Julián Zaragoza lo tiene todo bajo control, excepto su propia vida. A sus 30 años, es el frío y respetado director de una firma de administración aduanera internacional, viudo y padre soltero de una rebelde joven de 18 años. El estrés corporativo y la rutina lo están asfixiando por dentro.
Entonces conoce a Esther Molina.
Ella tiene 27 años, una hija pequeña a la que proteger y un pasado oscuro que dejó atrás: años atrás, trabajó en un prostíbulo. Cuando Julián descubre su secreto, no la juzga. Ve en ella la vía de escape perfecta.
La propuesta de Julián es tan directa como indecente: una relación puramente física. Sin citas, sin preguntas sobre sus vidas personales, sin involucrar a sus hijas y, sobre todo, sin enamorarse. Un pacto donde la única regla es el placer absoluto para olvidar el mundo exterior.
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Investigación
La imagen de Esther rota, llorando inconsolable sobre mi pecho después de habernos entregado al deseo, no me había dejado pegar un ojo en toda la noche. Su cuerpo había reaccionado a mi fuego, como siempre, pero su alma había estado a kilómetros de distancia, atrapada en un terror que yo no alcanzaba a comprender. Sabía que no era por mi rudeza en la cama; Esther me deseaba tanto como yo a ella, nuestra química era una adicción mutua que nos consumía las entrañas. Había algo más. Algo oscuro de su pasado la estaba acechando, y mi instinto posesivo y protector no me iba a permitir quedarme de brazos cruzados.
A las ocho de la mañana, ya estaba sentado detrás de mi escritorio de caoba en la oficina principal. Me quité el saco gris, me aflojé el nudo de la corbata y llamé a una línea directa que solo usaba para asuntos de extrema confidencialidad corporativa.
—Silva —dije en cuanto atendieron, con mi voz ronca cargada de esa autoridad que hacía temblar a los empleados—. Necesito un rastreo inmediato. Quiero saber quién ha estado rondando el edificio de Esther Molina en los últimos tres días. Cruza las cámaras de seguridad de la aduana de la zona portuaria con los archivos policiales de la división de trata y extorsión. Muévete.
El poder y el dinero sirven para muchas cosas, pero en mi mundo, sirven principalmente para comprar información y lealtades en tiempo récord. No pasaron ni cuatro horas antes de que Silva, mi contacto de confianza en la policía federal, entrara a mi despacho privado portando un sobre de manila amarillo.
—El nombre es Mario Benítez —explicó Silva, manteniendo una distancia respetuosa—. Operaba una red de prostitución clandestina hace unos años. Esther Molina estuvo registrada en sus archivos de "deudoras" antes de desaparecer del radar. Las cámaras del vecindario lo captaron acorralándola en un callejón anoche. Según nuestros informantes, el tipo descubrió que ella frecuenta un hotel de lujo y está buscando un cobro de cincuenta mil dólares para no revelar su pasado.
La sangre se me congeló por un microsegundo, para luego convertirse en lava hirviendo que me subió por el cuello.
Mis manos se cerraron en puños sobre el escritorio, arrugando las esquinas del informe. La sola idea de ese desecho humano tocando la piel de Esther, amenazándola con arrebatarle su libertad y la custodia de Sofía, despertó en mí un monstruo primitivo. Sentí una furia ciega, un impulso violento de destruirlo con mis propias manos. Esther había sido vendida, maltratada, y ahora que estaba en mis brazos, bajo mi protección silenciosa, este imbécil pretendía volver a arrastrarla al fango.
—Déjamelo a mí, Silva —siseé, con una sonrisa fría y calculadora que asustó al propio oficial—. No metas a la policía en esto. Cancela cualquier orden. Yo me voy a encargar de este tipo por mi cuenta.
—Señor Zaragoza, es un tipo peligroso...
—Yo soy más peligroso, Silva. Y tengo más presupuesto. Retírate.
Cuando me quedé solo, me levanté del asiento, sintiendo la adrenalina correr salvaje por mis venas. La atracción que sentía por Esther ya no era solo una cuestión de sábanas húmedas y gemidos en la oscuridad; era una devoción absoluta. Iba a usar cada centavo de mi cuenta bancaria y cada contacto de mi imperio aduanero para borrar a ese fantasma de su vida. Ella quería independencia, temía que yo la controlara, pero esta vez no le iba a pedir permiso para salvarla.
A media tarde, bajé al estacionamiento privado. Sabía perfectamente dónde se escondía Benítez gracias al rastreo satelital que había pagado. Antes de subir a mi sedán negro, vi a Esther a lo lejos, empujando su carrito de limpieza en el área de mantenimiento. Su uniforme azul le marcaba la cintura de esa manera que me volvía loco, pero caminaba con los hombros caídos, asustada.
Nuestras miradas se cruzaron a la distancia por un breve segundo. Sus ojos almendrados reflejaban una profunda sensibilidad, una súplica muda de auxilio que me encendió el vientre. Le sostuve la mirada con una fijeza letal, transmitiéndole todo el magnetismo oscuro de mi posesividad. *«Espera un poco más, mi amor»*, pensé, mientras encendía el motor con un rugido potente. *«Nadie vuelve a tocar lo que es mío»*.
Conduje hacia los barrios bajos del puerto, con el maletín lleno de billetes en el asiento del copiloto, listo para comprar la desaparición definitiva de Mario Benítez. El trato del hotel estaba roto, las reglas corporativas no significaban nada; iba a limpiar su pasado con mi poder, aunque eso significara romper los límites de la ley.