Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.
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Capítulo 18: La Madurez del Príncipe
El amanecer sobre los terrenos de la Mansión Blackwood ya no poseía el tinte fúnebre y plomizo de los años de reclusión. La bruma matinal, densa y baja como una gasa plateada, se batía en retirada ante los primeros rayos de un sol de julio que emergía con una fuerza dorada y limpia tras las colinas del este. El aire de la provincia portaba una quietud vibrante, ese instante suspendido en el tiempo donde la naturaleza parece contener el aliento antes de despertar por completo. Las hojas de los robles centenarios goteaban el rocío de la noche anterior, y el aroma a tierra mojada, ozono y a las miles de rosas salvajes que Caitlyn se había encargado de podar y oxigenar flotaba en el ambiente como un bálsamo de renovación.
En la planta superior de la mansión, el silencio habitual de las primeras horas fue interrumpido por el balbuceo constante y musical de la pequeña lady Diana. La niña, ajena a los intrincados laberintos de culpa y redención que atormentaban a los adultos de la casa, estiraba sus brazos diminutos hacia el dosel de su cuna de nogal, batiendo sus pequeñas piernas con una energía desbordante.
Alexander Blackwood se encontraba de pie en el umbral de la guardería. Había pasado la noche en vela, pero no bajo el influjo del alcohol rancio ni acorralado por los fantasmas de su difunta esposa. Había permanecido sentado en su estudio, contemplando el vacío, pero con el pecho firme latiendo al ritmo de una resolución nueva, nítida y madura. Las palabras que Caitlyn le había espetado en el salón de costura —el recordatorio de que su hija no guardaba reproches en la mirada, sino que solo buscaba el calor de un padre que la defendiera del invierno— habían actuado como un cincel sobre la piedra de su orgullo.
El joven heredero lucía un aspecto imponente. Vestía una camisa de hilo blanco pulcro, cuyos puños permanecían desabrochados y enrollados a la mitad de sus antebrazos, revelando la musculatura fuerte, fibrosa y velluda de sus extremidades. Sus pantalones oscuros de montar se ceñían con precisión a sus piernas largas, y sus botas pesadas de cuero, limpias de barro por primera vez en meses, le daban un aplomo regio. La barba castaña, densa pero impecablemente recortada, enmarcaba una mandíbula que ya no temblaba de debilidad, y su cabello rebelde caía hacia atrás con la naturalidad de quien ha decidido dejar de esconderse.
Con pasos lentos que hicieron crujir sutilmente las maderas del pasillo, Alexander se acercó a la cuna. Diana, al notar la colosal silueta que bloqueaba la luz de la mañana, interrumpió sus balbuceos. Sus ojos, del mismo azul grisáceo que los de su padre, se fijaron en las facciones severas del hombre. Durante tres años, ese encuentro habría provocado que Alexander diera la vuelta, devorado por el pánico y el remordimiento. Pero esa mañana, el recuerdo de la valentía indomable de Caitlyn, de su cuerpo generoso que había servido de refugio a sus lágrimas, le otorgó una fuerza desconocida.
—Es hora de salir de la fortaleza, pequeña —susurró Alexander. Su voz, un barítono profundo, rico y redondo, arrastraba una dulzura inédita que pareció calmar el ambiente.
Extendió sus manos grandes. Eran manos de dedos largos, palmas anchas y nudillos firmes, capaces de doblegar a un caballo desbocado o de empuñar un arma con precisión letal. Con una parsimonia reverente que rozaba el temor litúrgico, Alexander deslizó sus dedos toscos por debajo de los brazos menudos de su hija, sosteniendo su espalda pequeña y su nuca frágil.
Al levantarla, el contraste físico fue sobrecogedor: la inmensidad colosal del pecho de él, ancho y musculoso, recibió el impacto del cuerpo menudo, blando y ligero de la criatura. Diana no lloró. En lugar de eso, sus manos diminutas se apoyaron de inmediato en el cuello de la camisa blanca de su padre, fascinada por la textura de la tela y el aroma limpio a leña, tabaco rubio y sol que emanaba de él. Alexander cerró los ojos por un segundo, conteniendo el aire, sintiendo cómo el último hilo de la maldición familiar se disolvía al contacto con la carne de su propia sangre.
Asegurando a la niña contra su hombro ancho con la firmeza de un guerrero que protege su tesoro más preciado, Alexander dio la vuelta y descendió las escaleras principales de la mansión. Cada uno de sus pasos ya no era la marcha pesada de la Bestia herida; era el andar decidido, altivo y soberano del príncipe que regresa a reclamar su reino, pero despojado de la arrogancia hueca de la juventud, templado ahora por el dolor y la madurez de la redención.
Abrió las pesadas puertas dobles de caoba del vestíbulo y salió al jardín.
La luz dorada de las ocho de la mañana inundó la estampa. Alexander avanzó sobre la grava húmeda hasta llegar al centro del gran círculo de césped, el mismo lugar donde, días atrás, había atrapado el cuerpo curvy y sensual de Caitlyn bajo la lluvia. El rocío brillaba como diamantes diminutos sobre las briznas verdes, y las rosas rosa pálido abrían sus capullos, liberando su fragancia dulce en el aire fresco de la provincia.
Alexander se detuvo bajo la sombra parcial de un viejo roble. Bajó a Diana de su hombro y la sostuvo frente a él, elevándola sutilmente hacia la luz del sol. La niña soltó una risa cristalina, un sonido nítido que rompió el silencio de los jardines, y comenzó a patalear con sus botas de tela en el aire. Alexander, contemplando el milagro de esa alegría pura que él tanto había temido destruir, sintió que una sonrisa verdadera, amplia y madura, se abría paso a través de su barba castaña. Sus ojos claros brillaron con el fuego del hombre que ha vuelto a la vida, un fuego que ya no buscaba destruir, sino cobijar.
Desde el ventanal arqueado de la guardería, en el primer piso, Caitlyn observaba la escena.
Se había quedado oculta detrás del cortinaje de lino blanco para no interrumpir el momento sagrado entre padre e hija. Vestía su traje de diario de algodón fino en tono lavanda, una prenda que abrazaba la redondez generosa de sus formas con una belleza terrenal indomable. Su busto pleno se presionaba suavemente contra el alféizar de la ventana, y sus caderas anchas, seguras y rotundas se apoyaban en la estructura de madera, dándole la base firme de un roble que contempla el florecer de la primavera tras un invierno nuclear.
Al ver a Alexander en el jardín, sosteniendo a la niña con esa mezcla de fuerza colosal y ternura infinita, las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos oscuros y grandes de Caitlyn. Eran lágrimas calientes, brillantes, que se deslizaron de inmediato por sus mejillas tostadas y salpicadas de pecas diminutas, perdiéndose en la comisura de sus labios carnosos que permanecían entreabiertos por la emoción.
La joven niñera vio con absoluta nitidez la transformación. El hombre que estaba allá abajo, rodeado de la vegetación salvaje y la luz del verano, ya no era la Bestia salvaje que rugía en la biblioteca ni el príncipe soberbio que se escondía del escrutinio del mundo. El dolor de la pérdida, la aceptación de sus propias faltas y, sobre todo, el amor indomable que ella había encendido en su pecho lo habían transformado en un ser infinitamente más maduro, fuerte y protector. Era un príncipe que gobernaba sus propios demonios, un hombre de una fisonomía colosal y un alma templada en el crisol de la verdad.
Caitlyn apoyó una de sus manos largas en el cristal de la ventana, como si a través del vidrio pudiera acariciar la espalda ancha de Alexander. Su corazón golpeó sus costillas con un impacto brutal de orgullo y deseo. Sabía que las diferencias de clase y las habladurías de la provincia todavía aguardaban en las fronteras de Blackwood, pero al ver al hombre defender a su hija con esa posesividad nítida, comprendió que no existía fuerza en la tierra capaz de separarlos. La Bestia había muerto para dar paso al protector, y el torbellino de sus curvas finalmente había encontrado su roca.