Marcos Castro, el implacable director de Apex Dynamics, cree que el control lo es todo hasta que la humilde camarera Sara tropieza con él. Ella trabaja sin descanso para pagar deudas médicas y posee una dignidad inquebrantable que fascina a Marcos, desatando en él una peligrosa obsesión.Para acercarse, él le ofrece empleo en su empresa. Sin embargo, Sara desconfía de los ricos y rechaza sus lujos, obligando al magnate a bajarse de su pedestal para ganarse su corazón. Entre el orgullo y una pasión salvaje e incontenible, ambos inician un intenso juego de seducción.La situación se complica cuando los secretos del pasado de Sara salen a la luz y un enemigo corporativo intenta usarla para destruir la compañía. El hermético empresario tendrá que decidir si es capaz de quemar su propio imperio con tal de proteger a la mujer que se convirtió en su dulce perdición.
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CAPITULO 12. LA PRIMERA SOMBRA
El lunes por la mañana irrumpió en las oficinas de Apex Dynamics con un cielo despejado que contrastaba con el torbellino de emociones que dominaba la planta ejecutiva. Detrás del mostrador de recepción, Sara revisaba los albaranes de entrega de los componentes mecánicos con una concentración férrea, pero un leve rubor carmín tiñó sus mejillas almendradas en cuanto las puertas del ascensor privado se abrieron de par en par.
Marcos cruzó el pasillo flanqueado por su habitual equipo de ingenieros, luciendo impecable con un traje sastre gris marengo de tres piezas. Mantenía esa presencia robusta, imponente y hermética que solía congelar el ambiente corporativo, pero al pasar frente al mostrador, sus ojos oscuros descendieron y se clavaron en Sara durante dos largos segundos. Fue un cruce de miradas cargado de una complicidad y una posesividad tan intensas que a ella se le aceleró el pulso a niveles alarmantes. Cumpliendo estrictamente el pacto de confidencialidad que habían firmado en la oficina, Marcos se limitó a dedicarle un sutil saludo de cortesía antes de encerrarse en su despacho acristalado, donde la fragancia a cuero negro y cedro ahumado que dejaba a su paso volvió a desestabilizar la tranquilidad de la joven.
A las once de la mañana, Lucía se acercó al mostrador con una pequeña carpeta azul en las manos. La hermana menor de Marcos mantenía su habitual sonrisa inteligente y afectuosa de asistente de gestión.
—Sara, necesito un favor enorme —le pidió Lucía en un murmullo confidencial—. El departamento de aduanas ha retenido los documentos físicos de homologación de los nuevos neumáticos en las oficinas de la empresa de mensajería que está en el callejón trasero del polígono industrial. Como tengo que entrar a la junta técnica con Marcos y mi padre ahora mismo, ¿podrías acercarte a recogerlos? Está a solo cinco minutos a pie cruzando la zona de los hangares viejos.
—Por supuesto, Lucía. Me encargo de ello de inmediato —respondió Sara, agradeciendo la oportunidad de salir a que le diera el aire fresco para aclarar sus ideas.
Se puso una chaqueta ligera sobre su blusa blanca y su falda de tubo negra, tomó las llaves de la recepción y salió del edificio principal. El polígono industrial vibraba con el sonido lejano de los motores de prueba y los camiones de carga, pero a medida que Sara se alejaba de la sede de Apex Dynamics y se adentraba en el callejón trasero que dividía los almacenes antiguos, el bullicio corporativo comenzó a desvanecerse, reemplazado por un silencio gris y opresivo.
Caminaba a paso rápido entre las pesadas paredes de hormigón, con la carpeta de cuero contra su pecho, cuando el sutil pero ronco sonido de un motor antiguo rompió la quietud del callejón.
Un sedán de color oscuro y cristales tintados avanzó por la calzada agrietada, acelerando de forma repentina antes de frenar en seco justo en mitad del paso, bloqueándole la salida hacia la avenida principal. El corazón de Sara dio un vuelco violento en el pecho, y un sudor helado le recorrió la nuca al reconocer la matrícula del vehículo. El pánico, una angustia primitiva vinculada a las peores noches de su pasado en la periferia, le oprimió la garganta de golpe.
La puerta del conductor se abrió con un chirrido metálico y un hombre bajó del automóvil, plantándose en mitad del callejón con una sonrisa cínica que le revolvió el estómago a la joven.
Era Julián. El padre biológico de Matías y el causante de las deudas asfixiantes que casi destruyen la vida de Sara antes de que ella lograra huir del barrio. Vestía una chaqueta de cuero desgastada, tenía una mirada ambiciosa y descuidada, y sostenía un cigarrillo entre los dedos.
—Vaya, vaya... Miren a quién tenemos aquí —exclamó Julián con un tono de voz áspero y burlón, barriendo la silueta elegante de Sara con una desfachatez que la hizo dar un paso atrás contra la pared de hormigón—. Te busqué por todo el barrio de la periferia durante semanas, Sara. Quién iba a decir que la orgullosa camarera se había mudado al polígono de lujo para convertirse en la secretaría personal de los millonarios de la familia Atelier. Te ves muy hermosa con esa blusa cara.
Sara apretó la carpeta contra su vientre con dedos helados, forzando una rigidez orgullosa a pesar de que el terror la atenazaba por dentro. No iba a mostrar debilidad ante el hombre que la había abandonado a su suerte con un bebé de meses.
—¿Qué haces aquí, Julián? No tengo nada que hablar contigo. Apártate de mi camino o llamaré a la seguridad de la fábrica ahora mismo —amenazó Sara con una voz que intentó mantener clara y nítida.
Julián soltó una carcajada seca, dando dos pasos hacia ella, invadiendo su espacio físico con una agresividad peligrosa que la dejó acorralada entre los almacenes.
—No te vas a atrever a llamar a nadie, preciosa —susurró Julián, entornando los ojos con una frialdad gélida—. Sé perfectamente el apellido del hombre que te trajo en su coche deportivo el viernes por la noche. Sé que trabajas para Marcos Atelier. Y he venido a cobrar lo que me corresponde. Si no quieres que me presente en el despacho principal de tu jefe a contarle el tipo de mujer que metió en sus oficinas, o a iniciar una disputa por la custodia de mi hijo Matías que arruine tu perfecta reputación, vas a tener que pagarme una generosa compensación económica. Quiero cincuenta mil euros antes del viernes, Sara. Así que ya puedes ir pidiéndole un adelanto a tu adinerado protector.
Sara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies y una lágrima de pura impotencia y rabia amenazó con brotar de sus ojos color miel. La primera sombra de su pasado había regresado, desestabilizando por completo la poca paz que el pacto de la oficina había construido, lista para usar el amor por su hijo como un arma de extorsión. No tenía la menor sospecha de que, al final del callejón, el potente y rugiente deportivo negro de Marcos Atelier acababa de doblar la esquina a toda velocidad; el directivo, que había salido de la junta antes de tiempo preocupado al notar la ausencia de Sara en el mostrador, presenció la escena de acoso desde la distancia, apretando la mandíbula con una furia ultraprotectora y salvaje que estaba a punto de desatar un auténtico terremoto en el polígono.