Kira es una loba fuerte y decidida, el tesoro más resguardado de la manada central. Durante la noche de su vigésimo cumpleaños, frente a la gran piedra ancestral, su destino parece sellarse al estallar el lazo de pareja con Jared, el Alfa del Este. A pesar de las dudas de su padre y sus hermanos mayores, Kira marcha con él a sus tierras, pero la convivencia no es lo que esperaban: el vínculo se siente vacío, no hay pertenencia y el dolor no aparece cuando deciden rechazarse de mutuo acuerdo.
Tras regresar a su hogar sumida en la incertidumbre, su tía le propone un viaje desesperado hacia el Reino de la Noche para buscar la sabiduría del vampiro Vlad. Allí, la Bruja Madre le revelará una maldición ancestral que pesa sobre la tercera generación de su sangre, condenándola a un desfile de parejas falsas. ¿Podrá Kira romper el castigo de la deidad y reconocer el verdadero latido de su corazón cuando el enigmático Aidan se cruce en su camino? Descúbrelo en el quinto y último libro de la saga
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CAPITULO 4. EXCUSAS EN EL VIENTO.
Las semanas del tercer mes comenzaron a pasar con una lentitud que terminó por agotar mi paciencia. Las palabras de mi madre seguían flotando en mi mente, recordándome a cada segundo que un verdadero vínculo de pareja debe transmitir un amor inmenso, un fuego que te quema las venas y te hace sentir que no puedes vivir sin la otra persona. Miraba a Jared a través de los ventanales del gran salón y la agónica certeza de que lo nuestro era un libreto vacío se volvía cada vez más pesada. Tomé la firme resolución de buscarlo esa misma tarde, decidida a que abriéramos nuestros corazones de una vez por todas para enfrentar la realidad.
Lo encontré en el corredor del ala este, revisando unos informes de comercio sobre una mesa de madera. Me acerqué a paso lento, intentando que mis facciones reflejaran tranquilidad.
—Jared, ¿tienes un momento? —le hablé con una suavidad sincera, deteniéndome a su lado—. Necesito que nos sentemos a hablar con calma. Siento que estamos dejando pasar los días y hay cosas importantes de nosotros que debemos poner sobre la mesa.
Jared levantó la vista de los papeles y me dedicó una sonrisa de lado, sutil y afectuosa, pero sus ojos dorados reflejaron de inmediato esa distancia jerárquica que tanto me distanciaba de su mundo.
—Me encantaría, Kira, de verdad —me respondió con su voz profunda y ronca, pero el tono se sintió apurado, desprovisto de una verdadera entrega afectiva—. Pero acaban de avisarme de las caballerizas que hay un problema con el suministro de forraje para el invierno. Tengo que bajar de inmediato a organizar el almacén con los encargados del pueblo. Lo dejamos para la cena, ¿te parece bien?
Asentí con un sutil movimiento de cabeza, camuflando mi decepción. Sin embargo, al caer la noche, la historia volvió a repetirse. Cuando lo busqué en el comedor, se disculpó argumentando que debía coordinar los relevos de la guardia nocturna con su Beta. Al día siguiente, la excusa fue una reunión urgente con los agricultores del sector sur. Pasaban los días y siempre surgía un imprevisto, una firma, un informe o una crisis territorial que requería su atención inmediata. Jared se excusaba una y otra vez con una amabilidad impecable, pero la realidad era que todo en las tierras orientales parecía ser muchísimo más importante que nosotros mismos y que el porvenir de nuestra unión.
Me retiré a mi habitación a altas horas de la madrugada, dejándome caer de espaldas sobre las sábanas de la cama vacía. El desespero comenzó a carcomerme el espíritu en mitad de la penumbra. No era que Jared fuera un mal hombre; al contrario, su dedicación al pueblo demostraba la nobleza de su corazón. Pero su constante huida de la intimidad ponía de manifiesto que él tampoco sentía la necesidad de conectar conmigo a nivel emocional. Escudaba su falta de sentimientos reales tras el cumplimiento del deber.
En ese preciso momento, una idea desgarradora y sumamente peligrosa comenzó a instalarse en mis sienes por primera vez: la posibilidad de rechazar la unión de mates de forma definitiva.
«Tenemos que ser libres, Kira», se quejó mi loba, Vesta, en mis canales energéticos, soltando un quejido de absoluta frustración ante la farsa de nuestra rutina. «Este lazo no nos aporta el remanso de paz que merecemos. Estamos atrapadas en un invierno perpetuo».
—Lo sé, Vesta —le respondí en un susurro ronco directo a mi cabeza, mientras las lágrimas de pura frustración resbalaban por mis mejillas—. Sé que esto no es real. Pero si lo rechazo... ¿qué pasará con nosotras?
Un frío gélido que me helaba la sangre me contrajo el pecho al pensar en las consecuencias de semejante arremetida contra las leyes de la sangre. En mitad de los clanes tradicionales, rechazar el regalo sagrado de la deidad era considerado una ofensa imperdonable. El miedo absoluto a que la Diosa Luna se enfureciera conmigo y me negara para siempre la oportunidad de tener otra pareja destinada, condenándome a vivir el resto de mis días en la negrura de una soledad vacía, me frenó en seco en este primer momento. No tenía las fuerzas para asumir el riesgo de quedar maldita en el exilio de mis propios sentimientos. Apreté los puños contra el pecho, obligándome a sostener la máscara una semana más, atrapada en un callejón sin salida donde la agónica incertidumbre comenzaba a asfixiarme el alma, intuyendo que la union de nuestro lazo estaba muy cerca de alcanzar su punto y final.