A solo tres semanas de pronunciar el «sí, quiero» ante el altar, la vida de Valery Lezcano vuela en pedazos. Su prometido, Adrián, se ha esfumado la noche anterior, escapando con quien solía ser su mejor amiga. Expuesta al escarnio público y con el orgullo roto frente a cientos de invitados, Valery se prepara para el peor colapso de su vida. Pero el desastre toma un giro inesperado cuando Marcos Sánchez da un paso al frente.
Marcos, el implacable, gélido y peligrosamente atractivo hermano mayor de Adrián, no está dispuesto a permitir que el apellido familiar se hunda en el fango. Con una mirada calculadora y una propuesta audaz, le ofrece un trato salvaje: casarse con él en ese mismo instante, unir sus fuerzas y orquestar una fría e implacable venganza contra los traidores.
El plan roza la perfección absoluta. Adrián se verá obligado a ver a su ex prometida del brazo del único hombre al que siempre ha temido y envidiado.
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Capitulo 13
El silencio en el ático ya no se sentía como una trampa, sino como un refugio. Lejos de los flashes de la prensa, de las miradas envenenadas de Adrián y Sienna, y del constante escrutinio de la junta directiva, el espacio se había vuelto extrañamente íntimo. Esa noche no había contratos sobre la mesa, ni copas de champaña alzadas para la galería. Solo una cena ligera, dos copas de vino tinto y una luz tenue que suavizaba las facciones habitualmente duras de Marcos.
Valery lo observaba mientras él terminaba de servir el vino. Se había despojado de la armadura del traje gris; vestía unos pantalones oscuros y una camiseta negra de algodón que se amoldaba a sus hombros anchos y dejaba al descubierto sus antebrazos fuertes, cruzados por venas marcadas que delataban su fuerza física.
—No pareces el implacable director general de la Constructora Sánchez cuando estás así —comentó Valery con una sonrisa perezosa, apoyando la barbilla en su mano mientras el aroma del vino y el sándalo de Marcos la envolvían.
Marcos esbozó esa sonrisa de medio lado que siempre le aceleraba el pulso en el vientre. Se sentó frente a ella, a una distancia tan corta que sus rodillas se rozaron sutilmente bajo la mesa de madera. El contacto físico envió una descarga eléctrica directa a la piel de Valery, haciéndola acomodarse en la silla.
—El director general es un personaje necesario para tratar con los tiburones de la junta, muñeca —respondió él, su voz de barítono sonando más profunda y rasposa en la quietud de la noche—. Pero aquí dentro no hay ninguna junta a la que impresionar.
Valery dio un sorbo a su copa, manteniendo la mirada fija en esos ojos oscuros que solían esconder tantos secretos. Con el paso de los días, la curiosidad por el hombre detrás del mito empresarial la consumía tanto como la incontrolable atracción física que existía entre ambos.
—Susana me dijo que siempre fuiste el pilar de esta casa —mencionó ella con suavidad, observando cómo la mandíbula de Marcos se tensaba levemente ante la mención de su familia—. Que mientras Adrián viajaba y malgastaba el dinero, tú ya estabas metido en las obras a los dieciocho años.
Marcos soltó un suspiro bajo, mirando el líquido carmesí de su copa antes de volver a clavar sus ojos en ella. Había una honestidad cruda y vulnerable en su expresión que Valery jamás le había visto.
—Alguien tenía que hacerlo —confesó Marcos, con una amargura sutil tiñendo sus palabras—. Mi madre siempre tuvo debilidad por Adrián. Él era el consentido, el chico que podía cometer errores y ser perdonado con una sonrisa. A mí me educaron para ser infalible. Si Adrián fallaba, era juventud; si yo fallaba, la empresa familiar se hundía. Cargué con el peso de los Sánchez mientras él jugaba a ser el heredero.
Valery sintió que el corazón se le oprimía. La cercanía con este nuevo Marcos, despojado de su arrogancia ejecutiva, despertaba en ella una empatía profunda y una atracción que ya no tenía nada que ver con la farsa pública. Él siempre había sido el protector, pero nadie lo había protegido a él.
Instintivamente, Valery estiró la mano sobre la mesa y rozó los dedos de Marcos. Su piel estaba cálida, y ante el contacto, él giró la palma para entrelazar sus dedos largos con los de ella, apretándolos con una firmeza posesiva que la hizo jadear suavemente.
—Debe de haber sido muy solitario —susurró ella, inclinándose hacia delante, permitiendo que la luz dorada de la lámpara destacara el brillo de sus ojos almendrados y el escote sugerente de su blusa de seda.
Marcos la miró con una intensidad ardiente, una fijeza que pareció desnudarla por completo en la penumbra. Su pulgar comenzó a trazar círculos perezosos sobre el dorso de la mano de Valery, una caricia eléctrica que desató un calor líquido en su bajo vientre.
—Lo era. Hasta que apareciste tú —admitió Marcos, con la voz rota por una confesión que parecía haber guardado durante años—. ¿Quieres saber la verdad, Valery? Durante todo el tiempo que estuviste con mi hermano, yo te miraba desde las sombras. Siempre te envidié a ti.
—¿A mí? —Valery parpadeó, sorprendida por la revelación.
—Por tu luz —dijo él, su voz descendiendo a un susurro magnético que la hizo estremecer—. Tenías una alegría auténtica, una forma de iluminar cualquier habitación en la que entrabas. Adrián te tenía y no se daba cuenta del tesoro que poseía. Yo deseaba esa luz, deseaba estar cerca de ti, pero estabas prohibida. Eras la mujer de mi hermano. Tuve que ahogar lo que sentía y ponerme la máscara de témpano de hielo cada vez que te veía.
El aire en el comedor se volvió asfixiante, cargado de una tensión sexual y romántica tan pura que la línea de la mentira se borró por completo. Valery sintió que la respiración se le entrecortaba. Las palabras de Marcos plantaron la semilla definitiva de una atracción incontrolable; él la había querido desde antes del escándalo, desde antes del contrato.
Marcos se levantó lentamente de su silla sin soltar su mano, rodeó la mesa y la obligó a ponerse de pie frente a él. La tomó de la cintura con una presión demandante, pegando su cuerpo firme contra el de ella. Valery apoyó las manos en su pecho desnudo de algodón, sintiendo el latido desbocado de su corazón.
—Fingir es una tortura, Valery —murmuró él, rozando sus labios con los de ella en una caricia húmeda y abrasadora que la dejó temblando y necesitando más, antes de que el autocontrol los obligara a separarse para no perder el dominio antes de tiempo.
A la mañana siguiente, la atmósfera del ático era pacífica, bañada por el brillante sol de julio. Valery se había levantado temprano, sintiendo una agitación dulce en el pecho tras las confesiones de la noche anterior. Vestía un vestido de lino ligero color lavanda que se amoldaba con suavidad a su silueta y dejaba al descubierto sus hombros.
Salió al inmenso jardín de la terraza del ático, cargando un vaso de café frío con un toque dulce y mucha leche, justo como a ella le gustaba. Se sentó en uno de los sillones de exterior, disfrutando de la brisa matutina y del frescor de la bebida que atenuaba el calor residual que Marcos seguía provocando en su cuerpo.
El sonido rítmico de unos pasos elegantes sobre el suelo de madera de la terraza la hizo levantar la vista.
Estela de Sánchez avanzaba por el jardín. La matriarca vestía un impecable conjunto de sastre color crema y sostenía un bolso de mano. Su expresión habitual era gélida y calculadora, pero al ver a Valery allí sentada, tan dueña de su espacio, sus ojos se entrecerraron con curiosidad.
—Buenos días, Valery —dijo Estela, su voz madura y pulida rompiendo la quietud del jardín.
—Buenos días, Estela —respondió Valery, manteniendo la calma. No se levantó con sumisión ni mostró el nerviosismo que solía tener cuando era la prometida de Adrián. En su lugar, le dedicó una sonrisa serena y elegante, cruzando las piernas con una soltura que desbordaba seguridad—. ¿Gusta un café? El personal puede prepararle uno de inmediato.
Estela la observó en silencio durante unos segundos, midiendo la postura de su nueva cuñada. Finalmente, aceptó con un leve asentimiento de cabeza y se sentó en el sillón frente a ella.
—Me alegra encontrarte a solas —comenzó la matriarca, cruzando las manos sobre su regazo—. Tras el almuerzo del otro día y los movimientos en la constructora, he estado pensando mucho en la situación. Admito que al principio creí que esto era un berrinche infantil de tu parte por la huida de Adrián.
Valery dio un sorbo a su café frío dulce, sosteniendo la mirada afilada de la mujer sin parpadear. En su dedo, la alianza de oro puro brillaba bajo el sol matutino como un recordatorio de su poder.
—Sé perfectamente lo que la sociedad murmura, Estela —respondió Valery con una voz clara y firme, cargada de una madurez que sorprendió a la mayor—. Pero Adrián demostró que no tenía la madurez ni la fuerza para llevar el apellido Sánchez con honor. Marcos, en cambio, ha cargado con toda la responsabilidad de esta familia mientras otros se divertían. Yo no busco un berrinche; busco construir un futuro con el hombre que realmente merece estar en la cima. Y como socia de la empresa, me aseguraré de que así sea.
Tuvieron una grata conversación durante la siguiente media hora. Hablaron de los nuevos proyectos de construcción y de los planes de reestructuración que Susana apoyaba. A lo largo de la charla, Valery no dudó en defender las decisiones de Marcos, mostrando un conocimiento agudo del negocio y una lealtad inquebrantable hacia su esposo.
Estela escuchaba, respondiendo con comentarios medidos, pero en su fuero interno, el silencio de la matriarca guardaba una profunda sorpresa. Al observar la espalda recta de Valery, la elocuencia de sus palabras y la arrolladora seguridad con la que se movía, Estela comprendió que la chica vulnerable del altar ya no existía. Valery tenía la madera, el fuego y la elegancia necesarios para ser la verdadera señora de la casa Sánchez.
Cuando Estela se levantó para marcharse a sus compromisos, miró a Valery con un respeto nuevo y auténtico en los ojos.
—Marcos tiene suerte de tenerte a su lado, Valery —admitió la matriarca con un tono ligeramente más cálido—. Parece que, después de todo, el cambio de novio fue lo mejor que le pudo pasar a esta familia.
Valery sonrió con orgullo mientras veía a Estela alejarse por el pasillo. El juego de apariencias se estaba ganando en todos los frentes, pero mientras recordaba la mirada hambrienta de Marcos de la noche anterior, supo que el verdadero triunfo estaba por suceder entre las paredes de ese ático, donde el fuego real amenazaba con consumirlos por completo.