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Tu Peor Deseo

Tu Peor Deseo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Completas
Popularitas:511
Nilai: 5
nombre de autor: ska

Para el mundo, Elena Vance es una camaleona indescifrable; para las mujeres atrapadas en relaciones tóxicas, es su última línea de defensa. Elena dirige una organización clandestina que ayuda a víctimas de hombres peligrosos y abusivos. Su método no es la violencia, sino la seducción psicológica: estudia a los objetivos, descubre sus deseos más profundos y se transforma físicamente y en personalidad en su "mujer ideal". Una vez que el abusador muerde el anzuelo y se obsesiona con ella, Elena expone sus verdaderos rostros ante la ley o la sociedad, liberando a sus víctimas.

Sin embargo, jugar con monstruos tiene un costo. El peligro real comienza cuando el detective asignado a investigar la extraña ola de "hombres poderosos arruinados" empieza a seguirle el rastro, desatando un romance de alta tensión, mientras el criminal más peligroso de la ciudad descubre su juego y la convierte en su presa.

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CAPÍTULO 5

El búnker de Elena Vance era el único lugar del mundo donde las leyes del tiempo y del espacio parecían diluirse. Tras la medianoche, las paredes revestidas de hormigón reforzado absorbían el eco sordo del metro de la ciudad, transformándolo en un latido distante e impersonal.

Elena permanecía inmóvil frente a la mesa de operaciones digital, pero su mente no estaba en el consultorio del doctor Novak, cuya cita crucial para el modelado digital tendría lugar en menos de veinticuatro horas. Sus ojos grises estaban fijos en una cuarta carpeta que Marcus acababa de volcar en el servidor central. Un archivo de alta prioridad que acababa de entrar a través de la red de emergencia de la organización clandestina.

Un nuevo grito de auxilio. Uno que no podía esperar.

—Sé lo que estás pensando, Elena —dijo Marcus, bajando los escalones metálicos mientras sostenía una tableta gráfica—. Tu agenda con Novak está calculada al milímetro. La identidad de Valeria Volkova requiere toda tu concentración psicológica. Si abres una vía paralela ahora, estás multiplicando el riesgo de que el detective Cross o el propio cirujano encuentren una fisura en tus máscaras.

Elena no apartó la vista de la pantalla, donde parpadeaba el perfil de un hombre maduro, de cincuenta y dos años, con una sonrisa paternalista, cabello canoso elegantemente peinado y el pin de la bandera de la ciudad prendido en la solapa de su traje azul marino.

—*Concejal Samuel Sterling* —leyó Elena, y su voz recuperó ese tono grave, frío y aséptico que precedía a la cacería—. Presidente de la Comisión de Bienestar Social. Fundador del refugio *Nuevos Horizontes* para mujeres en situación de vulnerabilidad. El hombre que la prensa local catalogó el mes pasado como "el alma caritativa de la metrópoli". ¿Quién es la víctima, Marcus?

Marcus suspiró, sabiendo que era imposible detenerla cuando esa mirada de acero se instalaba en sus ojos. Deslizó un dedo por la tableta para proyectar un expediente médico restringido.

—Lucía Méndez. Veintiséis años. Llegó al refugio de Sterling hace ocho meses, huyendo de una red de explotación en el norte. Creyó que había encontrado a un santo. Sterling la seleccionó personalmente para trabajar como su asistente administrativa en su oficina privada de la fundación.

Marcus hizo una pausa, endureciendo el gesto.

—El refugio es solo una granja de selección para él, Elena. Sterling utiliza la gratitud y la total indefensión jurídica de estas mujeres para someterlas a un régimen de abuso físico y psicológico continuo. Las aísla, les recuerda que si dicen una sola palabra, él puede hacer que las deporten o devolverlas a las calles de donde las sacó. Lucía intentó escapar la semana pasada. Sterling la golpeó en su oficina privada y luego hizo que la encerraran en el ala médica del refugio bajo el pretexto de un "brote psicótico". Si no intervenimos, Lucía desaparecerá del sistema en tres días, trasladada a una clínica psiquiátrica privada en el norte del estado donde Sterling tiene acciones.

Elena apretó los dedos alrededor del borde de la mesa de acero. El caso de Gabriel Novak era una obra de arte retorcida que requería paciencia, pero lo de Sterling era una herida abierta que sangraba en tiempo real. Un filántropo que usaba el dolor de las mujeres rotas para alimentar su sadismo era una aberración que ella no podía ignorar, incluso si eso significaba trabajar en dos frentes simultáneos.

—Sterling no busca belleza como Novak, ni el control financiero absoluto como Pendelton —analizó Elena, cruzando los brazos—. Busca la redención a través de la dominación. Le excita la idea de ser el salvador y el verdugo al mismo tiempo. Quiere que sus víctimas lo adoren mientras las destruye. ¿Cuál es su tipo ideal, Marcus? ¿Qué busca en una mujer cuando no está cazando en su propio refugio?

Marcus abrió el registro de las cuentas bancarias secretas del concejal y sus patrones de viaje.

—Cuando quiere salir de su papel de santo institucional, Sterling frecuenta el *Club Vanguardia*, un bar de alta política y debates ideológicos en el distrito gubernamental. Le fascinan las mujeres con un intelecto afilado, activistas de izquierda, mujeres con fuego en la sangre que desafíen sus posturas conservadoras en público. Le gusta el debate intelectual porque le proporciona una satisfacción inmensa quebrar a una mujer con argumentos antes de usar la fuerza. Su fantasía es someter a una mujer de armas tomar, una revolucionaria que termine arrodillada ante su estatus de poder.

Elena caminó hacia el armario de las identidades. Abrió las puertas corredizas, revelando una hilera de trajes que iban desde la opulencia de Valeria Volkova hasta la modestia de Clara Espinoza. Sus ojos se detuvieron en una sección que no había tocado en meses.

—Prepara la documentación para *Alejandra Torres* —sentenció Elena—. Politóloga, activista medioambiental y columnista de una revista digital independiente de tirada internacional. Alguien que no le teme a las cámaras de televisión ni a los discursos de los políticos tradicionales. Una mujer que critique abiertamente los programas de Sterling en el *Club Vanguardia*, justo en su propia cara.

—Elena... —Marcus la miró con genuina preocupación—. Mañana a las ocho de la noche tienes que estar en la clínica de Novak como Valeria. La cena de debate de Sterling en el club es mañana a las dos de la tarde. Estás cruzando los cables. Tu cerebro no va a tener tiempo de procesar el cambio de personalidad. Vas a cometer un error de modulación o de lenguaje corporal.

Elena se giró despacio. La palidez de su rostro bajo las luces fluorescentes le daba un aire casi fantasmal, pero la determinación de su postura era inquebrantable.

—El dolor de Lucía Méndez no tiene un cronómetro que se ajuste a mi descanso, Marcus. Mañana a las dos de la tarde, Alejandra Torres destruirá el ego político de Sterling. Y a las ocho de la noche, Valeria Volkova entrará al quirófano de Novak para desmantelar su imperio de cristal. Prepáralo todo.

 

El *Club Vanguardia* era un espacio de techos altos revestidos de madera de roble oscuro, donde el olor a puros de importación y a brandy de malta se mezclaba con el eco de las discusiones sobre presupuestos del estado y reformas de ley. Era el santuario de los hombres que creían dirigir los hilos de la sociedad.

A las 2:15 p.m., el concejal Samuel Sterling presidía una mesa redonda sobre "Inversión Privada en Centros de Asistencia Social". Los asistentes, en su mayoría empresarios y donantes de su fundación, aplaudían cada una de sus frases ensayadas sobre la compasión cristiana y el deber cívico.

En la tercera fila del público, sentada con una postura erguida y desafiante, se encontraba Alejandra Torres.

Elena había transformado su aspecto con una sutileza magistral. No llevaba peluca; su cabello castaño natural estaba peinado hacia atrás con gel, dándole un aspecto severo, casi militar. Vestía un traje de chaqueta de pana verde oliva, una camisa de cuello alto negra y unas gafas con montura de carey que acentuaban la dureza de su mirada. No buscaba ser atractiva en el sentido convencional; buscaba proyectar una autoridad intelectual que incomodara a los hombres del club.

Cuando llegó el turno de las preguntas del público, Elena se levantó antes que nadie, tomando el micrófono con una mano firme que no mostraba el menor atisbo de la timidez que había usado con Pendelton.

—Concejal Sterling —dijo Elena, su voz resonando en el salón con un timbre claro, fuerte, cargado de una ironía mordaz—. Su discurso sobre la caridad corporativa es conmovedor. Sin embargo, los datos de la auditoría independiente que mi revista publicará mañana sugieren que el refugio *Nuevos Horizontes* recibe tres veces más fondos de los que declara en sus informes operativos. Y lo que es más preocupante: hay un índice de rotación del personal femenino del noventa por ciento en sus oficinas privadas. Las mujeres que ingresan buscando refugio parecen desaparecer del sistema de asistencia social sin que se registren sus traslados. ¿Podría explicarnos si su concejalía confunde el bienestar social con una agencia de colocación privada para sus propios intereses?

Un murmullo de indignación recorrió la sala. Los guardaespaldas de Sterling se tensaron en las esquinas, pero el concejal, tras una fracción de segundo en la que sus ojos se entrecerraron con una furia gélida, recuperó su sonrisa pública. Levantó una mano para calmar a su audiencia.

—Una pregunta audaz, señorita... —Sterling la miró fijamente, sus ojos recorriendo la figura de Alejandra, registrando el desafío en su postura, la inteligencia en su mirada y ese fuego ideológico que, tal como Marcus había previsto, encendió de inmediato su retorcido mecanismo de atracción.

—Torres. Alejandra Torres, de la revista *Criterio* —respondió Elena, sosteniéndole la mirada sin parpadear.

—Señorita Torres —dijo Sterling, inclinándose hacia el micrófono con una actitud de indulgencia paternal—. El periodismo de investigación a menudo confunde la burocracia con la conspiración. Los fondos de *Nuevos Horizontes* están abiertos a cualquier inspección oficial. Pero admito que me agrada su pasión. Esta ciudad necesita más mentes jóvenes que cuestionen el poder. ¿Qué le parece si, en lugar de lanzar acusaciones en un foro público, me acompaña a almorzar en el comedor privado del club para que pueda mostrarle los libros contables reales? Prometo ser un anfitrión mucho más transparente de lo que sus fuentes sugieren.

Elena forzó una sonrisa despectiva, el cebo exacto para un hombre que creía que podía comprar o seducir a cualquier oponente intelectual.

—No suelo almorzar con los sujetos de mis investigaciones, concejal. Pero haré una excepción si eso significa que Lucía Méndez y las demás mujeres del refugio obtienen las respuestas que merecen.

Sterling sintió el impacto del nombre de Lucía en su pecho, pero su máscara no cayó. Su sonrisa se ensanchó, una mueca depredadora que Elena leyó con absoluta claridad. El anzuelo había sido tragado hasta el fondo.

 

Mientras Elena entraba al comedor privado con Sterling, a tres calles de allí, el detective Liam Cross se encontraba dentro de su vehículo sin distintivos, observando el edificio del *Club Vanguardia* a través del parabrisas cubierto por las primeras gotas de una lluvia persistente.

Había pasado la mañana revisando los movimientos del concejal Sterling tras recibir un soplo anónimo en su terminal de la policía. El soplo contenía un solo archivo: el historial de traslados médicos de Lucía Méndez. Liam, con su instinto de homicidios entrenado para conectar los puntos invisibles, se dio cuenta de que el patrón no encajaba con una investigación policial ordinaria. Olía a la Camaleona. Olía a una ejecución en marcha.

—¿Qué estás haciendo, Elena? —susurró Liam, golpeando el volante con los dedos—. Se supone que esta noche tienes una cita con Novak. No puedes estar metida en la madriguera de Sterling al mismo tiempo. Es un suicidio operativo.

Liam metió la mano en su chaqueta, tocando el metal frío de su arma reglamentaria. Se debatía entre entrar al club y reventar la operación para salvarla de sí misma, o mantener su promesa de vigilar desde las sombras. Su obsesión por ella estaba cruzando todos los límites profesionales. Ya no se trataba de resolver casos; se trataba de asegurarse de que la mujer que lo había besado con tanta desesperación en el coche la noche de Pendelton siguiera respirando al final del día.

Miró su reloj: 3:15 p.m. El tiempo corría hacia la noche de Novak.

 

Dentro del comedor privado, rodeados de paredes tapizadas de seda carmesí, la atmósfera entre el concejal Sterling y Alejandra Torres era una partida de ajedrez donde las piezas se movían con palabras afiladas.

Sterling le sirvió una copa de vino blanco, pero Elena no la tocó. Mantenía su cuaderno de notas abierto y la grabadora digital de su teléfono encendida sobre la mesa.

—Es usted una mujer difícil, Alejandra —dijo Sterling, cortando un filete con una precisión innecesaria—. Toda esa furia contra el sistema. Me recuerda a mí mismo cuando era joven. Creía que podía cambiar el mundo con manifiestos. Pero luego entiendes que las personas... las personas débiles necesitan una mano firme que las guíe. Alguien que construya los muros que ellas no pueden construir.

—¿Y construir esos muros incluye encerrar a mujeres como Lucía Méndez en una celda médica cuando intentan denunciar sus métodos, concejal? —atacó Elena, inclinándose hacia delante, permitiendo que la dureza de Alejandra Torres golpeara el ego del político.

Sterling dejó los cubiertos a un lado. Su rostro se despojó de la benevolencia pública, revelando por fin la frialdad del abusador institucional. Se reclinó en su silla, mirando a Elena con una fijeza insana.

—Lucía es una mente inestable, señorita Torres —dijo con voz baja, amenazante—. Una mujer que saqué de la basura y que mordió la mano que la alimentaba. En esta ciudad, mi palabra es la ley de salud mental. Si yo digo que Lucía necesita tratamiento, pasará el resto de sus días en una habitación acolchada y nadie, absolutamente nadie, va a escuchar sus columnas periodísticas. Al igual que nadie escuchará las suyas si decide convertirse en una molestia para mi administración.

Elena sostuvo su mirada. La grabadora del teléfono, conectada en tiempo real al servidor de Marcus, estaba registrando cada palabra, cada entonación de la confesión del concejal. Pero necesitaba la prueba definitiva: la ubicación exacta de la clínica privada donde planeaba trasladar a Lucía esa misma noche.

—Es una amenaza muy explícita, concejal —dijo Elena, forzando a su voz a mostrar una pizca de la tensión que Alejandra Torres sentiría al verse acorralada por el poder real—. Pero el borrador de mi artículo ya está en los servidores de mi editor en Nueva York. Si algo me pasa, o si Lucía Méndez es trasladada de *Nuevos Horizontes* sin una orden judicial firmada por un magistrado independiente, su carrera política terminará antes de las elecciones del próximo mes.

Sterling soltó una risa ronca, una muestra de arrogancia absoluta. Sacó una elegante agenda de cuero de su bolsillo y la golpeó contra la mesa.

—Su editor en Nueva York no puede detener la ambulancia privada que saldrá del refugio a las cuatro de la tarde con destino al sanatorio *San Judas* en las colinas del norte, Alejandra. El director de ese centro es un amigo personal. Para cuando su artículo salga a la luz, Lucía ya habrá firmado una confesión de difamación bajo los efectos de los sedantes legales. Y usted... usted estará buscando un nuevo empleo. A menos...

Sterling extendió la mano, intentando tocar los dedos de Elena sobre la mesa con una familiaridad asquerosa.

—A menos que decida que es más inteligente trabajar para mí. Me vendría bien una jefa de prensa con su fuego, Alejandra. Me excitan las mujeres que muerden antes de aprender a obedecer.

Elena recogió su teléfono y su cuaderno con un movimiento rápido, evitando su contacto con una expresión de absoluto asco que encajaba perfectamente con la indignación de la activista.

—Prefiero la honestidad de las calles que la podredumbre de su comedor, concejal —dijo Elena, levantándose de la mesa—. Nos vemos en los tribunales. O en la prensa.

Salió del comedor privado a grandes zancadas, cruzando el vestíbulo del club sin mirar atrás. En cuanto cruzó las puertas giratorias de la entrada principal y la lluvia de la tarde golpeó su rostro, se quitó las gafas de carey y se comunicó con Marcus a través del auricular oculto.

—Marcus, tengo la confirmación —dijo Elena, su voz recuperando la frialdad operativa mientras caminaba hacia un callejón lateral—. Ambulancia privada a las cuatro de la tarde desde el refugio hacia el sanatorio *San Judas*. intercepta la ruta legal, envía las grabaciones de la confesión de Sterling directamente al jefe de la policía estatal y al fiscal general ahora mismo. Tienen treinta minutos para detener ese traslado por secuestro institucional.

—Entendido, jefa —respondió la voz de Marcus entre el tecleo frenético—. Las unidades de la policía estatal ya están recibiendo los archivos de audio encriptados. Sterling está acabado antes del telediario de la noche. Pero Elena... son las 3:45 p.m. Tienes exactamente cuatro horas para regresar al búnker, borrar a Alejandra Torres de tu sistema, transformarte en Valeria Volkova y llegar a la clínica de Novak. Tu pulso está a ciento veinte por minuto. No vas a llegar en condiciones psicológicas estables.

Elena se detuvo bajo el porche de un edificio cerrado, intentando regular su respiración mientras la lluvia arreciaba sobre el asfalto.

—Llegaré, Marcus. Tengo que llegar.

De repente, un vehículo utilitario negro frenó en seco junto a la acera. La puerta del copiloto se abrió desde el interior y el rostro tenso de Liam Cross apareció en la penumbra del habitáculo.

—Sube al maldito coche, Elena —ordenó Liam, su voz compitiendo con el ruido de la tormenta—. Sé lo que acabas de hacer ahí dentro. Sube antes de que los hombres de Sterling se den cuenta de que su "activista" no tiene una redacción a la que regresar.

Elena no dudó. Se deslizó al interior del vehículo, cerrando la puerta de golpe. El interior del auto olía a cuero húmedo, a café y a esa seguridad animal que Liam siempre proyectaba. El detective aceleró a fondo, incorporándose al tráfico de la tarde mientras sus ojos verdes se clavaban en ella a través del espejo retrovisor con una mezcla de furia y un alivio innegable.

—Estás loca —dijo Liam, apretando el volante con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos—. Sterling es un tiburón político. Podría haberte hecho desaparecer en ese club sin que nadie encontrara tu cuerpo.

Elena se recostó en el asiento, cerrando los ojos por un segundo para iniciar el proceso de desconexión de Alejandra Torres.

—Sterling ya está destruido, Liam —dijo en voz baja—. La policía estatal está en camino al refugio para liberar a Lucía Méndez con una orden de secuestro flagrante basada en sus propias palabras grabadas. Mi trabajo con él ha terminado.

Liam desvió el auto hacia una zona residencial tranquila, deteniéndose bajo la sombra de unos grandes árboles que protegían el vehículo de las miradas de las avenidas principales. Apagó el motor y se giró por completo hacia ella, reduciendo el espacio físico entre ambos en la cabina del coche.

—Tu trabajo con él ha terminado, pero tu noche con Novak apenas comienza —dijo Liam, su voz bajando a un tono íntimo, ronco y cargado de una preocupación que rozaba la desesperación—. Mírate las manos, Elena. Están temblando. Estás forzando la máquina más allá de lo que un ser humano puede soportar. Si entras a esa clínica de cirugía con este nivel de fatiga, Novak se va a dar cuenta de que Valeria Volkova es una fachada. Te va a poner en esa camilla y no vas a despertar.

Elena levantó la vista, encontrándose con la mirada de Liam. Era verdad; sus manos temblaban sutilmente sobre sus rodillas, el residuo físico de la adrenalina de haber enfrentado a un monstruo político mientras su mente ya estaba calculando las líneas de diálogo de la heredera rusa.

—No tengo opción, Liam —susurró ella, y por primera vez, su voz denotó una sutil vulnerabilidad que desarmó por completo al detective—. Si cancelo la cita de hoy con Novak, su perfil narcisista se volverá sospechoso. Perderé el acceso privado que me costó semanas construir. Camille Rossier no tiene tiempo. Yo no tengo tiempo.

Liam la observó en el silencio del coche, escuchando el golpeteo de la lluvia contra el techo de metal. La distancia entre sus cuerpos pareció evaporarse. Movido por un impulso que combinaba la rabia por el peligro que ella corría y una atracción romántica que ya no podía contener, Liam extendió la mano y la tomó por la nuca, atrayéndola hacia él.

El beso fue un impacto de verdades desnudas en medio de un mundo de mentiras. No fue el beso calculado de una misión, sino un encuentro desesperado, apasionado, donde el sabor de la lluvia, la fatiga y el fuego de la supervivencia se mezclaron en los labios de ambos. Elena se aferró a la chaqueta de cuero de Liam, permitiendo que la solidez de su cuerpo fuera el ancla que su mente necesitaba para no fragmentarse entre tantas identidades. Durante esos segundos, no fue Clara, ni Alejandra, ni Valeria. Fue simplemente Elena, la mujer que había encontrado a su igual en el hombre de la ley que se suponía debía cazarla.

Cuando se separaron lentamente, sus respiraciones se cruzaban en la penumbra del vehículo. Liam mantuvo la frente apoyada contra la de ella, sus ojos verdes brillando con una promesa inquebrantable.

—Voy a estar en ese estacionamiento trasero a las ocho de la noche, Elena —susurró Liam contra sus labios—. Si ese maldito cirujano intenta hacerte algo, voy a quemar esa clínica con él adentro. No me importa la ley, no me importa nada más que sacarte de allí completa. ¿Me oyes?

Elena asintió despacio, sintiendo que el temblor de sus manos finalmente desaparecía, reemplazado por la fuerza que el abrazo de Liam le había otorgado.

—Te oigo, Liam. A las diez de la noche. No llegues tarde.

El filántropo oscuro había caído por la tarde, pero el esteta del acero esperaba en las colinas. Con el sabor del beso de Liam aún en sus labios y el sistema nervioso estabilizado por la complicidad del amor y el peligro, Elena Vance se preparó para vestir la piel de Valeria Volkova y adentrarse en la noche más peligrosa de su carrera.

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Cliente anónimo
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