En la Facultad de Mecatrónica de Seúl, el amor está estrictamente prohibido por la competencia. Seo-jun (Líder del Grupo A) y Min-jae (el genio del Grupo B) son rivales declarados ante el mundo, pero amantes en secreto. Cuando el comité escolar manipula sus calificaciones para separarlos y obligarlos a competir por una beca única a Alemania, una red de secuestros y corrupción sale a la luz. Decididos a destruirlos, caen en una emboscada donde la Directora de la facultad les apunta con un arma. En un segundo de desesperación, Jae recibe una bala para salvar a Jun. ¿Podrá su amor sobrevivir a la muerte?
¡Descubre este apasionante thriller universitario lleno de romance, hackeos y traición!
NovelToon tiene autorización de Leamsi Espinoza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Espacio Confinado
Min-jae miró el reloj digital en la esquina de su pantalla. Habían pasado exactamente ocho minutos desde que Seo-jun se había alejado de su mesa. Sus amigos, Ji-hoon y Soo-ah, seguían concentrados tecleando las modificaciones del código, completamente aliviados porque el programa finalmente compilaba sin errores.
—Voy a ir a imprimir el reporte definitivo al cubículo del fondo antes de que Andrés nos llame para la defensa —dijo Min-jae, levantándose de la silla con cuidado. El roce de sus jeans contra la piel de sus muslos le recordó la presión de los dedos de Seo-jun, haciéndole pasar saliva con dificultad.
—Ve rápido, Jae. No nos queda mucho tiempo —respondió Soo-ah sin levantar la vista del monitor.
Min-jae tomó la carpeta de plástico con las hojas impresas y caminó por el pasillo lateral del laboratorio. El cubículo de herramientas era una habitación pequeña, mal iluminada y repleta de estanterías metálicas con osciloscopios viejos, bobinas de cable y cajas de componentes electrónicos que nadie usaba. Era el único rincón del edificio que carecía de cámaras de seguridad debido a una remodelación inconclusa.
Al empujar la puerta de madera, el olor a aceite de motor y polvo lo recibió. La habitación parecía vacía en la penumbra, iluminada únicamente por la luz tenue que se filtraba a través de las rejillas de ventilación.
Antes de que pudiera dar un segundo paso, una mano firme lo sujetó de la muñeca, tirando de él hacia el interior. La puerta se cerró detrás de su espalda con un golpe sordo, y el sonido del pestillo al caer bloqueó el ruido del laboratorio exterior.
Seo-jun lo acorraló de inmediato contra la madera de la puerta, utilizando su propio cuerpo para restarle cualquier espacio de movimiento.
—Te tardaste —susurró Seo-jun, su voz sonando mucho más grave y oscura en la intimidad del cubículo.
—Fueron ocho minutos, Jun. No exageres —replicó Min-jae, intentando mantener su tono altanero habitual, aunque su respiración ya se había alterado por completo al sentir el pecho firme de Seo-jun presionando contra el suyo.
—Ocho minutos viéndote desde mi mesa mientras tus amigos te revisaban el cuello —dijo Seo-jun. Su mano libre subió directo a la base de la garganta de Min-jae, sus dedos presionando con fuerza deliberada justo encima de la marca—. Te quitaste la chaqueta a propósito, ¿verdad, Jae? Te encanta provocarme enfrente de todos.
Min-jae soltó un jadeo, su cabeza inclinándose ligeramente hacia atrás contra la puerta por la presión del agarre. Una sonrisa desafiante, casi dolorosa por las ganas que le tenía, apareció en sus labios.
—¿Y qué si lo hice? Tenía calor, Jun. No es mi culpa que no sepas controlar tus impulsos debajo de una mesa de trabajo —provocó Min-jae, clavándole las uñas en los hombros a través de la sudadera negra—. Casi haces que Ji-hoon se diera cuenta. Estás loco.
—Loco me tienes desde anoche —respondió Seo-jun entre dientes.
Sin darle tiempo a replicar, Seo-jun atacó sus labios con una violencia hambrienta. El beso fue rudo, cargado de la frustración de haber tenido que contenerse durante horas en el salón de clases. Min-jae abrió la boca de inmediato, recibiendo la lengua de Seo-jun con la misma desesperación, dejando caer la carpeta con el reporte escolar al suelo. Las hojas se esparcieron por el piso mugriento, pero a ninguno le importó.
Seo-jun bajó las manos hasta la cintura de Min-jae, metiéndolas por debajo de su playera para tocar la piel desnuda de su espalda. El contraste de sus palmas cálidas contra la piel sensible hizo que Min-jae se estremeciera, arqueando el cuerpo para pegarse más a la erección que ya se marcaba claramente en los pantalones de Seo-jun.
—Jun... alguien puede entrar a buscar un multímetro —consiguió articular Min-jae cuando Seo-jun bajó el beso hacia su mandíbula, mordiendo justamente sobre la herida de la noche anterior.
—Que entren —gruñó Seo-jun, sus manos bajando con urgencia para desabrochar el cinturón de Min-jae—. Que vean exactamente de quién eres.
Con movimientos torpes por la prisa y la falta de espacio entre los estantes metálicos, Seo-jun empujó los jeans y la ropa interior de Min-jae hacia abajo, liberando sus piernas. Min-jae tuvo que sostenerse del hombro de Seo-jun para no perder el equilibrio, su respiración volviéndose un eco de jadeos agudos que resonaban en las paredes del cubículo.
Seo-jun no perdió el tiempo. Sacó su propio miembro, que ya goteaba de anticipación, y buscó un pequeño bote de lubricante que convenientemente había traído consigo en el bolsillo de la sudadera. Vertió el líquido sobre sus dedos y preparó la entrada de Min-jae con brusquedad, empujando dos dedos de golpe.
—¡Ah! Jun, más despacio... —suplicó Min-jae, mordiéndose el dorso de su propia mano para no gritar. El dolor inicial se mezcló rápidamente con una ola de placer líquido que le entumeció las piernas.
—No hay tiempo para ir despacio, Jae. La clase termina en veinte minutos —respondió Seo-jun, su rostro perlado de sudor mientras sacaba los dedos y posicionaba su punta directamente en la entrada estrecha.
Seo-jun sujetó a Min-jae por los muslos, obligándolo a levantar una de sus piernas para abrirle el paso por completo. Con un solo empuje firme y ascendente, se hundió en él hasta el fondo.
El impacto hizo que Min-jae abriera los ojos de golpe, las lágrimas de la saturación de placer asomando en sus pestañas. Su cabeza golpeó suavemente contra la puerta de madera, y un gemido desgarrado se le escapó de la garganta, siendo devorado inmediatamente por la boca de Seo-jun, quien lo volvió a besar para acallar sus ruidos.
Seo-jun comenzó a moverse con un ritmo rápido, corto e implacable. El espacio reducido los obligaba a mantener un contacto total, piel con piel, escuchando el eco húmedo de sus cuerpos chocando en la penumbra del cubículo. Cada estocada de Seo-jun encontraba el punto exacto que hacía que las manos de Min-jae se clavaran con desesperación en su espalda, arañando la tela de su ropa.
—Eres un maldito animal... —jadeó Min-jae entre los besos, con sus caderas moviéndose por puro instinto, buscando más de esa fricción sucia y prohibida.
—Cállate y apriétame más, Jae —ordenó Seo-jun, incrementando la velocidad. Sus embestidas se volvieron tan fuertes que la puerta de madera vibraba levemente con cada golpe—. Dime quién te está rompiendo el orgullo en este momento.
—Tú... ¡ah! Seo-jun... eres tú —gimió Min-jae, perdiendo por completo la cabeza mientras su propio miembro, rozando contra la mezclilla de Seo-jun, llegaba al límite sin siquiera ser tocado.
Min-jae se corrió primero con un espasmo violento, manchando la sudadera de Seo-jun y la madera de la puerta. Las paredes internas de Min-jae se contrajeron con tanta fuerza alrededor de Seo-jun que este no pudo soportarlo más; dio tres estocadas profundas, enterrándose hasta la raíz, y se vino dentro de él con un gruñido ronco, llenándolo con su calor mientras su cuerpo temblaba por el clímax.
Se quedaron así durante un par de minutos, jadeando con las frentes unidas, escuchando únicamente el sonido de sus corazones desbocados en el pecho del otro. El peligro de ser descubiertos disminuyó gradualmente, dejando solo el peso de la realidad.
Seo-jun se retiró lentamente, ayudando a Min-jae a subir sus pantalones mientras limpiaba los rastros del encuentro con unos pañuelos que sacó del bolsillo. Min-jae se apoyó contra el estante, tratando de recuperar el aire y la compostura antes de tener que salir al pasillo lleno de estudiantes.
Seo-jun se agachó y recogió las hojas del reporte que se habían esparcido por el suelo. Las sacudió un poco y se las entregó a Min-jae, dedicándole una mirada cargada de una posesividad absoluta.
—Tu reporte está listo, novio —dijo Seo-jun, enfatizando la última palabra con una sonrisa de lado—. Ahora sal tú primero. No queremos que Tae-hyun empiece a hacer preguntas antes de tiempo.
Min-jae tomó las hojas, acomodándose el cuello de la playera para ocultar lo que pudiera. Miró a Seo-jun a los ojos, recuperando un poco de su habitual brillo competitivo.
—Espero que tu código sea tan bueno como esto, Jun, porque si me ganas la nota del lunes por una décima, juro que te voy a hacer pagar esto en tu propia cama.
—Estás invitado cuando quieras —respondió Seo-jun con una última caricia rápida en su mejilla antes de dejarlo salir.