Hay una razón por la que el Emperador Celestial jamás tomó una emperatriz.
No fue porque no pudiera amar.
Fue porque la perdió.
Treinta mil años después...
ella despierta sin recordar quién es.
Y él está dispuesto a poner de rodillas a los siete reinos para conseguir que vuelva a mirarlo como antes.
El problema es que ella ya eligió al hombre equivocado.
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Capítulo 7 : La voz que detuvo el silencio
No vuelvo a verlo durante los dos días siguientes y, para mi propia desgracia, eso me fastidia mucho más de lo que estoy dispuesta a admitir. No porque quiera verlo, claro que no. Lo que ocurre es que me quedaron demasiadas preguntas rondándome la cabeza. ¿Qué clase de emperador dedica parte de su tiempo a cuidar un jardín? ¿Por qué un hombre que, según Gabriel, lleva más de treinta mil años vivo, parece más cansado que viejo? Y, sobre todo, ¿por qué demonios cada vez que habla tengo la absurda sensación de haber escuchado esa voz antes?
Sacudo la cabeza con fuerza, como si así pudiera espantar aquellos pensamientos. Definitivamente necesito dejar de pensar en él.
—Estás muy callada.
Levanto la vista. Gabriel camina a mi lado con las manos a la espalda y una expresión que mezcla curiosidad y diversión.
—Estoy pensando.
Hace una mueca exagerada.
—Eso explica mi preocupación.
Le doy un codazo en el brazo.
—Qué grosero.
—Qué peligrosa.
La sonrisa termina escapándoseme sin permiso. Empiezo a entender por qué me resulta tan fácil hablar con él. Gabriel no intenta impresionarme ni me trata como si fuera de cristal; simplemente está ahí, habla conmigo y consigue que, por un rato, olvide que estoy en un lugar donde todo el mundo parece esconder un secreto.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras esperando que ocurra una catástrofe cada vez que abro la boca.
Gabriel se toma un momento antes de responder.
—No cada vez.
Lo miro en silencio.
—Eso no ha sonado mejor.
—Lo sé.
Seguimos caminando entre los senderos del Purgatorio. A esa hora la plaza principal está llena de almas. Algunas estudian bajo la sombra de los árboles, otras conversan alrededor de las fuentes y varias alimentan unas aves de plumaje plateado que vuelan tan bajo que casi rozan el agua. Es extraño. Si alguien me hubiera dicho que el más allá podía parecerse a esto, me habría reído en su cara.
Un grito desgarrador rompe la calma.
Toda la plaza vuelve la vista hacia el mismo punto.
Una muchacha cae de rodillas en mitad del camino con las manos aferradas a la cabeza.
—¡No...!
La palabra sale rota.
—¡No... no quiero verlo otra vez!
Algo cambia en el ambiente. No sé explicarlo. Es como si el aire se volviera más pesado y la temperatura descendiera de golpe. Las sombras comienzan a extenderse bajo sus pies y, casi al mismo tiempo, las personas empiezan a retroceder. Alguien grita que se aparten. Una mujer rompe a llorar.
—¿Qué está pasando? —pregunto sin apartar la vista de la muchacha.
Gabriel ya no sonríe.
—Está recordando.
No entiendo a qué se refiere, pero tampoco tengo tiempo para insistir. La muchacha levanta la cabeza y la expresión de su rostro me deja sin aliento. No hay rabia en ella, solo un dolor tan profundo que parece capaz de quebrar el mundo entero.
Su cuerpo empieza a temblar. Las piedras bajo sus pies se agrietan y la energía que la rodea estalla en todas direcciones. Una anciana cae al suelo. Un niño queda atrapado entre la multitud.
No lo pienso.
Echo a correr hacia él.
—¡Nirvana!
Escucho a Gabriel llamarme, pero ya es tarde.
Consigo alcanzar al niño y lo abrazo contra mí justo cuando otra onda de energía sacude la plaza. El impacto me obliga a cerrar los ojos y espero el golpe que nunca llega.
En su lugar, escucho una voz.
—Basta.
Es una sola palabra.
Y, sin embargo, basta.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, el viento ha desaparecido. Las grietas dejan de avanzar y la energía se desvanece como si jamás hubiera existido. Toda la plaza permanece inmóvil. La muchacha también. Las lágrimas continúan resbalando por sus mejillas, pero ya no hay violencia en ellas, solo una tristeza tan profunda que resulta difícil sostener la mirada.
Levanto la vista.
Azrael.
Está a unos metros de distancia. No lleva una espada, no ha levantado una mano y ni siquiera parece haber hecho el menor esfuerzo. Aun así, todo se ha detenido.
Miro alrededor. Nadie habla. Nadie se mueve. No porque tengan miedo, sino porque nadie se atreve a romper el silencio después de que él lo hizo.
Azrael comienza a caminar hacia la muchacha con una calma desconcertante. No hay prisa ni solemnidad en sus pasos, solo la serenidad de quien se acerca a alguien que necesita ayuda.
Se detiene frente a ella.
La muchacha baja la cabeza y trata de disculparse entre sollozos.
—Yo... no quería...
Él espera.
No la interrumpe.
Cuando por fin el llanto le permite terminar, Azrael se agacha hasta quedar a su altura.
—Ya ha sufrido suficiente.
No entiendo por qué esas cuatro palabras hacen que algo se contraiga dentro de mi pecho.
La muchacha rompe a llorar con más fuerza, pero esta vez es distinto. Llora como si, por primera vez en mucho tiempo, alguien le hubiera dado permiso para hacerlo.
Azrael permanece junto a ella unos segundos más antes de ponerse de pie. No añade nada. No hace falta.
Poco a poco la plaza vuelve a respirar. Las personas empiezan a moverse otra vez y solo entonces noto que el niño al que sigo abrazando tira con suavidad de la manga de mi ropa.
—Ya pasó.
Asiento, aunque no estoy segura de haber entendido qué acaba de ocurrir.
Gabriel se acerca enseguida.
—¿Estás bien?
—Sí...
Mi mirada vuelve a buscar a Azrael. A su paso, las demás almas inclinan la cabeza con un respeto casi reverencial, aunque él parece no darse cuenta de ello. O quizá simplemente está demasiado acostumbrado.
Cuando veo que se dispone a marcharse, una necesidad irracional me empuja a detenerlo.
—¡Espera!
Gabriel me mira como si acabara de cometer una locura.
Demasiado tarde.
Azrael se vuelve.
Camino hasta detenerme frente a él. Por un instante me pregunto qué demonios voy a decirle.
—Gracias.
Permanece en silencio, esperando.
—Por ayudarla.
Sus ojos se desvían apenas un instante hacia la joven, que ahora descansa rodeada de otras almas. Después regresan a mí.
—Pensé que ibas a regañarla.
El silencio que sigue es breve, apenas un suspiro.
—Ya ha sufrido suficiente.
Asiento despacio.
Tiene sentido.
Claro que lo tiene.
Y, sin embargo, no puedo evitar la extraña sensación de que esa respuesta nunca estuvo dirigida a la muchacha.
Azrael hace una leve inclinación de cabeza antes de continuar su camino.
Lo observo alejarse entre la multitud. No parece un emperador. Tampoco un héroe. Si tuviera que describirlo, diría que solo es un hombre cargando un cansancio demasiado antiguo para pertenecer a alguien de este tiempo.
—¿En qué piensas?
La voz de Gabriel me devuelve al presente.
Sigo mirando el lugar por el que Azrael acaba de desaparecer entre los árboles antes de responder con una sinceridad que ni yo misma esperaba.
—Empiezo a creer que todos se equivocan con él.
Gabriel no dice nada.
Y, por primera vez desde que lo conozco, tampoco intenta llevarme la contraria.