A los diez anos, Valentina Montero fue adoptada por una de las familias mas poderosas de Ciudad de Mexico. Le dijeron que seria amada, protegida, que tendria un hogar. Le mintieron.
Ocho anos despues, Valentina descubre que su vida entera fue una mentira cuidadosamente construida. No fue adoptada por amor: fue traida para reemplazar a Sofia, la hija muerta de los Montero. Y los hombres que juran protegerla son los mismos que la mantienen encadenada.
**Sebastian Montero**, el CEO del Grupo Montero, la controla con mano de hierro. Su mirada fria esconde una obsesion que cruza todas las lineas. **Santiago Montero**, su gemelo, se presenta como su salvador, con sonrisas suaves y palabras dulces, pero detras de esa mascara se oculta el secreto mas oscuro de la familia. **Alejandro Reyes**, su padrino y senador de la Republica, lleva anos moviendo los hilos de su destino desde las sombras del poder politico. Y **Mateo Reyes**, hijo adoptivo de Alejandro y oficial militar, es el unico que la ama sin condiciones, pero su amor puro podria ser el mas peligroso de todos.
Cuatro hombres. Cuatro formas de posesion. Ninguna salida.
Atrapada entre gemelos que la desean, un padrino que la manipula y un soldado dispuesto a destruirlo todo por ella, Valentina tendra que elegir: seguir siendo la cuscuta, la planta que solo sobrevive aferrada a otros, o arrancarse de raiz y florecer sola.
Pero en la mansion Montero, cada secreto revelado trae otro mas oscuro. Y cuando Valentina descubra quien asesino realmente a su madre adoptiva, la guerra entre los hombres que dicen amarla apenas estara comenzando.
*"No soy tu Sofia. No soy tu muneca. Y si tengo que quemarlo todo para ser libre... que arda."*
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Capítulo 4
Capítulo 4: El padrino
El vestido le quedaba grande.
Valentina se lo había puesto hacía veinte minutos, frente al espejo de cuerpo entero de su habitación, y desde entonces no había dejado de jalarse las mangas. Era un vestido largo, color vino, de una tela que se sentía demasiado suave para ser barata. Alguien —probablemente la empleada de guardarropa— lo había dejado sobre su cama con una nota escrita a máquina: "Para la gala de esta noche. Órdenes del señor Montero."
Órdenes. Ni siquiera un vestido venía sin una cadena atada.
La gala de beneficencia del Patronato Cultural de México se celebraba en el Palacio de los Azulejos, a cuatro calles del Zócalo. Sebastian la había llevado en la camioneta blindada sin dirigirle la palabra en todo el trayecto. Traía el brazo derecho dentro del saco, rígido, y Valentina sabía que debajo de la manga la gasa seguía manchándose de rojo. Ninguno de los dos mencionó la herida. Ninguno de los dos mencionó la pistola.
Ahora Valentina estaba sola en un rincón del salón principal, con una copa de agua mineral que no había probado y las manos sudando contra el cristal. El Palacio de los Azulejos resplandecía: techos de vigas talladas, azulejos de Talavera poblana en cada pared, candelabros que derramaban una luz dorada sobre hombres de traje y mujeres de vestido largo. El olor a perfume caro y flores frescas era tan espeso que le picaba la nariz.
Valentina no conocía a nadie. No sabía con qué mano sostener la copa. No sabía si debía sonreír, si debía presentarse, si debía fingir que pertenecía a aquel mundo o aceptar que era una intrusa con un vestido prestado que le sobraba tela por todos lados.
—Mira —dijo una voz a tres metros de distancia, lo bastante alta para que Valentina la escuchara—. La recogida de los Montero.
Valentina giró la cabeza. Tres chicas de su edad, vestidos ajustados, tacones altos, cabello liso y brillante. La del centro tenía una copa de champán en la mano y una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—No importa cuánto la vistan —continuó, mirando a Valentina de arriba abajo—, siempre será la huérfana de la casa hogar.
Las otras dos se rieron. Un señor de traje que pasaba desvió la mirada, incómodo, pero no dijo nada.
Valentina apretó la copa con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El calor le subió por el cuello, por las mejillas. Ocho años. Ocho años escuchando variantes de la misma frase en pasillos, en reuniones, en fiestas a las que Sebastian la arrastraba para exhibirla como un trofeo roto.
—Deberías volver a Iztapalapa —dijo la chica del centro, inclinándose hacia adelante como quien comparte un secreto—. Ahí sí combinas. ¿O crees que por ponerte un vestido de Doña Elena ya eres una de nosotras?
El nombre le cayó como un golpe. ¿Doña Elena? El vestido era de Doña Elena. La madre muerta de Sebastian y Santiago. Le habían puesto un vestido de una muerta para llevarla a una gala como si fuera una muñeca de exhibición. Por eso le quedaba grande. No era un vestido elegido para ella: era un disfraz sacado de un clóset que nadie se había atrevido a vaciar.
Algo se soltó dentro de Valentina. No fue pensado. No fue calculado. Fue el mismo instinto que la había hecho levantar la Beretta la noche anterior.
Dio un paso hacia la chica, la miró directo a los ojos y dijo, con la voz baja y plana de Sebastian:
—No me importaría hacerte desaparecer del mundo.
El silencio duró dos segundos.
Luego el grupo de señoras detrás de las chicas soltó una carcajada nerviosa. Un hombre de bigote canoso aplaudió una vez, como si hubiera visto un buen acto de comedia. Las tres chicas retrocedieron con los ojos muy abiertos, sin saber si Valentina estaba bromeando o si realmente acababa de amenazarlas con la cadencia exacta de un Montero.
Valentina se quedó helada. ¿Qué acababa de hacer? La frase había salido sola, una copia inconsciente de las palabras que Sebastian usaba para intimidar a sus subordinados. Y ahora media docena de personas la miraban como si fuera una curiosidad de circo.
Dio media vuelta, dispuesta a esconderse en el baño o en la calle o donde fuera, y chocó contra un pecho cubierto de tela oscura.
—Perdón, yo no—
—Está bien —dijo una voz grave, pausada, con la cadencia de alguien que mide cada sílaba—. No tienes que disculparte.
Valentina levantó la vista.
El hombre era alto, de unos treinta años, con lentes de armazón fino dorado y ojos oscuros que la observaban sin prisa. El mismo hombre que había visto la noche anterior desde su ventana, cruzando el jardín de la hacienda. De cerca, su presencia era más densa: el traje le sentaba como una segunda piel, el reloj en su muñeca izquierda brillaba con discreción, y su colonia olía a sándalo y tabaco frío.
—Alejandro Reyes —dijo, y le tendió la mano como si estuvieran en un despacho y no en una gala rodeados de testigos—. Senador federal por la Ciudad de México. Y a partir de esta noche, tu padrino.
Valentina no tomó su mano. No entendió la palabra.
—¿Mi qué?
Alejandro sonrió. Era una sonrisa controlada, calibrada, pero había algo cálido en el fondo, como una brasa cubierta de ceniza.
—Tu padrino —repitió—. Tu protector ante Dios y ante los hombres. Aunque, entre nosotros, lo segundo importa más en este salón.
Antes de que Valentina pudiera responder, Alejandro se giró hacia el salón, levantó la copa que llevaba en la otra mano y golpeó el cristal con el anillo de su meñique. El tintineo atravesó las conversaciones como un cuchillo.
El salón se calló.
—Buenas noches —dijo Alejandro, y su voz llenó el espacio sin necesidad de un micrófono—. Quiero presentarles a alguien. Valentina Montero, mi ahijada. A partir de hoy, cualquier ofensa hacia ella es una ofensa hacia mí.
El silencio se hizo más profundo. Las tres chicas que habían insultado a Valentina palidecieron. El hombre de bigote canoso dejó de sonreír. Alguien dejó caer un tenedor sobre un plato.
Alejandro sacó del bolsillo interior de su saco un sobre de papel grueso y lo puso en las manos de Valentina.
—Un pequeño regalo de cumpleaños atrasado —dijo—. Las llaves de un departamento en Paseo de la Reforma. Planta alta. Vista al Ángel de la Independencia. Para que tengas un lugar que sea tuyo.
Valentina abrió la boca. La cerró. Abrió el sobre con dedos torpes y vio dentro una llave plateada con un llavero de cuero grabado: "PH-1, Reforma 222."
Un penthouse. En Reforma. Para ella.
El salón seguía en silencio. Doscientas personas contenían la respiración.
Al fondo del salón, recargado contra una columna de azulejos con una copa de whisky en la mano sana, Sebastian observaba la escena. Su mandíbula estaba trabada. Los dedos de su mano izquierda se cerraron alrededor de la copa hasta que el cristal emitió un crujido.
Alejandro le puso una mano en el hombro a Valentina. El gesto era suave, paternal, como el de un padre que presenta a su hija en sociedad.
Sus ojos, sin embargo, miraban directamente a Sebastian.