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Que Dolor Me Da Quererte

Que Dolor Me Da Quererte

Status: Terminada
Genre:Venganza / Completas
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Bella campesina y rico citadino se aman contra la voluntad de él. Ella sufre humillación en la ciudad. Él cambia. Ella huye. Él la busca. Celos, maldad y un embarazo los unen para siempre.

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Capítulo 12: La fuga en la noche

La habitación de Sebastián se había convertido en un refugio, un pequeño mundo donde el amor de Lucía y Sebastián podía florecer a salvo de las miradas de Victoria. Pero ambos sabían que no podían quedarse allí para siempre. La amenaza de la madre de Sebastián era real, y mientras permanecieran en la mansión, estarían bajo su control.

—Tenemos que irnos —dijo Sebastián, en voz baja, acariciando el cabello de Lucía—. Esta noche.

—¿Esta noche? —preguntó ella, levantando la cabeza de su pecho—. Pero Mateo dijo que tu padre está enfermo. ¿No quieres despedirte?

Sebastián apretó la mandíbula.

—Mi padre entenderá. Le escribiré una carta explicándole todo. Pero si esperamos, mi madre hará algo para separarnos. Lo sé.

Lucía asintió. También lo sabía. Victoria Montenegro no descansaría hasta verla fuera de la vida de su hijo.

—¿Y Mateo? —preguntó—. ¿Nos ayudará?

—Mateo es mi único aliado aquí —respondió Sebastián—. Confío en él.

Al caer la noche, cuando la mansión se sumió en el silencio, Mateo apareció en la puerta de la habitación con una pequeña mochila y un par de abrigos.

—Por aquí —susurró—. He desactivado las alarmas de la puerta trasera. Mi madre cree que estoy durmiendo, y los guardias están distraídos. Tenemos una hora, quizás dos, antes de que alguien note que han desaparecido.

Los tres bajaron las escaleras en puntillas, esquivando las sombras. El corazón de Lucía latía tan fuerte que temía que los despertara a todos. Cada crujido de la madera, cada susurro del viento, parecía un grito en el silencio.

Llegaron a la puerta trasera sin ser detectados. Mateo la abrió lentamente y el aire frío de la noche golpeó sus rostros.

—Mi camioneta está al final del callejón —dijo Mateo—. Tomen las llaves. Llévenla y no se detengan hasta que estén lejos de aquí.

Sebastián tomó las llaves y abrazó a su hermano.

—Gracias, Mateo. No sé cómo pagarte esto.

—No me debes nada —respondió él, con una sonrisa triste—. Solo sé feliz, hermano. Y cuida de ella.

Lucía también abrazó a Mateo.

—Eres un buen hombre —le dijo—. Algún día encontrarás a alguien que te haga tan feliz como tú nos has hecho a nosotros.

Mateo sonrió, pero sus ojos se nublaron por un instante.

—Quién sabe —dijo—. Quizás el destino tenga otros planes para mí.

Los dos jóvenes se despidieron de su hermano y corrieron hacia la camioneta. El motor arrancó con un rugido que pareció despertar a toda la ciudad. Sebastián aceleró y las calles de la ciudad comenzaron a desfilar detrás de ellos.

Lucía miró por la ventanilla trasera, viendo cómo la mansión Montenegro se hacía cada vez más pequeña, hasta desaparecer en la oscuridad.

—Lo logramos —susurró, con lágrimas de alivio.

—Aún no —respondió Sebastián, con el ceño fruncido—. Mi madre nos buscará. No descansará hasta encontrarnos.

El viaje fue largo y agotador. Condujeron durante horas, alejándose de la ciudad, atravesando pueblos dormidos y carreteras vacías. El cansancio comenzó a pesar sobre ellos, pero ninguno se atrevía a detenerse.

Cuando el sol comenzó a asomar por el horizonte, Sebastián finalmente se detuvo en una pequeña gasolinera al borde de la carretera.

—Necesito descansar —admitió—. Solo un par de horas.

Lucía asintió. Ambos se recostaron en los asientos de la camioneta, abrazados, y el sueño los venció casi de inmediato.

Horas más tarde, despertaron con el ruido de un coche acercándose. Sebastián se incorporó de golpe, alerta.

—Tranquilo —dijo Lucía, tocando su brazo—. Es solo un viajero.

Pero no era un viajero. Era un coche negro, igual al que usaba Victoria Montenegro. Sebastián sintió que el corazón se le detenía.

—¡Vamos! —gritó, arrancando la camioneta.

El coche negro los siguió. Durante varios kilómetros, la persecución fue intensa. Sebastián maniobraba con destreza, tomando caminos secundarios y curvas cerradas. Pero el coche negro no se rendía.

—No podemos seguir así —dijo Lucía, con voz temblorosa—. Nos van a alcanzar.

Sebastián miró por el espejo retrovisor y tomó una decisión.

—Agárrate fuerte —dijo, girando el volante bruscamente hacia un camino de tierra.

La camioneta se sacudió mientras entraban en un bosque denso. Las ramas arañaban los costados del vehículo, y el polvo lo cubría todo. Finalmente, el coche negro quedó atrás, perdido entre los árboles.

Se detuvieron en una pequeña claridad, jadeando, con el corazón aún acelerado.

—Los perdimos —dijo Sebastián, con una sonrisa de alivio.

Lucía lo abrazó, sintiendo que el peligro pasaba, pero el miedo aún no se iba.

—No podemos volver al campo —dijo ella—. Si tu madre sabe dónde vivo, irá a buscarme.

—Lo sé —respondió él—. Por eso no vamos a ir al campo. Vamos a otro lugar. Un lugar donde nadie nos encuentre.

Sebastián condujo durante todo el día, hasta que llegaron a un pequeño pueblo en la montaña, perdido entre las nubes. Allí, alquilaron una pequeña cabaña junto a un lago. Era humilde, con paredes de madera y un techo de paja, pero para ellos, era el paraíso.

—Es perfecto —dijo Lucía, mirando el paisaje—. Nadie nos encontrará aquí.

—Nadie —confirmó Sebastián, besándola.

Pero esa noche, mientras Lucía dormía, Sebastián no podía conciliar el sueño. Sabía que su madre no se rendiría. Y sabía que, tarde o temprano, tendría que enfrentarla. Pero por ahora, solo quería disfrutar de cada momento con la mujer que amaba.

A la mañana siguiente, un mensajero llegó al pueblo con una carta para Sebastián. Era de Mateo.

"Hermano: Mi madre está furiosa. Ha contratado a investigadores para encontrarlos. Cuídense. Y por favor, manténganse ocultos hasta que las cosas se calmen. Estaré esperando noticias suyas. Los quiero. —Mateo."

Sebastián guardó la carta en su bolsillo y miró a Lucía, que estaba preparando el desayuno.

—¿Qué dice? —preguntó ella.

—Que debemos escondernos —respondió él, con una sonrisa forzada—. Pero mientras estemos juntos, no importa dónde estemos.

Lucía asintió. No importaba el peligro, no importaba la distancia. El amor era su refugio y su fortaleza.

Y en la ciudad, Victoria Montenegro rompía una copa de cristal contra la pared, jurando que encontraría a su hijo y lo traería de vuelta.

—No importa cuánto tiempo tome —dijo, con los ojos brillantes de odio—. Los encontraré.

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Monica Liliana Broudiscou
estuvo muy buena, me gustó mucho, muchas felicitaciones🥰👏👏👏👏👏
Lis
🐍
valeska garay campos
bella historia
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