querías decirme?
—No. —Don Ricardo se puso de pie. Era más bajo que Sebastián, pero se movía con la seguridad de alguien acostumbrado a que el mundo se acomode a su tamaño—. Quiero que dejes ese caso. Y quiero que vengas a la cena del sábado. Hay gente importante que quiere conocerte. Gente de nuestro nivel.
—No voy a dejar el caso.
—Sebastián...
—No voy a dejarlo. Y no voy a la cena.
El silencio entre los dos fue una cosa viva. Densa. Con dientes.
Don Ricardo dio un paso hacia él. La voz le salió baja, controlada, como la de alguien que ha aprendido a amenazar sin levantar el tono.
—Escúchame bien. Todo lo que tienes —el bufete, el apellido, el respeto de esta ciudad— te lo di yo. Y lo que yo di, lo puedo quitar. ¿Estamos claros?
Sebastián lo miró.
Por un instante —brevísimo, casi imperceptible— vio al hombre que le había enseñado a leer contratos a los doce años y le había comprado su primer traje a los quince. El hombre que nunca lo abrazó pero que una vez, en un aeropuerto, le puso la mano en el hombro y apretó.
Ese hombre ya no existía. O quizás nunca había existido del todo.
—Estamos claros —dijo Sebastián—. Buenas noches, padre.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.
—¡Si sales por esa puerta, no vuelvas!
Sebastián no se detuvo.
En el pasillo, Patricia Prieto de Montero lo interceptó con una sonrisa que pretendía ser maternal y aterrizaba en lo incómodo.
—Sebastián, querido. ¿Ya te vas? Preparé tu habitación por si querías quedarte.
—No, gracias.
—Tu padre no lo dice en serio, ya lo conoces. Es orgulloso, nada más.
—Lo conozco perfectamente. Por eso me voy.
Patricia lo miró con esa expresión calculadora que Sebastián había aprendido a leer desde los catorce años, cuando ella llegó a la casa con una maleta Louis Vuitton y una hija de la mano, y en menos de seis meses ocupó el lugar de su madre muerta como si hubiera estado esperando turno.
—Al menos quédate a saludar a Lorena. Te extraña mucho.
—Salúdala de mi parte.
Siguió caminando. Patricia se quedó atrás, con la sonrisa congelada en los labios.
Tenía quince años.
El recuerdo llegó sin aviso, como siempre. Mientras caminaba por el pasillo de la casona hacia la puerta principal, pasó frente a la escalera de mármol y el recuerdo lo golpeó con la nitidez de una fotografía.
Lorena tenía trece. Pelo largo, flequillo recto, uniforme de colegio. Estaba sentada en el tercer escalón con un libro de texto abierto en las rodillas que no estaba leyendo.
—Sebastián.
—¿Qué?
—Me gustas.
Lo había dicho así. Sin preámbulo, sin contexto, sin sonrojarse siquiera. Con la misma naturalidad con que habría dicho «tengo hambre».
Él se había quedado paralizado. No porque no se lo esperara —llevaba semanas notando cómo lo miraba, cómo se sentaba siempre a su lado en la mesa, cómo le dejaba notitas en los libros—, sino porque no sabía cómo responder sin destruir algo.
—Lorena, eres mi hermanastra.
—Solo de nombre. No compartimos sangre.
—No importa. No puede ser.
—¿Por qué?
—Porque no. Y porque no siento lo mismo.
La cara de Lorena se había descompuesto. Lento. Visible. Como un papel que se arruga desde el centro.
No lloró. Ni siquiera tembló. Solo recogió su libro, se puso de pie y subió las escaleras sin mirarlo.
No le habló durante tres meses.
Sebastián sacudió el recuerdo y empujó la puerta principal.
El aire de la noche le golpeó la cara.
Olía a jazmín y a tierra mojada. Los cipreses del camino se movían con el viento como sombras inquietas.
Estaba a medio camino del auto cuando escuchó los pasos detrás de él.
—¡Sebastián, espera!
Lorena.
Venía corriendo por el camino de adoquines, con el pelo suelto y un suéter demasiado grande que le cubría las manos. Tenía algo en la mano derecha.
—Tu teléfono. —Se detuvo frente a él, jadeando—. Se te cayó en el estudio.
Sebastián tomó el celular.
—Gracias.
—De nada.
Silencio. Los grillos llenaban el vacío con un chirrido constante.
Lorena no se fue.
—¿Puedo pedirte algo? —dijo, y su voz sonó distinta. Más baja. Más seria. La voz de alguien que ha ensayado una frase muchas veces antes de decirla.
—Depende.
—Prométeme que nunca te vas a casar.
Sebastián la miró. Buscó en su cara alguna señal de broma, de ironía, de juego. No encontró ninguna.
—Lorena...
—Solo prométemelo. —Sus ojos brillaban bajo la luz del farol. No de lágrimas. De algo más duro—. Si tú no te casas, yo tampoco. Y así estamos a mano.
—Eso no tiene sentido.
—No tiene que tener sentido. Solo tiene que ser justo.
Sebastián abrió la boca para responder. No le salió nada.
Lorena le sostuvo la mirada tres segundos. Luego sonrió —una sonrisa pequeña, torcida, que no llegaba a los ojos— y se dio la vuelta.
—Buenas noches, hermanastro.
Sus pasos se perdieron en el camino de adoquines. La puerta de la casona se cerró con un golpe sordo.
Sebastián se quedó de pie junto al auto, con el celular en la mano.
La pantalla se encendió.
Un mensaje de WhatsApp. De Valentina.
Buenas noches. Gracias por lo de hoy. Que descanses.
Leyó el mensaje dos veces. Tres.
La comisura de su boca se movió medio milímetro hacia arriba. El mismo medio milímetro que Valentina habría reconocido como una carcajada.
Escribió una respuesta. La borró. Escribió otra. La borró también.
Al final solo puso:
Buenas noches, Valentina.
Se subió al auto. Arrancó. Y mientras la Casona Montero se achicaba en el espejo retrovisor hasta convertirse en una mancha oscura entre los cipreses, sintió que podía respirar otra vez.
que le consiguió ese trabajo?