Elena busca el orden y la perfección; Julián vive bajo sus propias reglas. Cuando sus caminos se crucen en la academia, descubrirán que el destino tiene un plan completamente diferente para los dos. ¿Podrá el amor romper sus defensas?
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Entre líneas y miradas
La biblioteca de la academia, a esa hora de la tarde, se convertía en un santuario de sombras y ecos distantes. El olor a papel viejo y cera de madera solía ser el refugio favorito de Elena, el único lugar donde sentía que tenía el control absoluto sobre su destino. Sin embargo, hoy, ese aire familiar se sentía asfixiante. Cada vez que inhalaba, no era el aroma de los libros lo que llenaba sus pulmones, sino el perfume amaderado y persistente de Julián, quien estaba sentado a una distancia peligrosamente corta.
Elena mantenía la vista clavada en su manual de derecho civil, pero las letras parecían bailar frente a sus ojos, burlándose de su supuesta disciplina. Su mente, traicionera y rebelde, no dejaba de repetir la escena del pasillo. El roce de sus manos, la forma en que Julián la había desafiado con la mirada frente a todos... esa provocación que le había recordado que, debajo de su armadura de estudiante perfecta, latía un corazón hambriento de algo que no venía en los libros de texto.
—¿Vas a subrayar todo el párrafo o solo estás esperando que el papel se incendie con tu mirada? —la voz de Julián, baja y cargada de una ironía aterciopelada, rompió el silencio.
Elena apretó el marcador con fuerza, sintiendo cómo el calor subía por su cuello. Se obligó a cerrar el libro con una parsimonia que no sentía y se giró hacia él. Julián no estaba estudiando; tenía un brazo apoyado en el respaldo de la silla de Elena y la observaba con una fijeza que la hacía sentirse desnuda.
—Vine aquí porque supuestamente necesitabas ayuda con los casos prácticos, Julián —replicó ella, tratando de recuperar su tono de superioridad—. Si tu plan es hacerme perder el tiempo con tus comentarios sarcásticos, puedo irme ahora mismo.
Julián soltó una risa seca, un sonido que vibró en el pecho de Elena.
—Siempre tan a la defensiva, Elena. ¿De qué tienes tanto miedo? ¿De que alguien descubra que no eres tan fría como pretendes, o de que yo sea el único capaz de ver lo que escondes detrás de esos anteojos y esa postura rígida?
—No tengo miedo de nada —mintió ella, clavando sus ojos en los de él, aceptando el duelo.
—Mientes —sentenció Julián, inclinándose hacia adelante.
El movimiento fue lento, deliberado, obligando a Elena a retroceder hasta que su espalda chocó contra el frío metal del estante de libros que tenían detrás. El espacio personal desapareció. Julián apoyó una mano en la mesa, acorralándola, mientras la otra buscaba el mechón de cabello que siempre se escapaba del peinado perfecto de Elena.
—Tienes miedo de lo que pasa cuando dejas de pensar y empiezas a sentir —susurró él, y esta vez no había rastro de burla en su voz, solo una intensidad cruda—. Tienes miedo de que lo que pasó en el pasillo se repita aquí, donde nadie puede interrumpirnos.
Elena sintió que el mundo exterior desaparecía. Solo existía el sonido rítmico de la respiración de Julián y el latido desbocado de su propio corazón, que golpeaba contra sus costillas como un animal enjaulado. Julián deslizó sus dedos por la mejilla de ella, una caricia tan suave que dolió. El contraste entre su rudeza habitual y esa delicadeza inesperada fue el golpe final para la resistencia de Elena.
—Tú también provocaste esto, Elena —continuó él, bajando la voz hasta convertirla en un secreto compartido—. No me pidas que estudie leyes cuando lo único que quiero es romper cada una de las reglas que nos separan.
Elena abrió la boca para protestar, para decir que aquello era una locura, que su carrera y su reputación estaban en juego, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Julián acortó la distancia final, sus rostros a milímetros de distancia, lo suficiente para que Elena pudiera ver los destellos dorados en sus pupilas oscuras. En ese rincón olvidado de la biblioteca, rodeados de leyes y teorías, Elena comprendió que el examen más difícil de su vida no se resolvería con una pluma, sino con la entrega total a ese torbellino de emociones que Julián había desatado en ella. El silencio se volvió absoluto, cargado de una promesa que estaba a punto de cumplirse, mientras Elena cerraba los ojos, dejando que la lógica se perdiera en las sombras.