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Las Cartas Que Nunca Fueron Escritas...

Las Cartas Que Nunca Fueron Escritas...

Status: En proceso
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Romance / Aventura
Popularitas:234
Nilai: 5
nombre de autor: Giulian Ocampo

La caja apareció el día del funeral de su abuela.

Dentro había cientos de cartas con fechas imposibles, nombres desconocidos y secretos que jamás debieron existir.

Cuando Luna abre una de ellas, despierta en una vida diferente. Una donde es cantante. Otra donde nunca nació. Otra donde alguien la ama desesperadamente.

Pero cada carta tiene un precio.

Con cada viaje, un recuerdo desaparece.

Y cuando descubre una carta escrita por ella misma desde el futuro, comprende una aterradora verdad:

Alguien está borrando historias.

Y ella podría ser la siguiente.

✨ "Toda historia tiene un final. Algunas tienen más de uno."

NovelToon tiene autorización de Giulian Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: La Primera Mentira

Luna no podía moverse.

El hombre vestido de negro permanecía sentado frente a ella.

Tranquilo.

Como si hubiera estado esperando ese momento durante años.

Tal vez siglos.

El altillo parecía más pequeño.

Más oscuro.

Más silencioso.

La caja de cartas descansaba entre ellos.

Como una tercera presencia.

Observándolos.

Juzgándolos.

—Esta no es la primera vez que encuentras la caja.

Las palabras seguían resonando en la mente de Luna.

—Estás mintiendo.

El hombre sonrió.

—Ojalá fuera así.

—Nunca te había visto.

—Eso crees.

Luna apretó los puños.

—¿Quién eres?

La sonrisa desapareció.

—Ya cometiste ese error una vez.

Un escalofrío recorrió su cuerpo.

La advertencia de la carta volvió a su mente.

"Nunca le preguntes su nombre."

Demasiado tarde.

El hombre se levantó lentamente.

Tomó su bastón.

Y caminó alrededor de la habitación.

—Los humanos tienen una costumbre curiosa.

—¿Cuál?

—Creen que olvidar algo significa que nunca ocurrió.

Luna sintió un nudo en el estómago.

Porque una parte de ella comenzaba a sospechar que tenía razón.

—No te creo.

—Lo sé.

—Entonces demuestra lo que dices.

El hombre se detuvo frente a una vieja cómoda cubierta de polvo.

Apoyó una mano sobre la madera.

Y dijo:

—¿Recuerdas este mueble?

—Claro.

—¿Estás segura?

Luna abrió la boca para responder.

Y se quedó paralizada.

Porque no lo recordaba.

Sabía que siempre había estado allí.

Pero no recordaba haberlo visto antes.

No recordaba cuándo llegó.

No recordaba nada relacionado con él.

El hombre observó su reacción.

—Los recuerdos desaparecen primero por los bordes.

—¿Qué significa eso?

—Que antes de olvidar algo importante, olvidas miles de pequeños detalles.

Luna tragó saliva.

—Las cartas.

—Sí.

—Las cartas me están quitando recuerdos.

El hombre guardó silencio.

Y eso fue peor que cualquier respuesta.

El viento comenzó a entrar por la ventana.

Moviendo los sobres.

Moviendo el polvo.

Moviendo las sombras.

Luna observó la caja.

—¿Por qué existe?

—Porque algunas historias se niegan a morir.

—No entiendo.

—Lo harás.

El hombre tomó uno de los sobres.

Lo observó durante unos segundos.

Y luego volvió a dejarlo.

—¿Sabes qué ocurre cuando una historia es olvidada?

—No.

—Desaparece.

—Como todo.

—No.

El hombre negó lentamente.

—Las personas desaparecen.

Los lugares desaparecen.

Pero las historias son diferentes.

Luna sintió una extraña sensación.

Como si aquellas palabras despertaran algo dentro de ella.

Algo antiguo.

Algo enterrado.

—¿Qué eres?

—No soy lo importante.

—Entonces dime qué está pasando.

Por primera vez la expresión del hombre cambió.

La tristeza apareció en sus ojos.

Una tristeza inmensa.

Infinita.

—Estás regresando.

Luna sintió que el corazón se detenía.

—¿Regresando a dónde?

—A donde perteneces.

La lámpara del altillo parpadeó.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Y entonces todo desapareció.

La habitación.

La caja.

Las paredes.

Todo.

Luna sintió que caía.

Otra vez.

Como cuando leyó la primera carta.

Pero esta vez era diferente.

Mucho más intenso.

Mucho más real.

Abrió los ojos.

Y se encontró en una estación de tren.

Antigua.

Vacía.

Cubierta por niebla.

No había nadie.

Excepto una niña.

Una pequeña de unos diez años.

Sentada sola en un banco.

Luna la observó.

Y sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Porque aquella niña era ella.

Más joven.

Más pequeña.

Pero era ella.

—No...

La niña levantó la cabeza.

Y sonrió.

Como si estuviera esperándola.

—Hola, Luna.

La joven retrocedió.

—Esto no es real.

—Sí lo es.

—No puede ser.

—Siempre dices lo mismo.

El corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Quién eres?

La niña soltó una pequeña risa.

—Tú.

—No.

—Sí.

La niebla comenzó a moverse alrededor de ellas.

La estación parecía interminable.

Como si no perteneciera a ningún lugar.

Ni a ningún tiempo.

—¿Qué está pasando?

La niña bajó la mirada.

Y entonces Luna vio algo extraño.

Tenía una carta en las manos.

Un sobre envejecido.

Amarillento.

Gastado.

—¿Qué es eso?

La pequeña la observó.

Y por primera vez dejó de sonreír.

—La primera carta.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Primera?

La niña asintió.

—La primera vez que encontraste la caja.

Luna sintió que el mundo se rompía.

—Eso no ocurrió.

—Sí ocurrió.

—No lo recuerdo.

—Precisamente.

Las palabras golpearon más fuerte que cualquier otra cosa.

Porque tenían sentido.

Demasiado sentido.

—¿Cuántas veces?

La niña permaneció en silencio.

—¿Cuántas veces encontré la caja?

Lentamente levantó la vista.

Y respondió.

—Seis.

Luna sintió que las piernas dejaban de responderle.

—¿Qué?

—Esta es la séptima vez.

La estación pareció oscurecerse.

La niebla se volvió más densa.

Más fría.

Más inquietante.

Y entonces la niña pronunció unas palabras que hicieron que la sangre se congelara en las venas de Luna.

—Y ninguna de las otras terminó bien.

Continuará...

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