Durante diez años, Rebecca le volvió la espalda al pasado, decidiendo aceptar la traición de Jay Lorence y abrirse paso sola en la vida. Pero ahora, nada podía apartarla del lecho de su madre; ni siquiera para enfrentarse a Jay de nuevo... Después de todo, él jamás se molestó en averiguar qué le sucedió a la adolescente que huyó de Thornley, jurando nunca regresar, ni cómo sobrevivió la chica cuyo amor y confianza rechazó con tanta crueldad...
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Capítulo 23
Abrió los ojos azules, brillantes, que captaron lo que la rodeaba al instante.
- ¿Por qué? -preguntó Rebecca.
El sonrió, sin pretender mal interpretarla y se apoyó sobre un codo, burlándose de ella.
-Quiero recuperar a mi hijo -le confesó-. A cualquier precio, pero prefiero la ruta más fácil, de ser posible. Tú eres esa ruta, Rebecca. Por medio de la madre, recuperará a mi hijo -le tocó la comisura de la suave boca con un dedo y clavó los ojos en esos labios temblorosos que lo deseaban, sonriendo con seca satisfacción.
- ¿Planeaste todo esto? -indagó, alelada por esa astucia sin piedad.
- ¿En que crees que pensaba durante el largo trayecto hacia acá?-se mofó- ¿En cómo tenerte a mi merced? -Parecía que decía la verdad-. No soy tonto, Rebecca, aunque así me consideres. La manera más deliciosa de recuperar a mi hijo es por medio de ti. Tienes que estar de mi parte para que me acepte.
-No entiendo cómo seducirme te ayudará a lograr tus fines -frunció el ceño.
- ¡Claro que lo entiendes! -se mofó, suave, sonriéndole perezoso y explorando, su cuerpo con una mano. Al instante ella contuvo el aliento y el fuego que la sacudió la hizo arquearse contra esa mano, y Jay soltó una carcajada de triunfo-. ¿Ves? -la retó-. ¡Eres mía, Rebecca! Sólo tengo que tocarte, de esta manera... -lo volvió a hacer y ella volvió a responder del mismo modo, indefensa-, para que me obedezcas en todo lo que se me ocurra, con tal de que te ame con mi cuerpo.
- ¡Dios mío! -se ahogó, cerrando los ojos para no ver el triunfo que se pintaba en su rostro. Se sumía, mareada, en la mañana cálida, ardorosa, de su maldito deseo- ¡Te odio!
-Pero estás lista para recibirme -le informó con crueldad, montándola, abriéndole los muslos y penetrándola con rudeza, con un impulso violento que la obligó a soltar una exclamación de deleite-. Dilo, Rebecca -le ordenó, con el rostro sombrío a unos centímetros del de su amante. Volvió a impulsarse con las caderas y ella volvió a gemir, dándole la bienvenida-. Dilo. ¡Quiero que lo digas!
- ¿Qué diga qué? -gimoteó, desesperada.
Otro impulso, otro suspiro de placer vergonzoso.
-Ya sabes, pequeño tormento. Dilo, maldición, o te juro que jugaré contigo de ese modo hasta que te mueras de la frustración.
Se impulsó de nuevo y ella se arqueó con fuerza, bajo su cuerpo.
-Te deseo, Jay-grito, acariciándole los fuertes brazos, apretando los hombros musculosos-. Te deseo -repitió, ronca.
- ¿Cuánto?
¿Cuánto me deseas, Becky?
¡Con todo mi cuerpo, Jay!
- ¡Todo mi cuerpo, Jay! -jadeó-. Todo mi cuerpo te desea.
Ese acto de rendición la llenó de despreció, abrió los ojos y vio las pupilas grises vibrando de urgencia y de odio. Leyó el triunfo en esa expresión tensa de deseo y, como un animal le enterró las uñas, marcándole el pecho.
Gritó, arqueándose de dolor, temblando, y su cuerpo se hinchó dentro de Rebecca excitado, quemándose en el clímax del placer y la ira, exaltándola porque le demostraba que Jay no era menos vulnerable a la pasión quemante que le demostraba.
- ¡Gata del infierno! -gruñó, fulminándola con los ojos y luego soltó una carcajada y los dos Jay, el joven y el de hoy, se superpusieron para aprisionarle los cabellos, formando un nudo y tirarle la cabeza hacia atrás, contra las almohadas, de modo que su boca pudiera besarle la garganta desnuda y expuesta, para bajar por su cuello de seda hasta el hombro.
Entonces, el ritmo de sus cuerpos amenazó lanzarlos fiera del mundo y él murmuró, enloquecido: -
-Dios mío, ¿cómo he podido vivir durante tanto tiempo sin esto?
¿Cómo?, se preguntó ella, mareada, triste, mientras sus sentidos exaltados le comunicaban una intensa melancolía.
Se quedó acostada, demasiado débil para hacer algo más que observarlo, lánguido, moviéndose por la pequeña habitación sin percatarse de la turbadora atracción que ejercía sobre ella.
Sus largas piernas, soberbias con las cuerdas de músculos, subían como dos columnas firmes y delgadas hasta una cintura sin un gramo de grasa innecesaria. La delgada forma de su cuerpo se expandía en el pecho de acero, cubierto de vellos rizados y oscuros, para terminar en dos hombros poderosos. Hacía diez años el cuerpo de Jay le parecía un espectáculo maravilloso cuando estaba desnudo. Ahora había ganado en madurez, se afinó al convertirse en la perfección de la virilidad.
El se volvió y la sorprendió estudiándolo, clavando sus ojos azules en la figura horizontal, sonrojada por las marcas de su amor.
-Eres mía, Rebecca -afirmó tajante-. Recuérdalo cuando Kit regrese a casa. Puede significar para ti la diferencia entre conservarlo o perderlo.
-No me amenaces, Jay -le pidió en voz baja, demasiado perezosa para enojarse. Y, de cualquier modo, ya lo había aceptado, mucho antes, que le pertenecía... como siempre. Aun cuando él la despreciaba. - No has cambiado mucho con los años, ¿verdad? -Opinó, traviesa-. Todavía eres un tipazo.
Jay sonrió, sin poder evitarlo y se inclinó sobre la cama.
-Tampoco tú, mi amargo tormento -murmuró, dándole un beso en sus generosos labios-. Y para probarlo, con estas marcas -agregó, apartándose para que ella mirara las dos líneas que dejaron sus uñas en el torso, hasta la pared cóncava del estómago.
Le sostuvo la mirada, sin el menor remordimiento y él se rió, con una risa tenue, moviendo la cabeza morena, antes de pasarle un dedo por el cuello adolorido...
-Pero yo también te marqué, mi hermosa -le informó, regodeándose, riéndose de nuevo-. Solían llamarlas señales de amor, pero yo prefiero catalogarlas como mi marca de posesión personal... Rebélate, Rebecca -le advirtió-, y te demostraré que la impresionante fachada de frialdad con la que te has disfrazado a través de los años, se cae a pedazos en cuanto yo quiera.
La besó de nuevo, en los labios y con rapidez, antes de apartarse de su lado.
-Levántate -sugirió-. No deseo que mi hijo llegue para encontrar a su madre en la cama, esperando que su amante vuelva a poseerla.
-Eres un malvado, Jay, un verdadero bastardo -murmuró, mientras se obligaba a moverse y luego se quedó quieta cuando él se volvió, furioso.
-Yo no lo soy, pero mi hijo sí -le escupió-. Un error que rectificaré en la primera oportunidad que tenga.
Levántate -repitió, rehusándose discutir el tema. - Iré a prepararme un café.
Y se fue, dejando que Rebecca se preguntara, mordiéndose el labio inferior, cuántos planes ideó Jay, durante el trayecto de Yorkshire a Londres, la noche anterior...