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Casada con el hijo del alcalde

Casada con el hijo del alcalde

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor eterno / Completas
Popularitas:210
Nilai: 5
nombre de autor: Aisyah Alfatih

Clara Valeska Montalvo lo tenía todo: juventud, dinero y un novio apuesto. Hasta que un viaje a Bali le arrancó las tres cosas de un golpe. Al descubrir a su novio Yago besándose con su mejor amiga Laura, Clara regresó destrozada a la capital, solo para enterarse de que sus padres ya la habían casado —sin su consentimiento y por poderes— con un desconocido: Álvar Mendoza, hijo del alcalde de una remota aldea montañosa.

Furiosa, humillada y sin alternativa, Clara llegó a Tugu Norte arrastrando una maleta de diseñador y un orgullo que no cabía en las calles de tierra. Lo que encontró fue lo opuesto a todo lo que conocía: un esposo que prefería los arrozales al quirófano donde se había formado como ginecólogo-obstetra, una suegra que cocinaba en fogón de leña, y un pueblo donde los chismes viajaban más rápido que la señal del celular.

El rechazo fue mutuo. Clara despreciaba la vida rural; Álvar la consideraba una niña mimada de ciudad. Pero la convivencia forzada tiene sus propias reglas: una reacción alérgica a la tilapia —el plato favorito de él— los acercó por primera vez. Una tormenta de montaña que dejó a Clara perdida y herida obligó a Álvar a salir a buscarla bajo la lluvia. Y cada pequeño gesto —un jugo de mango preparado con torpeza, el primer "cariño" pronunciado a media voz— fue abriendo grietas en la muralla que ambos habían levantado.

Pero el amor que crece entre ellos no será el único campo de batalla. La Doctora Ester, ex novia de Álvar, regresa con un rencor que escala de los celos al incendio y del incendio al secuestro. Yago reaparece convertido en un acosador corporativo dispuesto a destruir todo lo que Clara intente construir. Y en la aldea, viejas deudas de tierra, traiciones familiares y un apuñalamiento que casi le cuesta la vida al padre de Álvar pondrán a prueba si lo que Clara y Álvar sienten es lo bastante fuerte para sobrevivir.

Entre la capital y la aldea, entre el bisturí y la cosecha, entre el vestido de diseñador y el sombrero de paja, Clara descubrirá que la felicidad no se mide por lo que se tiene, sino por a quién se elige volver cada noche.

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Episodio 15

Cuando llegó la hora del entierro, solo los hombres se prepararon para ir al cementerio. El oficiante recordó con amabilidad que las mujeres debían quedarse.

Álvar se despidió brevemente de Clara. Su mirada era profunda, como si quisiera asegurarse de que su esposa estuviera bien.

Clara asintió despacio.

En la casa del duelo, las mujeres permanecieron. El ambiente se volvió más silencioso, apenas roto por sollozos contenidos y el murmullo quedo de las oraciones.

Susana se puso a ayudar de inmediato a Amelia, la esposa del tío de Álvar, ocupándose de todo lo necesario. De la cocina a la sala, Susana se movía sin decir mucho, como alguien que conoce de sobra lo que se siente perder.

Clara colaboró en lo que pudo. Guardó silencio casi todo el tiempo, se sentó a acompañar, y de vez en cuando servía agua o acercaba pañuelos a las mujeres que llegaban a dar el pésame.

Al rato, Ester se acercó a Amelia.

Su rostro estaba pálido, los ojos vidriosos, no solo por el duelo, sino por una carga antigua que al fin buscaba salida.

Con voz baja, casi en un susurro, Ester dijo:

—Amelia… de verdad te pido perdón.

Amelia la miró; sus ojos estaban serenos, pero cargaban un agotamiento largo.

—Sé que cometí muchos errores. Sé que decepcioné a mucha gente… incluida esta familia.

Ester bajó la cabeza; sus dedos se entrelazaban, inquietos.

—Por favor… no me odies. Fuimos amigas mucho tiempo. Desde antes de que todo esto pasara.

La frase quedó suspendida en el aire.

Amelia no respondió de inmediato. Tomó un largo respiro y fijó la vista al frente, no hacia Ester.

—No te odio —dijo al fin, quedo pero firme—. Pero hay heridas que no se curan solo con una disculpa.

Ester enmudeció.

—El que se fue hoy es mi esposo —prosiguió Amelia; la voz empezó a temblarle—. Y cada persona tiene su parte en esta historia… yo incluida, tú incluida.

Se volvió hacia Ester; los ojos húmedos pero sin dureza.

—No te odio. Pero tampoco puedo fingir que todo está bien.

Ester asintió despacio.

En un rincón, Clara presenció todo aquello sin intervenir. Al fin comprendió: en esta aldea, las heridas viejas nunca desaparecían del todo.

Susana, que alcanzó a escuchar fragmentos de la conversación, prefirió guardar silencio.

Cuando el grupo se dispuso a regresar, Amelia se acercó a Clara con una bolsa transparente que contenía varias tilapias frescas.

—Clara, llévate esto —le dijo con sinceridad—. Son tilapias del estanque de atrás, recién sacadas. Sirven para la comida.

Clara se quedó un momento desconcertada; sonrió, pero con titubeo.

—Disculpe, tía… —dijo con cuidado—. No puedo aceptarlas.

El rostro de Amelia cambió al instante; frunció las cejas.

—¿Por qué? ¿No te gusta el pescado del pueblo? —El tono le salió, sin querer, un poco ofendido. Antes de que Clara pudiera explicarse, Álvar dio un paso al frente.

—No es eso, tía —dijo con calma—. Clara es muy alérgica a la tilapia. Le puede dar un ataque de asma si la come.

Amelia se sobresaltó.

—¡Dios santo!…

Se llevó la mano al pecho.

—No tenía idea. Perdóname, Clara. Pensé que rechazabas el regalo porque no te parecía.

Clara sonrió con dulzura. No había molestia en su rostro, solo comprensión.

—No se preocupe, tía —respondió—. Si lo hubiera sabido desde el principio, tampoco me lo habría ofrecido. Al contrario, me da gusto que haya querido compartir.

Amelia asintió; los ojos se le empañaron un poco.

—Eres buena persona, Clara.

Álvar le lanzó una mirada fugaz a Clara.

De camino a casa, Álvar caminó un poco más cerca de lo habitual, como si, sin darse cuenta, quisiera asegurarse de que Clara estuviera realmente bien.

Esa noche, la mesa se sintió más callada que de costumbre. Solo se oía de vez en cuando el roce de las cucharas contra los platos. Sin saber bien por qué, Clara rompió el silencio.

—Doña Susana… —su voz era queda, casi vacilante—. ¿Puedo preguntarle algo?

La cuchara en la mano de Susana se detuvo. Don Higinio alzó el rostro despacio. Álvar giró la cabeza y clavó en Clara una mirada de inmediata cautela.

—Hoy escuché murmullos de los vecinos de la otra aldea —continuó Clara con franqueza—. Sobre la doctora Ester… y sobre usted.

La frase hizo que el aire en la mesa se tensara.

Don Higinio y Susana se miraron un instante, breve pero cargado de significado. Álvar tomó aire; los labios se le abrieron como si fuera a decir algo. Sin embargo, antes de que pudiera articular una sola palabra, Susana dejó la cuchara primero.

El pequeño sonido se escuchó con nitidez en el comedor silencioso. Susana levantó el rostro y miró a Clara largo rato. Su mirada no era de enojo, sino más bien de alguien que sopesa, que contiene algo guardado durante demasiado tiempo.

—Clara… —dijo en voz baja, pero firme—. Lo de Ester… no es una historia corta.

Se detuvo un momento y respiró hondo.

—Y tampoco es una historia que quiera abrir en la mesa.

Álvar bajó la cabeza, como si supiera exactamente hacia dónde iba aquella conversación y lo difícil que resultaba. Don Higinio habló al fin, con voz queda pero tranquilizadora.

—Ya habrá tiempo, hija —le dijo a Clara—. Cuando sea el momento adecuado, tu suegra te lo contará.

Clara se quedó callada; sintió culpa, pero también una curiosidad que le crecía cada vez más en el pecho.

Susana retomó la cuchara, pero antes de llevársela a la boca pronunció una última frase, suave, aunque suficiente para que Clara tragara saliva.

—Lo que necesitas saber por ahora…

—Es que yo nunca odio sin razón.

La frase quedó flotando en el aire.

Nadie volvió a comer en calma después de eso.

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