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No te mueras, mi amor

No te mueras, mi amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor en la guerra / Completas
Popularitas:10.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.

La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.

Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.

Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.

Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Capítulo 16

Dulces

La foto la cambió todo.

Era una imagen que Valentina había tomado en las afueras de Hapir — un soldado de la FCA llevando a un niño herido entre las ruinas, con el humo del combate detrás como una cortina gris. La composición era accidental y perfecta: el soldado miraba al frente con determinación, el niño tenía los ojos cerrados, y la luz del atardecer les daba a los dos un contorno dorado que parecía pintado. Los editores de Canal 7 la habían titulado CARRY y la habían publicado en portada.

En el hotel de periodistas de Hapir, la foto circuló como moneda de credibilidad. Un corresponsal francés de Le Monde la reconoció en el desayuno.

—¿Tú tomaste CARRY?

—Sí.

—Buen ojo. ¿Cuánto tiempo llevas en zona de conflicto?

—Cuatro meses.

El francés levantó las cejas. Cuatro meses era nada para la mayoría de los corresponsales en ese hotel — algunos llevaban años, otros habían pasado por tres guerras distintas. Pero la foto era la foto, y la foto hablaba un idioma que no necesitaba traducción ni currículum.

Samir la encontró después del desayuno en el lobby.

—Hay un refugio infantil a veinte minutos. Dos voluntarias de una ONG lo mantienen funcionando con donaciones. ¿Quieres ir a documentarlo?

—Sí. Dame diez minutos.

El refugio estaba en un edificio que alguna vez había sido una escuela. Las ventanas tenían tablones en lugar de cristales y las paredes estaban pintadas con dibujos de colores que alguien había hecho con la intención desesperada de que los niños vieran algo que no fuera gris. Flores, soles, pájaros azules, un arcoíris que cruzaba la pared del fondo como una promesa.

Las dos voluntarias se llamaban Amira y Layla. Amira era alta, delgada, con el pelo cubierto por un hijab verde oliva que combinaba con nada y con todo. Layla era más joven, más baja, con las manos siempre en movimiento — cosiendo, limpiando, cortando pan, organizando mantas. Entre las dos cuidaban a treinta y cuatro niños cuyas edades iban de los dos a los doce años. Algunos eran huérfanos. Otros tenían padres que no podían venir a buscarlos. Otros simplemente habían aparecido un día en la puerta y nadie sabía de dónde venían.

Valentina filmó el refugio durante tres horas. Filmó a Amira enseñando a leer a un grupo de seis niños con un libro que tenía la mitad de las páginas arrancadas. Filmó a Layla repartiendo pan con queso — el mismo pan y el mismo queso, tres veces al día, porque era lo único que tenían. Filmó a los niños jugando en el patio con una pelota de trapo y dos porterías hechas con sillas rotas.

Un niño de unos siete años se acercó a Valentina con las manos detrás de la espalda. Tenía el pelo rapado y una cicatriz en la frente que le dividía la ceja izquierda en dos.

—Señora, ¿tiene dulces?

Valentina buscó en los bolsillos. Nada. Buscó en la mochila. Encontró un paquete de chicles de menta que llevaba desde Garún.

—Chicles. ¿Sirven?

El niño tomó el paquete con las dos manos, como si fuera un tesoro. Lo abrió con cuidado y sacó un chicle. Después se dio la vuelta y lo compartió con los otros niños — uno por uno, repartiendo las piezas con la seriedad de un farmacéutico que dosifica medicamentos. Se quedó con el último. Lo masticó con los ojos cerrados, con una expresión de concentración absoluta, como si estuviera memorizando el sabor para los días en que no habría nada que masticar.

Valentina grabó todo. La imagen del niño repartiendo chicles con esa gravedad adulta y prematura le recordó a Santiago repartiendo las naranjas en el restaurante de Garún — la misma precisión, la misma generosidad silenciosa, como si dar fuera un acto que no necesitara explicación ni reconocimiento.

Samir, a su lado, dijo en voz baja:

—Antes de la guerra, este barrio tenía tres pastelerías. Los niños compraban galletas después de la escuela. Ahora piden chicles como si fueran diamantes.

Valentina apagó la cámara. Se sentó en una silla rota junto a la ventana tapada con tablones y escribió en su cuaderno las palabras que ninguna imagen podía capturar: el olor a jabón barato y pan quemado, el sonido de treinta y cuatro niños jugando con la mitad de la energía que deberían tener, la forma en que Amira les hablaba — con la paciencia de una madre multiplicada por treinta y cuatro.

---

Camila Restrepo llegó a Hapir esa tarde.

Valentina la vio antes de que Camila la viera a ella. Reconoció la silueta desde la ventana del hotel — alta, pelo oscuro, postura perfecta, maleta de ruedas que parecía absurdamente nueva para una zona de guerra. Camila caminaba hacia la base militar con la credencial de prensa colgada del cuello y la barbilla levantada.

Los soldados de la entrada la detuvieron. Valentina no podía escuchar la conversación desde el tercer piso, pero vio los gestos: Camila mostrando la credencial, señalando hacia el interior de la base, hablando con las manos. El soldado negó con la cabeza. Camila insistió. El soldado negó otra vez. Camila se dio la vuelta con un movimiento brusco del pelo y caminó de regreso hacia el hotel.

Valentina se apartó de la ventana.

No sabía qué sentir. Antes de Mendoza, antes de la revelación de que Santiago y Camila nunca habían sido pareja, la presencia de Camila habría sido un puñetazo en el estómago. Ahora era algo distinto — una incomodidad más complicada, menos dolorosa pero más difícil de nombrar. Camila no era la rival. Nunca lo había sido. Pero Camila no lo sabía. Y Valentina no sabía cómo comportarse frente a alguien que creía ser su rival sin saber que la competencia nunca había existido.

El teléfono satelital vibró. Mensaje de Andrea:

"Val — Camila renunció a su puesto en el noticiero. Se fue a Hapir a buscar a Santiago. Mi fuente en Canal 7 dice que pidió credencial de corresponsal de guerra. Creo que Camila y Santiago están teniendo problemas. Ten cuidado."

Valentina leyó el mensaje dos veces. Lo borró. Se sentó en la cama y miró el techo agrietado.

Camila había venido a buscar a Santiago. Había renunciado a su trabajo, había conseguido una credencial, había volado a una zona de guerra — todo por un hombre que la evitaba deliberadamente, que nunca había sido su novio, que según Mendoza "no tenía cara de novio" sino de soldado que quería estar en otra parte.

Valentina pensó en la niña del vestido rosa. En los chicles repartidos con seriedad de farmacéutico. En las fosas comunes al borde de la carretera. En las manos extendidas de los refugiados. Y después pensó en Camila, caminando por una zona de guerra con una maleta nueva, buscando a un hombre que no la quería.

¿Quién era más valiente? ¿La periodista que filmaba la guerra o la mujer que cruzaba el mundo por amor no correspondido?

Valentina no tenía respuesta. Solo sabía que Hapir acababa de complicarse, y que la palabra "dulces" — pronunciada por un niño de siete años con una cicatriz en la frente — iba a perseguirla durante mucho más tiempo que cualquier complicación sentimental.

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Carmen Gloria Rivas Barrio
Me encantó, un amor increíble, un amor dispuesto a todo, un amor a prueba de balas y de guerra
Miriam Molina Molina
Es una obra de arte... tan fantástica como real... dolorosa y amorosa como lo es la vida misma...
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.
Laura Castañon
que historia más maravillosa e impresionante me gusto mucho gracias escritora felicidades muchas bendiciones
Amanda Gongora
excelente felicitaciones gracias
Naicka Rodriguez
gracias me gustó mucho cada capítulo, me concentre tanto que hasta me involucre en todo los personajes, felicitaciones ame bastante esta historia 😍
Luz myriam Navarrete
Es buena la trama pero aburre q tiene poco dialigo de parte de los personajes mucha descriccion de alrrededor autora mejoralo bay no continuo ..dienpre repites lo mismo
Luna del Mar
Muy buena historia, excelente narración y trama. Felicidades escritora.
Helizahira Cohen
Esta interesante, bonita se ve
Isabel Balderas
esta historia me la encontré de casualidad y empecé a leerla pensando que era la típica historia de amor y el vivieron felices por siempre pero la leí completa y llore mucho solo me queda decir que esta historia me encantó sentí cada palabra como si estuviera yo presente en la historia 👏😭👏😭
Luna del Mar
Excelente primer capítulo
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