Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.
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Capítulo 19: El Bautismo de la Lluvia
La atmósfera sobre la provincia se había vuelto densa, plomiza y cargada de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos se erizara al menor contacto con el aire. El sol dorado que unas horas antes había iluminado el reencuentro de Alexander con su hija fue devorado por un ejército de nubes colosales, oscuras como el carbón y cargadas de un resentimiento líquido que amenazaba con desplomarse sobre la tierra. El viento del sur, frío y cortante, comenzó a silbar a través de las copas de los robles centenarios, arrastrando las hojas secas en remolinos violentos por los senderos de grava de la Mansión Blackwood.
En el interior de la casa, la tensión no era menor. Tras dejar a la pequeña Diana bajo el cuidado seguro de su abuela Margaret en las dependencias de la planta baja, Caitlyn sintió que el aire del vestíbulo se volvía irrespirable. La visión de Alexander en el jardín, transformado, maduro y sosteniendo a su hija, había quebrado la última de sus defensas emocionales, pero el miedo ancestral a la diferencia de clases y al rechazo del mundo exterior continuaba royéndole las entrañas. Necesitaba aire. Necesitaba que el viento de la provincia le enfriara el calor que le quemaba el pecho.
Sin pensarlo dos veces, la joven niñera cruzó el porche lateral y se adentró en el gran laberinto de los jardines traseros, avanzando en dirección al linde del bosque, allí donde la naturaleza salvaje se fusionaba con el orden perdido de la propiedad.
Vestía su traje de linón blanco roto, la misma prenda ligera que en el invernadero se había adherido a sus formas voluptuosas. Al no llevar corsé, su silueta curvy y sensual se manifestaba con una libertad casi pagana en medio de la naturaleza que presagiaba la tormenta. Su busto pleno se elevaba con respiraciones rápidas, su cintura definida marcaba la cadencia de sus pasos y sus caderas anchas, seguras y rotundas se balanceaban con una gracia majestuosa mientras aceleraba el ritmo, huyendo no de Alexander, sino de la intensidad de lo que sentía por él.
No había caminado más de cien metros cuando el cielo finalmente se rompió.
No fue una llovizna progresiva; fue un diluvio torrencial, una cortina de agua masiva, fría y violenta que cayó de golpe sobre la provincia, borrando el horizonte y sumergiendo los jardines en una penumbra grisácea. En pocos segundos, el vestido de linón blanco de Caitlyn quedó completamente empapado, transformándose en una segunda piel translúcida que se adhirió con una fidelidad descarnada a cada relieve, cada curva y cada contorno de su anatomía rotunda. El agua corría en hilos brillantes por su rostro lleno de vida, empapando sus mejillas pecosas y agrupándose en sus labios carnosos, mientras su cabello oscuro, abundante y lleno de rizos rebeldes, se pegaba a sus hombros redondeados y a su espalda como un manto de seda azabache.
Caitlyn se detuvo en medio del sendero, jadeando, levantando el rostro hacia el cielo embravecido. La lluvia no se sentía como un castigo; se sentía como un impacto físico que intentaba arrancar de su mente las dudas que la atormentaban.
A lo lejos, rompiendo el estrépito del agua contra el suelo, el sonido de unos pasos pesados y veloces hizo que se girara.
Alexander Blackwood corría hacia ella.
El joven heredero la había buscado por cada rincón de la mansión al notar su ausencia en la guardería, y al verla salir hacia los jardines bajo el cielo encapotado, había salido en su persecución sin importarle el calzado ni la etiqueta. Avanzaba con zancadas largas, colosales y decididas, cortando la cortina de agua con la fisonomía imponente de un gigante que se niega a perder su único norte. Su camisa de lino blanco estaba completamente abierta en el cuello, ensopada por la lluvia y pegada a los músculos firmes, anchos y velludos de su pecho y sus brazos. Su barba castaña chorreaba agua, y su cabello rebelde estaba completamente aplastado contra su frente, enmarcando unos ojos azul grisáceo que brillaban con una fijeza nítida, desesperada y netamente masculina. Era la viva estampa de un héroe de novela Harlequin: el aristócrata altivo que lo abandona todo, su orgullo, su nombre y su pasado, para correr detrás de la mujer que posee las llaves de su alma.
Alexander llegó frente a ella y se detuvo a escasos centímetros. El impacto de su presencia física pareció detener el viento a su alrededor. Estaba jadeando, el pecho firme subía y bajaba con violencia, y las venas de sus brazos fuertes se dibujaban con nitidez bajo la piel humedecida.
—¡Caitlyn! —rugió Alexander para imponerse al estrépito de la tormenta, y su voz sonó como un barítono profundo, rico y quebrado por una urgencia que rozaba la locura—. ¡No voy a dejar que te vuelvas a esconder! ¡No voy a permitir que pones una maldita pared entre nosotros después de lo que hemos vivido! ¡Hoy lo aclaramos todo!
Caitlyn lo miró desde su posición, manteniendo la barbilla en alto, aunque el agua le nublaba la vista. El contraste entre la contextura física colosal de él y las formas voluptuosas de ella, ambas siluetas esculpidas por el agua del cielo, creaba una tensión erótica y romántica que hacía vibrar el aire.
—¡¿Qué quiere aclarar, Alexander?! —replicó ella en un susurro nítido que cobró fuerza para vencer el trueno—. ¡¿Va a decirme que lo que pasó en el invernadero fue real?! ¡¿Que un hombre de su posición puede amar a la niñera de su hija sin que el pasado se interponga?! ¡Mírenos! ¡Usted es un Blackwood y yo soy la nieta del ama de llaves! ¡La lluvia de hoy no va a cambiar las leyes del mundo de donde venimos!
Alexander no esperó un segundo más. Redujo la distancia de un solo paso, una invasión absoluta del espacio que hizo que el cuerpo mojado de Caitlyn chocara directamente contra su pecho firme. Sus manos grandes, de dedos largos y palmas cálidas a pesar del frío del agua, descendieron con una posesividad salvaje y nítida directamente sobre la cintura definida de ella. Sus dedos se hundieron en el linón blanco empapado, amoldándose con una precisión milimétrica a la redondez sensual, generosa y rotunda de sus caderas anchas y seguras. La atrajo hacia sí con tal fuerza que Caitlyn sintió el impacto de la anatomía rígida y colosal del aristócrata contra sus propios muslos fuertes.
—¡Al diablo con las leyes del mundo, Caitlyn! —confesó Alexander, y sus ojos claros se clavaron en los oscuros de ella con una fijeza magnética que barrió con cualquier rastro de duda. La lluvia corría por sus mejillas, mezclándose con las lágrimas de su redención—. ¡La lluvia de hoy no viene a destruirnos, viene a limpiar el pasado! Viene a llevarse las sombras de la culpa, el recuerdo del luto frío y las mentiras de la alta sociedad que me mantuvieron sepultado en vida! Tú eres mi salvación, Caitlyn. No eres una distracción, no eres un error... eres el aire que me devolvió el latido!
Alexander deslizó sus manos grandes hacia arriba, recorriendo los costados húmedos de su silueta curvy, acariciando la plenitud de sus formas con una adoración que hizo que Caitlyn soltara un gemido trémulo. Sus palmas se detuvieron en las costillas de ella, justo debajo de la subida pronunciada de su busto pleno y firme.
—Amo cada centímetro de tu cuerpo y de tu alma, Caitlyn —continuó él, y su voz bajó de tono, volviéndose un murmullo espeso, ardiente y cargado de una pasión indomable que se filtró en el oído de la joven—. Amo la generosidad de tus curvas, amo la calidez biológica de tu piel pecosa que me salvó de la congelación, amo la firmeza de tus caderas que me sostuvieron cuando no tenía fuerzas para seguir en pie. Y amo la valentía de tu alma, ese torbellino indomable que no le tuvo miedo a la Bestia y que me enseñó a mirar a mi hija con los ojos del amor. No me importa quién fuimos antes de que llegaras; lo único que me importa es que no puedo concebir un solo día del resto de mi vida si no estás tú para gobernar este castillo conmigo.
Caitlyn escuchó las palabras del hombre y sintió que el miedo que le atenazaba el corazón se disolvía por completo bajo el bautismo de la lluvia. La fijeza nítida de la mirada azul grisáceo de Alexander, la madurez de su fisonomía y la verdad descarnada de su confesión barrieron con las convenciones sociales de la provincia. Sus manos largas se elevaron, envolviendo el cuello velludo y fuerte de Alexander, clavando sus dedos cortos en su cabello rebelde y empapado, tirando de él hacia abajo.
—Alexander... —susurró ella, y sus labios carnosos se entreabrían con un anhelo que ya no conocía diques.
Alexander descendió el rostro y selló sus labios con los de Caitlyn en un beso colosal, sumamente apasionado y sensorial que detuvo el universo en medio de la tormenta.
Fue una entrega absoluta de dos cuerpos y dos almas que se reclamaban bajo el agua del cielo. El beso fue profundo, húmedo y salvaje; la lengua de Alexander invadió la boca de ella con una posesividad nítida que no admitía réplicas, encontrando la respuesta ardiente e indomable de Caitlyn, que lo devoraba con una intensidad idéntica. Sus cuerpos empapados se presionaban el uno contra el otro con una fuerza brutal: la plenitud del busto de ella se aplastaba contra el lino de su camisa, y la redondez de sus caderas anchas se amoldaba a la fisonomía colosal del príncipe que por fin había encontrado su hogar.
Bailaban de pie bajo la lluvia torrencial, inmóviles ante los ojos del mundo pero girando en el centro de su propio destino. El agua corría por sus cuerpos unidos, lavando los tres años de luto, la culpa del pasado y los temores del servicio. En medio de los jardines de la Mansión Blackwood, la Bestia se había transformado definitivamente en el protector, y el torbellino de la hermosa mujer de formas rotundas había reclamado su lugar soberano al lado del hombre que había vuelto a la vida para amarla por la eternidad.