Lía fue criada para obedecer.
En Sierra Oscura, nadie desafiaba a Damián Velasco, el Alfa que convertía lobos jóvenes en armas y llamaba ley a sus cadenas. Lía era su ejecutora más perfecta: fría, letal, incapaz de temblar... hasta que le entregaron a Mateo Rojas, un prisionero con el lobo sellado y una sangre de Alfa que nadie debía reconocer.
El primer roce de su aroma lo cambió todo.
Mateo no era solo otro cautivo. Era su pareja destinada. Y Velasco lo supo antes que ellos.
Atados por un juramento de sangre y castigados con acónito cada vez que intentan desobedecer, Lía y Mateo deberán sobrevivir a la manada que los quiere rotos, a una atracción que duele como una herida abierta y a una verdad capaz de incendiar todos los territorios: ella no nació para servir al rey oscuro, y él no nació para arrodillarse.
Cuando la luna reclame lo que es suyo, Lía tendrá que elegir entre seguir siendo el arma de un Alfa cruel... o marcar al enemigo que su loba ya reconoció como hogar.
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Capítulo 5
Capítulo 5: La jaula dorada
Tres días bastaron para que Mateo aprendiera la forma de su nueva jaula.
La puerta negra se abría desde afuera al amanecer y al anochecer. Dos Warriors cambiaban guardia cada seis horas. La ventana no era una salida; era una burla alta y estrecha por donde entraba el olor húmedo del bosque, suficiente para recordarle que había árboles al otro lado de la piedra, insuficiente para ofrecerle una ruta.
La cama era de Kaia.
El suelo era suyo.
No porque ella lo hubiera dicho con crueldad. Lo dijo como se dicen las cosas inevitables en Sierra Oscura: sin adornos, sin disculpas, sin dejar espacio para que dolieran menos.
Mateo dormía poco.
El vínculo, o lo que fuera ese inicio de vínculo sucio de órdenes, sangre y acónito, no lo dejaba descansar. Cada vez que Kaia se movía en la cama, él despertaba antes de oírla. Cada vez que ella se acercaba al armario de armas, su lobo se tensaba. Cada vez que salía de la habitación para recibir órdenes, algo dentro de Mateo tiraba hacia la puerta hasta que el pecho le quedaba dolorido.
No era amor.
Se repetía eso con la terquedad de quien se sostiene de un borde sobre un abismo.
No era amor. No era confianza. No era elección.
Era biología sagrada usada como cuerda por un Alpha enfermo.
Y aun así, cuando Kaia regresaba, el aire volvía a tener sentido.
Eso era lo más humillante.
—Deja de oler la puerta —dijo ella la tercera mañana.
Mateo estaba sentado contra la pared, vendándose la mano con torpeza. No la miró.
—Deja de sangrar al otro lado.
Kaia cerró la puerta.
El olor a metal venía con ella, leve pero claro.
—No estaba sangrando.
—Mentira.
Ella dejó un plato sobre la mesa.
—Comida.
—¿Así se llama? Pensé que era castigo húmedo.
—Si quieres morir de hambre, hazlo después del entrenamiento. Hoy tengo poco tiempo.
Mateo levantó la mirada.
—¿Entrenamiento?
Kaia no respondió. Se quitó la chaqueta clara y la cambió por una negra, ajustada al cuerpo, con correas para cuchillos en los muslos. No había vergüenza en su movimiento. Tampoco invitación. Su cuerpo era otra arma que mantenía limpia.
Mateo apartó la vista un segundo demasiado tarde.
El cuarto se llenó de una nota amarga.
Kaia lo olió.
Por supuesto que lo olió.
—No confundas el bond con permiso —dijo.
Mateo se puso de pie.
—No confundas mi pulso con sumisión.
Sus ojos se encontraron.
Durante un instante, el aire se volvió demasiado pequeño.
Luego alguien llamó a la puerta.
Kaia abrió antes de que Mateo pudiera decidir si agradecía la interrupción o la odiaba.
Zaira Montalvo entró sin esperar invitación.
Era hermosa de una forma que parecía diseñada para incomodar. Cabello oscuro suelto, labios rojos, vestido de entrenamiento color vino bajo una chaqueta de cuero. Su scent llenó la habitación con rosas, alcohol dulce y una especia afilada que quiso meterse en la nariz de Mateo como una provocación.
—Así que es verdad —dijo Zaira, mirando a Mateo de pies a cabeza—. El regalo del Alpha duerme en tu cuarto.
Kaia se quedó junto a la puerta.
—Zaira.
—Kaia.
La rivalidad entre ellas no necesitaba historia para sentirse. Estaba en la forma en que Zaira sonreía sin enseñar los dientes y en cómo Kaia no cambiaba de expresión.
Zaira caminó alrededor de Mateo.
Él no se movió.
—Bonito —dijo ella—. Roto, pero bonito. ¿Muerde?
Mateo sonrió apenas.
—Solo si la comida se acerca demasiado.
Zaira soltó una carcajada.
—Tiene lengua.
—Y memoria —dijo Kaia—. Cuidado con lo que le das para recordar.
Zaira inclinó la cabeza, divertida.
—¿Eso fue una amenaza?
—Una cortesía.
—Siempre tan generosa.
La puerta seguía abierta.
Mateo olió al otro antes de verlo.
No como a Zaira, que entraba en un cuarto queriendo ser olida. Este scent se deslizaba bajo la madera podrida de las cosas: almizcle viejo, vino rancio, piel demasiado perfumada, y debajo, una nota húmeda de deseo que hizo que el estómago de Mateo se cerrara.
Elder Soria apareció en el umbral.
Los guardias bajaron la cabeza.
Kaia no.
—Elder —dijo.
Soria sonrió.
Era un hombre delgado, de cabello plateado y manos cuidadas. No tenía la presencia brutal de Ibarra ni el cálculo limpio de Salazar. Su peligro era más viscoso. Se pegaba a las paredes.
—Kaia. Zaira. Qué agradable coincidencia.
Zaira dio un paso atrás, todavía sonriendo, pero su scent perdió dulzura. Interesante. Incluso ella sabía que Soria ensuciaba cualquier habitación.
La mirada del Elder cayó sobre Mateo.
Lenta.
Como una mano.
Mateo sintió el impulso de cubrirse la garganta y lo odió.
—Conque este es el Rojas —dijo Soria—. El Alpha tiene gusto para sus juguetes políticos.
Mateo levantó la barbilla.
—Y usted tiene valor para hablar como si no oliera a miedo viejo.
El silencio se partió.
Zaira abrió los ojos, encantada.
Kaia no se movió, pero el scent metálico de su ira cortó el aire.
Soria sonrió más.
—Qué boca.
—La mayoría de la gente se fija primero en los golpes.
—Yo tengo otras preferencias.
El bond golpeó.
No en Mateo.
En Kaia.
Lo sintió como un tirón oscuro debajo del esternón, un eco de rabia que no era suya y aun así le encendió la sangre. Ella dio un paso hacia Soria antes de que nadie pudiera detenerla.
—El Alpha lo puso bajo mi custodia —dijo.
—Lo sé.
—Entonces sabe que tocarlo sin autorización sería cuestionar una orden directa.
Soria miró su mano, como si evaluara cuánto placer habría en romper una regla.
—Solo vine a verlo.
—Ya lo vio.
—No seas posesiva, niña.
La palabra hizo que la habitación se enfriara.
Mateo no sabía qué historia había detrás. No todavía. Pero el olor de Kaia cambió de golpe: flor blanca cubierta de hielo, laurel aplastado hasta soltar veneno.
Zaira dejó de sonreír.
Kaia habló más bajo.
—No soy una niña.
—No. —Soria la recorrió con la mirada—. Eso también lo sé.
Mateo se movió.
No pensó. El cuerpo decidió antes que el sentido común. Dio un paso, colocándose apenas entre la mirada de Soria y Kaia. Un gesto inútil. Ridículo. Él era el herido, el sellado, el que apenas podía cerrar una mano.
Pero su lobo gruñó dentro.
*No.*
Soria percibió el movimiento.
Y sonrió como si acabaran de regalarle algo.
—Ah. Eso es nuevo.
Kaia tomó a Mateo del brazo.
El contacto fue mínimo.
Dos dedos sobre la manga.
Suficiente para que el mundo hiciera una pausa.
El calor le subió por el brazo, se le metió bajo la piel y se quedó allí, vibrando. Kaia también lo sintió; sus dedos se tensaron una fracción antes de soltarlo.
—Vamos —dijo.
Mateo no miró su mano.
—¿A dónde?
—Entrenamiento.
Soria bloqueó parte del umbral.
—No he terminado.
Kaia lo miró.
Por primera vez desde que Mateo la conocía, dejó que algo de su Enforcer saliera sin shift. No aura de Alpha, no command. Algo más silencioso. La certeza de una loba que ya había matado muchas veces y no necesitaba anunciarlo.
—Sí —dijo—. Terminó.
Soria sostuvo su mirada.
Un segundo.
Dos.
Luego se apartó.
—El Alpha se aburrirá de tu mascota.
Kaia pasó junto a él.
Mateo la siguió, sintiendo el roce del pasillo frío, las miradas de los guardias y el veneno lento del scent de Soria pegado a la nuca.
Zaira salió detrás de ellos, riéndose por lo bajo.
—Esto va a ser divertido.
Kaia no respondió.
Caminaron por el corredor hasta el patio interior. La luz gris de la mañana caía sobre la piedra húmeda. Warriors entrenaban en parejas. Omegas cargaban cubos sin levantar la mirada. Nadie parecía mirar a Mateo directamente, pero todos lo olían. Lo medían. Cautivo. Rojas. Protector. Problema.
Kaia se detuvo en el centro del patio.
—Toma un cuchillo.
Mateo vio el banco de armas.
—¿Me vas a entrenar o a terminar lo que Soria empezó?
Ella le lanzó un cuchillo.
Mateo lo atrapó con la mano sana.
El dolor de la otra le recordó que seguía roto.
—Si Soria vuelve a acercarse —dijo Kaia, sin mirarlo—, no te pongas delante de mí.
Mateo probó el peso del cuchillo.
—No lo hice por ti.
—Mentira.
Él sonrió con la misma sequedad con la que sangraba.
—Entonces deja de olerla.
Kaia se volvió.
Sus ojos pálidos lo clavaron al suelo.
—¿Oler qué?
—La mentira.
El patio pareció contener el aliento.
Mateo levantó el cuchillo.
—Dijiste que no eras mi aliada. Pero hace un momento le enseñaste los dientes a un Elder por mí.
Kaia se acercó lo suficiente para que el scent de lluvia le borrara el de Soria de la piel.
—No lo hice por ti, Rojas.
—Mentira.
Esta vez fue ella quien sonrió.
Una curva mínima.
Peligrosa.
—Entonces aprende a pelear mejor. Porque si vuelves a usar tu cuerpo roto como escudo, voy a dejar que te rompan algo más.
Mateo sintió a su lobo empujar contra el sello, no furioso ahora, sino atento.
*Mate.*
La palabra no sonó como ternura.
Sonó como advertencia.
Desde el corredor, Soria aún los observaba.
Y cuando el viento cambió, Mateo olió algo en él que el perfume no alcanzó a cubrir.
Reconocimiento.
El Elder había captado la nota escondida bajo el acónito.
La sangre Alpha.
Porque lo que ellos no ven es que una niña de 6 años no tiene poder para decidir si quiere no convertirse en una asesina....
Ah pero buenos para exigir A los demás