Leonardo Fontana, es un joven de 22 años, italiano, heredero de una importante casa de moda. Acostumbrado a una vida de excesos, se ve forzado a madurar de la noche a la mañana, y reacomodar su vida a los nuevos desafíos que le trae.
NovelToon tiene autorización de Kyoko... para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 12
Leonardo
Desperté cuatro horas después con el olor a café y a algo más. Algo que no había olido en mi penthouse nunca.
Comida.
Me incorporé con la lentitud de un zombi y vi a Vale en la cocina. Lucía estaba en su moisés, despierta pero tranquila, mirando un móvil de colores que no estaba allí antes. Tomas dormía aún, con su pequeño puño apretado junto a la cara.
—¿Qué hora es?
pregunté, con la voz pastosa.
—Mediodía. Has dormido cuatro horas. Los mellizos también. Lucía despertó hace un rato, pero está tranquila. Y he hecho pasta.
—¿Pasta?
—Con tomate. La receta de mi madre. No es nada del otro mundo, pero es comida de verdad, que es lo que necesitas.
Me puse de pie con esfuerzo. La espalda me dolía por haber dormido en el sofa, pero el estómago me rugió cuando vi la olla humeando sobre la encimera.
—¿Por qué haces esto?
pregunté, sentándome en la isla.
Vale me sirvió un plato de pasta sin mirarme. Los tomates estaban frescos, el olor a albahaca llenaba la cocina, y por un momento el penthouse no pareció un lugar frío y de mármol. Pareció una casa.
—Porque tienes que comer
dijo, dejando el plato frente a mí.
—Y porque yo también tenía hambre y no iba a comer sola.
—Pero no es tu trabajo.
—Ya lo sé.
—Entonces...
—Leonardo
me interrumpió, con un tono que no dejaba espacio para más preguntas.
—Llevo tres días viéndote. No duermes, no comes, no te apartas de esos niños ni para ir al baño. Y sí, es admirable. Pero también es estúpido. Porque si te desmayas por no haber comido, ¿quién los cuida?
Abrí la boca para responder. La cerré. No tenía argumentos.
—Come
dijo, señalando mi plato.
— Yo vigilo a Lucía.
Tomé el primer bocado y casi me puse a llorar. No sé si era porque tenía cuarenta y ocho horas sin comer nada sólido, o porque la pasta estaba realmente buena, o porque hacía mucho tiempo que alguien no cocinaba para mí sin esperar nada a cambio.
—Está muy buena
dije, y mi voz sonó ronca.
—Lo sé. La receta de mi madre es infalible.
—¿Tu madre cocinaba mucho?
Vale se quedó quieta. Estaba inclinada sobre el moisés de Lucía, ajustándole la mantita con esos movimientos suyos que ya conocía.
—Cocinaba todos los días
dijo, sin mirarme.
— Aunque estuviéramos cansadas. Aunque no hubiera mucho. Ella decía que sentarse a comer juntas era lo único que nadie nos podía quitar.
No pregunté más. No porque no quisiera saber, sino porque en el tono de Vale había algo que decía no quiero hablar de esto. Y yo, que llevaba tres días aprendiendo a respetar los límites de dos bebés que no podían hablar, entendí que también debía respetar los suyos.
Terminé la pasta en silencio. Vale preparó biberones. Lucía empezó a gimotear, y ella la tomó en brazos con esa naturalidad que todavía me parecía un milagro.
—¿Cómo haces eso?
pregunté, dejando el plato vacío.
—¿El qué?
—Saber qué necesitan antes de que empiecen a llorar.
Vale sonrió. Era una sonrisa pequeña, apenas un gesto, pero llegó a sus ojos.
—Se aprende. En unas semanas, tú también lo sabrás.
—¿Crees?
—Lo sé. Porque los quieres. Y cuando quieres a alguien, aprendes a escucharlo aunque no hable.
Me quedé mirándola mientras daba el biberón a Lucía. El sol de la tarde entraba por los ventanales y le daba a su pelo un tono cobrizo que no había visto antes. Su uniforme celeste estaba manchado de algo que podría ser puré de tomate, y su cola de caballo se había deshecho un poco, dejando caer unos mechones sobre su cara.
No era el tipo de mujer que aparecía en las fiestas a las que yo iba. No era delgada, no usaba ropa de diseñador, no tenía ese brillo de quien ha nacido en la cima del mundo.
Pero cuando sostenía a Lucía contra su pecho, cuando le susurraba algo al oído que hacía que la niña dejara de llorar, cuando me miraba con esos ojos marrones que parecían ver todo lo que yo intentaba esconder...
Por un momento, el penthouse dejó de ser un lugar de paso. Y Vale dejó de ser la chica de la limpieza.
—¿Qué?
preguntó ella, notando mi mirada.
—Nada. Solo pensaba que... que tienes razón. Cuando quieres a alguien, aprendes a escucharlo.
Se quedó callada. Sus mejillas se sonrosaron un poco, y bajó la vista hacia Lucía con una intensidad que no requería palabras.
Tomas despertó en su moisés con un gemido que rompió el momento. Me levanté para preparar su biberón, y cuando volví, Vale ya estaba organizando su carrito de limpieza, como si nada hubiera pasado.
Pero algo había pasado. Lo sentí en el aire, en la forma en que nuestras manos se rozaron al pasar los biberones, en el silencio que se instaló entre nosotros, un silencio que no era incómodo pero tampoco era indiferente.
––––
El miércoles por la mañana, Marco llamó con los resultados del ADN.
—Los tengo, Leo
dijo su voz a través del teléfono, y en ese tono supe la respuesta antes de que la pronunciara.
— Son tuyos. Al 99.99%. Tomas y Lucía son tus hijos.
Me senté en el suelo de la sala. Otra vez. Los mellizos estaban en sus moisés, despiertos pero tranquilos, mirando el móvil de colores que Vale había colgado sobre ellos la tarde anterior.
—Leo? ¿Estás ahí?
—Sí
dije, y mi voz sonó extraña, como si no fuera mía.
—Estoy aquí.
—¿Qué vas a hacer ahora?
Miré a Tomas. Miré a Lucía. Mis hijos. Mis hijos de seis meses que habían aparecido en una canasta días atrás, que dependían de mí para todo, que no tenían a nadie más en el mundo porque su madre había decidido que no podía con ellos.
—Voy a cuidarlos
dije.
—Voy a aprender a ser su padre.
—¿Y la madre, Vas a buscarla?
La pregunta me golpeó en el pecho. La madre. La mujer que había escrito esa nota. La mujer cuya letra inicial era una S que podía ser cualquiera.
—Todavía no
respondí.
—Primero tengo que aprender a ser padre. Después... después veré qué hago.
—Está bien. Estoy aquí para lo que necesites.
Colgué el teléfono y me quedé mirando a los mellizos. Mis hijos. La palabra todavía no encajaba del todo en mi boca, pero empezaba a encontrar su lugar en mi pecho.
—Son suyos.
La voz de Vale me sobresaltó. Estaba en la puerta de la sala, con su carrito de limpieza, mirándome con una expresión que no sabía descifrar.
—¿Cuánto has escuchado?
—Lo suficiente se escuchaba desde la cocina.
Bajé la vista. No sabía por qué, pero de repente sentí vergüenza. Vale había visto mi peor versión en estos días, el pánico, la incompetencia, el cansancio. Y ahora sabía que esos niños eran míos, que su madre los había abandonado en una puerta como si fueran un paquete.
—¿Y qué piensas?
pregunté, sin atreverme a mirarla.
Escuché que se acercaba. Sentí que se sentaba en el suelo a mi lado, con los brazos envueltos alrededor de sus rodillas.
—Pienso
dijo, con voz baja.
—que Tomas tiene tu nariz. Y Lucía tiene tu forma de fruncir el ceño cuando algo no le gusta.
Me reí. Fue una risa corta, ronca, pero fue una risa.
—¿En serio?
—En serio. Y también pienso que no sabes nada de bebés, que duermes en el suelo, que no comes hasta que alguien te obliga, y que llevas tres días con la misma camisa.
—Eso último no es cierto. Me cambié ayer.
—Ah, bueno. Entonces eres un padre modelo.
La miré. Estaba sentada a mi lado, con sus jeans gastados y su camiseta negra, con el pelo suelto cayendo sobre sus hombros, con esa media sonrisa que ya me volvía loco.
—Gracias
dije.
—Por todo. Por estos días. Por no dejarme solo.
Vale me miró. En sus ojos marrones había algo que no había visto antes. Algo que no sabía cómo nombrar, pero que hacía que mi pecho se expandiera como si hubiera encontrado algo que no sabía que estaba buscando.
—No te he dejado solo porque no tienes que estarlo
dijo.
—Nadie tiene que estar solo.
—¿Y tú?
pregunté, usando las mismas palabras que ella me había dicho dos días atrás.
—¿Quién no te deja sola a ti?
El silencio se instaló entre nosotros. Largo. Profundo. Vale abrió la boca para responder, pero Tomas eligió ese momento para empezar a llorar, y el hechizo se rompió.
Ella se levantó primero. Tomó a Tomas en brazos, lo acunó contra su pecho, y empezó a caminar de un lado a otro de la sala como si llevara años haciéndolo.
Yo me quedé en el suelo, mirándola. Y por primera vez desde que esos niños aparecieron en mi puerta, supe que no quería que Vale se fuera.
No solo por los niños. Por mí.