Aylany, al cumplir quince años, comienza a descubrir su propio camino, enfrentando nuevos sueños, emociones y decisiones que marcarán el inicio de su propia historia.
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Capítulo 5: El punto de quiebre
Desde el día anterior, algo había cambiado en el ambiente del curso.
No era algo evidente para todos, pero sí para quienes observaban bien.
Las risas ya no eran tan automáticas cuando Tomás hablaba.
Los murmullos ya no se activaban tan rápido.
Y Aylany… ya no bajaba la mirada.
Pero Tomás sí lo notó.
Y eso le molestó más de lo que quiso admitir.
Ese día entró al colegio con la misma actitud de siempre, pero con algo distinto en la mirada: como si estuviera dispuesto a empujar más fuerte.
—Ahí viene —se escuchó en el pasillo.
—La valiente —añadió Tomás apenas la vio pasar.
Aylany no respondió.
Pero esta vez él no se quedó ahí.
Caminó a su lado.
—Ahora hablas más en clases —dijo en tono bajo—.
Qué interesante cambio.
—Siempre hablé —respondió ella sin mirarlo.
Tomás soltó una risa corta.
—No así.
No dijo más. Pero siguió caminando demasiado cerca, como buscando reacción.
Aylany simplemente siguió su camino hasta la sala.
Ese día había actividad en grupo en lenguaje.
La profesora dio instrucciones.
—Grupos de cuatro. Los elijo yo.
Aylany sintió un pequeño cansancio anticipado.
—Aylany, Valeria, Camila… y Tomás.
Silencio.
Esta vez fue más incómodo que antes.
Valeria miró a Camila rápido.
Tomás suspiró.
—Otra vez —murmuró.
Aylany no dijo nada.
Pero el ambiente ya estaba raro.
Se sentaron juntos.
Y por primera vez, no era solo Tomás contra ella.
Era el grupo entero.
Valeria intentaba equilibrar.
Camila evitaba conflicto.
Pero Tomás seguía empujando el ambiente.
—Yo no voy a hacer la parte escrita —dijo él apenas empezaron—.
Es aburrido.
—Entonces haz la exposición —respondió Valeria.
—No.
Silencio.
Aylany lo miró.
—Todos tienen que hacer algo.
Tomás la miró de vuelta.
—¿Y tú quién eres ahora?
¿La coordinadora del curso?
Valeria intervino rápido.
—Basta, Tomás.
Pero él no se detuvo.
—Solo digo que siempre quieren que todo sea perfecto —añadió mirando a Aylany—.
Como ella.
Camila bajó la mirada incómoda.
Algunos del curso empezaban a escuchar.
Ya no era solo el grupo.
Era el ambiente alrededor.
Aylany respiró hondo.
Y por primera vez en mucho tiempo, no se quedó callada.
—No es perfección —dijo firme—.
Es responsabilidad.
Silencio.
Tomás la miró.
Un segundo más serio.
—Qué discurso —respondió él.
Pero ya no sonó como burla fuerte.
Sonó como molestia.
La actividad siguió.
Pero ya no era normal.
Tomás hacía todo para incomodar: comentarios, interrupciones, pequeñas provocaciones.
Aylany no caía del todo.
Pero tampoco se quedaba en silencio total.
Respondía lo justo.
Sin gritar.
Sin perder el control.
Solo firme.
Y eso era lo nuevo.
El curso lo notó.
Ya no era solo “Tomás molesta a la nueva”.
Ahora había algo más.
Dos fuerzas chocando.
Sin romperse todavía.
Pero acercándose.
Cuando llegó la presentación del grupo, algo pequeño ocurrió.
Tomás habló primero… sin ganas.
Valeria lo hizo bien.
Camila apoyó.
Y Aylany cerró con claridad.
Cuando terminaron, la profesora asintió.
—Buen trabajo.
Pero el curso no reaccionó igual que antes.
No hubo burla.
No hubo risa inmediata.
Solo silencio.
Después algunos comentarios neutros.
Nada más.
Tomás lo notó.
Y eso lo cambió un poco.
No en calma.
Sino en intensidad.
En el recreo, Valeria habló en voz baja.
—Antes todos le seguían las bromas.
—Ahora no tanto —dijo Camila.
Aylany miró hacia el patio.
Tomás estaba con su grupo.
Hablaba más fuerte de lo normal.
Riendo más fuerte de lo normal.
Como si necesitara recuperar algo.
—No le gusta perder control —murmuró Aylany.
Valeria la miró.
—Y tú ya no lo estás dejando.
Aylany no respondió.
Pero sabía que era verdad.
Porque Tomás ya no solo la molestaba como antes.
Ahora lo hacía con más intención.
Más insistencia.
Como si quisiera volver a lo de antes.
Pero el curso ya no reaccionaba igual.
Y eso lo estaba empezando a cambiar todo.