Una historia sobre las cicatrices del pasado, las decisiones imposibles y la dolorosa lección de que, a veces, incluso el amor más intenso necesita ser Cuestión de tiempo.
NovelToon tiene autorización de Dalia2026 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 20 Oasis de fuego
El cansancio me estaba calando hasta los huesos. Habían pasado dos días desde mi llegada a Nueva York y la situación con la hipoteca de la casa era un laberinto burocrático que parecía no tener salida. Pasé toda la mañana de un banco a otro, firmando poderes y revisando cláusulas junto al abogado que Dominic había contratado. Sentía la cabeza a punto de estallar y el pecho oprimido por la frustración de ver a mi madre tan vulnerable.
A media tarde, decidí caminar un poco para despejarme antes de regresar a la casa. Me refugié en una pequeña cafetería, un rincón apartado y silencioso donde esperaba, al menos por una hora, desconectarme del mundo. Tenía la taza de café entre las manos, la mirada perdida en el ventanal, intentando descifrar cómo mi vida había dado un vuelco tan drástico en cuestión de días.
De repente, la campanilla de la entrada sonó. No levanté la vista, pero un escalofrío inmediato me recorrió la nuca. El aire de la cafetería pareció cambiar, volviéndose denso, pesado, conocido.
Cuando alcé la mirada, mi corazón se detuvo.
Liam estaba de pie junto a la puerta, buscandome en el lugar con sus ojos claros hasta que se clavaron en mí. Dominic le había prohibido buscarme, pero Liam nunca había sido un hombre de seguir reglas cuando se trataba de lo que deseaba. Caminó hacia mi mesa a pasos firmes, con esa seguridad arrolladora que siempre lo había caracterizado, aunque sus ojos reflejaban la misma angustia de los últimos meses.
—Te dije que no te aparecieras, Liam —dije, intentando mantener la voz firme mientras me ponía de pie, sintiendo que las piernas me temblaban—. Dominic te lo advirtió. No tengo cabeza para esto ahora.
—Me importa un demonio lo que haya dicho Dominic, Zoe —respondió él, deteniéndose a solo unos centímetros de mí. Su cercanía me mareó; olía exactamente igual a como lo recordaba—. Supe lo de tu papá y no iba a dejarte sola en esto. Pero, sobre todo, no iba a pasar un segundo más sabiendo que estás en la misma ciudad sin mirarte a la cara.
—¿Mirarme para qué? —le recriminé, sintiendo que la rabia y la vulnerabilidad se mezclaban en mi garganta—. ¿Para seguir con la misma farsa? Estás casado, Liam. Me llamaste desesperado hablando de un hijo, de dinero, de un divorcio que no sé cuándo va a llegar. Yo estoy intentando rehacer mi vida en Londres, y tú solo vienes a desestabilizarme.
—¡Vengo porque me estoy muriendo sin ti! —exclamó en un susurro ahogado, acortando la distancia y tomándome suavemente de los brazos—. No es una farsa, Zoe. Cada palabra que te dije es real. No soporto a Tiffany, la mantengo lejos con dinero, pero no puedo tirar todo por la borda hasta que mi hijo nazca y esté a salvo. ¿Es tan difícil de entender? Sigo atrapado en ese infierno por responsabilidad, pero mi mente, mi cuerpo y mi maldito corazón te pertenecen a ti.
Lo miré a los ojos, y el blindaje que había construido con tanto esfuerzo en Inglaterra empezó a agrietarse. Estaba agotada de pelear contra los problemas de mi familia, cansada de ser fuerte, y tenerlo ahí, profesando su amor con esa intensidad tan salvaje, me debilitó por completo. La rabia en mi pecho se transformó en un deseo acumulado durante meses de distancia.
Liam notó el cambio en mi mirada. Sus ojos bajaron a mis labios y, sin darme tiempo a reaccionar, acortó el último milímetro de distancia.
Me besó.
Fue un beso hambriento, desesperado, un choque de labios que llevaba guardado todo el dolor de la separación y la furia de los celos. Mis manos, que segundos antes pretendían empujarlo, se enredaron en su cabello con la misma urgencia. Olvidé el banco, olvidé a Tiffany, olvidé las promesas de paz en Londres. En ese instante, solo existía el calor de su boca y la necesidad mutua de borrarnos el mapa.
Liam me separó apenas unos centímetros, respirando agitado, con la mirada encendida.
—Ven conmigo, Zoe. Solo unas horas. Por favor —suplicó, pegando su frente a la mía.
No hubo espacio para la razón. Sabía perfectamente que no debía hacerlo, que esto complicaría las cosas, pero el cansancio emocional me hizo querer huir de la realidad por un momento. Decidí que, al menos por esa tarde, me daría el permiso de disfrutar de un breve lapso de lo que alguna vez fue mío.
Fuimos a su departamento privado, el rincón que Tiffany no pisaba. En cuanto la puerta se cerró a nuestras espaldas, la ropa se convirtió en un estorbo. Nos entregamos a una pasión ciega, intensa y desbocada, como si quisiéramos recuperar el tiempo perdido en una sola tarde. Sus manos recorrieron mi piel con una familiaridad que me hizo gemir, y cada caricia suya se sintió como un regreso a casa, un oasis de fuego en medio de toda mi tormenta familiar. Nos amamos con la fuerza de los que se saben prohibidos, sin promesas de un futuro, aferrados únicamente al presente que quemaba entre las sábanas.
Horas más tarde, la habitación quedó sumida en un silencio pacífico. Estaba recostada sobre su pecho, escuchando los latidos de su corazón, sabiendo que este oasis era temporal. Mi mente ya estaba regresando a la realidad: la hipoteca seguía allí, mi posgrado en Londres me esperaba, y la esposa embarazada de Liam seguía existiendo. Pero por unas horas, el dolor le había cedido el paso al placer.