🚩⚠️🔞Azael, CEO de una firma exclusiva. Creció bajo el yugo de padres controladores que trataban su vida como un negocio; por eso, él ahora controla todo a su alrededor para nunca volver a ser vulnerable. No tolera que nada que considere "suyo" escape de sus manos.
Bastian, un pasante de último año en la empresa. Trabaja bajo una presión brutal porque necesita el dinero y los contactos para costear el costoso tratamiento médico de su madre.
NO APTO PARA PERSONA SENSIBLES Y NO TIENE UN FINAL COLOR DE ROSAS. Están advertidos.🔞⚠️🚩
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Regla número uno
El clic del seguro de la puerta resonó en el estacionamiento subterráneo como el eco de una sentencia. Bastian Murphy se quedó inmóvil en el asiento del copiloto, con los dedos entrelazados con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto completamente blancos. Miró la imponente entrada del ascensor privado que conducía directamente al ático de su jefe. El lugar se veía pulcro, frío y peligrosamente aislado del resto del mundo.
—Baja del auto, Bastian —ordenó Azael Brinkman. Su voz ya no arrastraba la furia del estacionamiento corporativo; había recuperado esa calma aristocrática y dominante que resultaba aún más aterradora.
—Usted dijo que Josh me llevaría a la clínica —replicó Bastian, girándose para enfrentar la mirada del director. Su voz tembló, pero intentó inyectarle firmeza—. Mi madre me está esperando. Le prometí que iría a verla en cuanto terminara mi turno en la oficina. Déjeme ir.
Azael soltó un suspiro lento, como si la resistencia de su asistente fuera un juego infantil que empezaba a aburrirlo. Se acomodó el saco del traje gris y se bajó del vehículo sin responderle. Caminó rodeando el cofre del auto deportivo hasta abrir la puerta del lado de Bastian. Se inclinó sutilmente, invadiendo el espacio del joven Murphy con una presencia física tan imponente que Bastian tuvo que encogerse en el asiento.
—No me gusta repetir, Bastian. Baja del auto ahora mismo —repitió Azael, extendiendo una mano enguantada hacia él.
—¡No! —Bastian se aferró al borde del tablero, con los ojos llenos de una mezcla de pánico y rabia—. No voy a subir a su apartamento. Cumplí con mi horario, pasé todo el día encerrado en su oficina privada y soporté que agrediera a mi amigo. Tengo derecho a ver a mi madre.
La mención de Robin hizo que la mandíbula de Azael Brinkman se tensara de inmediato. Sus ojos se oscurecieron, perdiendo cualquier rastro de paciencia. En un movimiento rápido y calculadamente físico, Azael tomó a Bastian por el antebrazo con un agarre firme. No llegó a lastimarlo, pero ejerció la fuerza suficiente para dejar claro que la discusión había terminado. De un solo tirón, obligó a Bastian a salir del vehículo.
Bastian trastabilló sobre el suelo de cemento, chocando inevitablemente contra el pecho firme de su jefe. Intentó empujarlo para ganar distancia, pero Azael lo sostuvo por la cintura, manteniéndolo peligrosamente cerca.
—Suélteme, Brinkman… —jadeó Bastian, sintiendo el aroma magnético del perfume de Azael envolviéndolo de nuevo, una fragancia costosa que ahora se sentía como el aroma de su propia sumisión.
—¿Derechos, Murphy? —susurró Azael cerca de su oído, con una voz fría que le erizó la piel—. Creo que todavía no entiendes la gravedad de tu situación. Permíteme recordarte que esta noche tu amigo Robin violó la seguridad perimetral de mi empresa. Un solo movimiento de mis dedos, una sola orden a Josh, y la policía lo detendrá mañana por la mañana bajo cargos de espionaje corporativo y acoso. Su futuro universitario terminará antes del amanecer.
Bastian se congeló. El aire abandonó sus pulmones y dejó de forcejear. Miró a los ojos de Azael, buscando un rastro de duda, pero solo encontró una determinación implacable.
—Él solo quería saber si yo estaba bien… —alcanzó a decir Bastian con la voz rota.
—Y su preocupación le va a costar muy caro si no empiezas a obedecerme —continuó Azael, deslizando su mano desde la cintura de Bastian hacia su mejilla, obligándolo a mantener el contacto visual—. Pero Robin no es tu único problema, ¿verdad? Hablemos de Stella.
El corazón de Bastian dio un vuelco violento al escuchar el nombre de su madre.
—¿Qué tiene que ver mi madre en esto? Usted ya pagó la deuda de la clínica —reclamó Bastian, sintiendo un nudo de terror en el estómago.
—La pagué, es cierto. Pero el tratamiento de Stella requiere medicamentos exclusivos y una suite de cuidados intensivos que yo financio minuto a minuto —Azael esbozó una sonrisa delgada y cruel—. Mañana por la mañana, los médicos deben realizarle un examen crítico. Si decido retirar mis fondos debido a tu mala conducta, la clínica cancelará el procedimiento y trasladará a tu madre a un hospital público de baja categoría. Con su corazón tan débil, dudo mucho que sobreviva al traslado.
Las lágrimas que Bastian había estado conteniendo finalmente rodaron por sus mejillas. La manipulación psicológica de Azael Brinkman era perfecta, un círculo vicioso del que no había escapatoria. Tenía la vida de su mejor amigo y la de su madre en la palma de su mano.
—Es un monstruo… —susurró Bastian, bajando la cabeza, completamente derrotado. Su cuerpo perdió toda la tensión de la resistencia, volviéndose sumiso bajo el toque de su jefe.
—Soy el hombre que mantiene a tu madre con vida y a tu amigo fuera de prisión, Bastian —corrigió Azael con suavidad, usando su pulgar para limpiar las lágrimas del rostro del joven—. Así que esta noche no habrá visitas al hospital. Te quedarás aquí, conmigo. Aprenderás a obedecer mis reglas sin cuestionarlas.
Azael lo soltó de la cintura, pero tomó la mano de Bastian, entrelazando sus dedos con una posesividad asfixiante. Lo guió hacia el ascensor privado. Esta vez, Bastian Murphy no opuso resistencia. Caminó con la mirada puesta en el suelo, sintiendo el peso de las cadenas invisibles que acababan de cerrarse alrededor de su cuello.
Las puertas del ascensor se abrieron con un sonido metálico sutil y ambos subieron. El trayecto hacia el piso más alto fue rápido y silencioso. Cuando las puertas se abrieron nuevamente, Bastian se encontró en el vestíbulo del ático de lujo de Azael Brinkman.
El lugar era un monumento a la frialdad elegante. Paredes de mármol negro, muebles de diseño minimalista y ventanales enormes que mostraban las luces de la metrópolis. Todo se veía impecable, pero carecía por completo de calidez. Era la guarida perfecta para un depredador.
Azael caminó hacia la sala principal y se quitó el saco del traje, arrojándolo sobre un sillón de cuero. Luego, se giró hacia Bastian, quien se había quedado de pie cerca de la entrada, abrazándose a sí mismo.
—Regla número uno de esta casa, Bastian —dijo Azael, extendiendo la mano abierta hacia él—. Entrega tu teléfono celular.
Bastian levantó la mirada, sorprendido.
—¿Mi teléfono? Pero necesito saber cómo sigue mi madre. Si la clínica llama por una emergencia…
—La clínica se comunicará directamente con Josh o conmigo si ocurre algo —lo interrumpió Azael con un tono de voz inamovible—. A partir de este momento, no tienes permitido comunicarte con el mundo exterior. No quiero que llames a Robin, no quiero que revises tus redes sociales y no quiero que nada te distraiga de mí. Tu única prioridad en este lugar soy yo.
Bastian tragó saliva. Quitarle el teléfono significaba aislarlo por completo, dejarlo a merced de los deseos y el control de Azael las veinticuatro horas del día. Intentó dudar, pero el recuerdo de la amenaza sobre Robin y la salud de Stella cruzó su mente como un látigo. Con manos temblorosas, buscó en el bolsillo de su pantalón y sacó el dispositivo.
Caminó lentamente hacia Azael y colocó el teléfono sobre su mano abierta. El roce de sus palmas envió una nueva descarga de tensión eléctrica por el cuerpo de Bastian, haciéndolo retroceder de inmediato.
Azael miró el aparato con una expresión de triunfo absoluto en sus ojos. Lo guardó en su propio bolsillo y luego se acercó a Bastian, acortando la distancia hasta dejarlo arrinconado contra la barra de la cocina.
—Buen chico —susurró Azael, elevando la mano para acariciar el cabello alborotado de Bastian—. Sabía que entenderías las cosas rápido. El ático es grande, puedes moverte por donde quieras, excepto por la puerta de salida. La combinación de seguridad solo la conocemos Josh y yo.
Bastian miró la cerradura digital de la puerta principal. Estaba atrapado en una jaula de oro y cristal. Miró de reojo a Azael, dándose cuenta de que la obsesión de su jefe no iba a detenerse con el aislamiento laboral; Brinkman quería adueñarse de su mente, de sus pensamientos y de cada una de sus reacciones físicas.
—Vete a la habitación del fondo, hay ropa limpia para ti en el armario —ordenó Azael, dándole un suave golpe en el hombro—. Date un baño y descansa. Mañana nos espera un largo día en la firma.
Bastian asintió en silencio y comenzó a caminar hacia el pasillo oscuro del fondo. Mientras se alejaba, pudo sentir la mirada hambrienta y posesiva de Azael Brinkman fija en su espalda, saboreando el inicio de un encierro que, prometía destruirlos a ambos en el proceso.