Samantha Torres solo quería salvar su pastelería y cuidar de su hermana menor; jamás imaginó que una bandeja de crema pastelera la llevaría directamente a los brazos del hombre más peligroso, arrogante y fascinante de la ciudad: Viktor D'Angelo.
NovelToon tiene autorización de Sarita King para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Un Cliente Imposible
Samantha Torres
Hay tres tipos de clientes.
Los amables.
Los normales.
Y los que hacen que te preguntes si la paciencia debería considerarse un superpoder.
Hasta hace unos días, estaba convencida de que había conocido a todos los tipos posibles.
Entonces apareció Viktor D'Angelo.
Y creó una categoría completamente nueva.
Porque no solo era arrogante.
No solo era terco.
No solo tenía la costumbre de aparecer sin previo aviso.
Además parecía decidido a convertir mi vida en un caos permanente.
—Te está gustando.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿Qué?
Olivia sonrió.
Esa sonrisa.
La sonrisa que anunciaba problemas.
—Te gusta.
—No me gusta.
—Claro.
—No me gusta.
—Samantha.
—Olivia.
—Samantha.
—Olivia.
—Te gusta.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Tomé una servilleta.
Se la lancé.
La atrapó riéndose.
Traidora.
Absoluta traidora.
—Es un cliente.
—Es Viktor D'Angelo.
—Exacto.
—Y es atractivo.
—Eso no importa.
—Y rico.
—Eso empeora las cosas.
—Y te hace sonreír.
—Eso es mentira.
—Entonces deja de sonreír.
Inmediatamente intenté borrar la sonrisa.
Demasiado tarde.
Olivia comenzó a reírse.
—Lo sabía.
—No sabes nada.
—Sé que llevas tres días hablando de él.
—No llevo tres días hablando de él.
—Ayer mencionaste su nombre diecisiete veces.
—¿Las contaste?
—Sí.
—Eso es inquietante.
—Y romántico.
—Es aterrador.
Antes de que pudiera seguir discutiendo, la campanilla de la puerta sonó.
Ambas giramos.
Y yo cerré los ojos.
Porque ya reconocía ese sonido.
No el de la puerta.
El de mi mala suerte.
—No puede ser.
Olivia soltó una carcajada.
—Sí puede.
Viktor D'Angelo acababa de entrar por tercera vez en dos días.
Llevaba un traje gris oscuro.
Sin una sola arruga.
Sin una sola imperfección.
Como si hubiera sido diseñado específicamente para irritarme.
Porque nadie debería verse tan bien mientras actúa tan insoportablemente seguro de sí mismo.
—Buenas tardes.
—No.
Él arqueó una ceja.
—¿No?
—No.
—Interesante saludo.
—¿Qué hace aquí?
—Quiero café.
—Otra vez.
—Sí.
—Hay cientos de cafeterías.
—También cientos de abogados.
—¿Eso es una amenaza?
—No.
—Bien.
—Todavía.
Lo señalé.
—¿Ve?
—¿Qué?
—Eso.
—¿Eso qué?
—Eso que acaba de hacer.
—No sé de qué hablas.
—Exactamente.
Por un segundo pareció divertido.
Otra vez.
Ya comenzaba a sospechar que disfrutar molestándome era uno de sus pasatiempos favoritos.
Y no me gustaba admitir que yo también empezaba a disfrutar molestándolo.
Solo un poco.
Muy poco.
Quizá.
—¿Va a pedir algo o solo vino a discutir?
—Ambas cosas.
—Por supuesto.
Tomé una libreta.
—¿Qué quiere?
—Un café americano.
—¿Tamaño?
—Grande.
—¿Azúcar?
—No.
—¿Leche?
—No.
—¿Alegría de vivir?
—Tampoco.
No pude evitar reír.
Maldita sea.
Porque él también sonrió.
Y aquello era peligroso.
Muy peligroso.
Porque Viktor sonriendo era completamente diferente a Viktor serio.
Más humano.
Más cercano.
Más atractivo.
Muchísimo más atractivo.
Y yo necesitaba dejar de notar esas cosas inmediatamente.
—Aquí tiene.
Le entregué el café.
Nuestros dedos se rozaron apenas durante un segundo.
Un segundo insignificante.
Un segundo que no debería haber significado nada.
Sin embargo, algo extraño atravesó mi pecho.
Como una pequeña descarga eléctrica.
Retiré la mano de inmediato.
Y por la forma en que él me observó, tuve la incómoda sensación de que también lo había notado.
Perfecto.
Simplemente perfecto.
---
La tarde avanzó con relativa normalidad.
O tan normal como podía ser cuando Viktor seguía sentado en una mesa cercana.
Trabajando en su computadora portátil.
Sin marcharse.
Sin dejar de estar ahí.
Existiendo.
Y distrayéndome.
—¿No tiene oficina?
—Tengo varias.
—Entonces vaya a una.
—Estoy cómodo aquí.
—Yo no.
—Lo noto.
Volvió a concentrarse en la pantalla.
Y por alguna razón eso me irritó.
No porque me ignorara.
Claro que no.
Simplemente...
Bueno.
Tal vez un poco.
Mucho.
Demasiado.
Decidí concentrarme en otra cosa.
Funcionó durante exactamente siete minutos.
Porque entonces apareció Evelyn.
Y con ella llegó el caos.
Como siempre.
—¡Sam!
—Hola, terremoto.
Mi hermana sonrió.
Luego vio a Viktor.
Y sus ojos brillaron.
Oh, no.
Conocía esa expresión.
Era la misma que aparecía antes de cada desastre.
—¡Villano millonario!
Viktor levantó la vista.
—Hola.
—Volviste.
—Sí.
—Sabía que te gustaba mi hermana.
Casi dejé caer una bandeja.
Olivia se atragantó.
Viktor permaneció inmóvil.
Y Evelyn siguió sonriendo como si acabara de comentar el clima.
—¿Qué?
—¡Evelyn!
—¿Qué dije?
—Nada.
—Entonces ¿por qué me miras así?
Porque quería desaparecer.
Porque la tierra debería abrirse y tragarme.
Porque jamás volvería a conocer la paz.
Elegí la tercera opción.
—Voy a fingir que no escuché eso.
—Buena idea.
—Gracias.
—De nada.
Traidora.
También ella.
Toda la gente que amaba era una traidora.
—¿Siempre es así? —preguntó Viktor.
—Peor.
—Lo escuché.
—Era la idea.
Evelyn se sentó frente a él sin invitación.
Y para mi horror, Viktor no pareció molesto.
Al contrario.
Parecía entretenido.
—¿Qué haces?
—Trabajo.
—Aburrido.
—Probablemente.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintiocho.
—Eres viejo.
Olivia estalló en carcajadas.
Yo también.
Incluso algunos clientes cercanos comenzaron a sonreír.
Viktor observó a mi hermana durante unos segundos.
—Gracias por tu honestidad.
—De nada.
—Evelyn.
—¿Sí?
—No puedes llamar viejo a la gente.
—Entonces dile que deje de parecer un señor importante.
Aquello terminó de romper cualquier intento de seriedad.
Incluso Viktor terminó riéndose.
Y cuando lo hizo...
Lo vi.
Por primera vez.
No al empresario.
No al multimillonario.
No al hombre que aparecía en revistas.
Vi a alguien cansado.
Solo eso.
Alguien que parecía cargar demasiado peso sobre los hombros.
La idea apareció y desapareció tan rápido que casi no la reconocí.
Pero permaneció conmigo.
Y por primera vez me pregunté quién era realmente Viktor D'Angelo cuando nadie estaba mirando.
---
Más tarde, cuando la pastelería comenzó a vaciarse, Viktor cerró su computadora.
Se puso de pie.
Y se acercó al mostrador.
—Debo irme.
—Milagro.
—No pareces triste.
—Porque no lo estoy.
—Claro.
—Claro.
Sus ojos grises se encontraron con los míos.
Y durante un segundo el resto del mundo pareció alejarse.
Extraño.
Muy extraño.
—Hasta mañana, Samantha.
Parpadeé.
—¿Mañana?
—Sí.
—¿Por qué mañana?
—Porque volveré.
—¿Quién dice eso?
—Yo.
—Eso no funciona así.
—Lo veremos.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Lo observé salir por la puerta.
Seguro.
Tranquilo.
Como si estuviera completamente convencido de que tenía razón.
Lo peor era que una parte de mí sospechaba que volvería de verdad.
Y lo aún peor...
Era que una parte muy pequeña de mí ya lo estaba esperando.
—Te gusta.
La voz de Olivia apareció detrás de mí.
Cerré los ojos.
—Vete.
—Te gusta.
—Olivia.
—Muchísimo.
—Olivia.
—Muchísimo.
Tomé una servilleta.
Ella salió corriendo antes de que pudiera lanzársela.
Y mientras observaba la puerta por donde Viktor acababa de marcharse, una sensación extraña se instaló en mi pecho.
Una sensación que definitivamente no pensaba analizar.
Porque Viktor D'Angelo seguía siendo un problema.
Un cliente imposible.
Y yo tenía cosas mucho más importantes de las que preocuparme.
Al menos eso fue lo que intenté convencerme de creer.
Fin del capitulo 5...🍰