Despreciada por su linaje de serpiente y desterrada por las intrigas de una hembra celosa, Serena despierta los recuerdos de su vida pasada como médica e ingeniera agroindustrial. En lugar de dejarse morir en el bosque peligroso, decide que el barro es el mejor aliado y la ingeniería su salvación. Al rescatar al general del Clan Águila, no solo se gana el corazón de un temible y tímido depredador, sino que inicia una revolución agrícola, médica y militar que cambiará el Continente de las Bestias para siempre, desafiando las tradiciones de la poligamia y demostrando que la inteligencia es el arma más letal de todas.
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CAPÍTULO 16
La rutina mañanera de Serena solía ser un monumento al orden y la paz agroindustrial. El sol de la mañana filtraba sus primeros rayos entre la vegetación del Bosque de la Niebla de Sangre, iluminando las hileras de rábanos y las vides de judías que crecían con lo que parecía un entusiasmo casi vegetal por la vida. Serena, en su forma humana y vistiendo su acostumbrado top de lino, se encontraba limpiando un enorme salmón que Aquiles le había dejado la tarde anterior, sazonándolo con sales minerales que ella misma había cristalizado de un manantial cercano.
El aroma de la grasa de pescado fresco combinada con las hierbas silvestres era una verdadera obra de arte gastronómica. Sin embargo, en un bosque donde la ley del más fuerte era la única constitución vigente, la buena cocina tenía el inconveniente de actuar como un faro para los estómagos equivocados.
Un chasquido seco en la linde del claros interrumpió el tarareo de Serena.
La joven se congeló, reduciendo su respiración a cero mientras sus ojos verdes escudriñaban la densidad de los matorrales. De entre la maleza no apareció el habitual destello dorado de las plumas de Aquiles, sino tres siluetas encorvadas, masivas y amenazantes.
Eran lobos salvajes de una tribu nómada de la frontera norte. Sus cuerpos eran pura fibra muscular cubierta por un pelaje grisáceo y erizado, lleno de cicatrices de viejas peleas. Medían más de un metro y medio a la altura de la cruz, y de sus hocicos entreabiertos goteaba una saliva espesa mientras sus ojos amarillos se alternaban entre el salmón sobre la mesa de piedra y la figura delgada de Serena.
—Vaya... visitas no deseadas —murmuró Serena para sí misma, retrocediendo un paso con extrema lentitud hasta la entrada de su cueva—. Y claramente no vienen a pedir la receta del marinado.
El lobo alfa, un macho tuerto con una oreja desgarrada, soltó un gruñido grave que hizo vibrar el aire. Sin previo aviso, las tres bestias avanzaron a paso lento pero coordinado, cerrando el abanico de escape. Para ellos, una hembra serpiente solitaria y sin garras visibles no era más que un aperitivo suave antes del plato principal.
Serena no entró en pánico. Su cerebro, entrenado en la frialdad de las guardias de urgencias y la lógica médica, analizó la situación en milisegundos. Sabía que sus piernas no superarían la velocidad de tres depredadores cuadrúpedos. Su cola perlada tampoco le daría la fuerza bruta necesaria para aplastar a tres lobos de ese tamaño.
Echó mano a la pared de la cueva y sujetó una lanza improvisada de madera de roble, cuya punta había endurecido al fuego y afilado con una piedra de sílice.
—A ver, cachorros sin modales —dijo Serena, cuadrándose en postura de defensa y sosteniendo la lanza con ambas manos—. Esta es una propiedad privada y el menú es exclusivo para clientes que traigan leña o plumas de un metro. Si dan un paso más, les prometo que les voy a enseñar anatomía aplicada de la forma más dolorosa posible.
Los lobos, por supuesto, no mostraron el menor interés en sus advertencias. El alfa lanzó un aullido corto y las dos bestias de los flancos se lanzaron al ataque de manera simultánea.
Serena reaccionó con agilidad. Esquivó al primer lobo realizando un giro rápido sobre sus pies y clavó la punta de su lanza de madera en el hombro del segundo, haciendo que el animal chillara de dolor. Sin embargo, la madera crujió bajo el impacto y la fuerza bruta del impacto la hizo perder el equilibrio. La lanza se partió en dos.
Aprovechando su vulnerabilidad, el alfa aprovechó el momento. Dio un salto colosal en el aire, desplegando unas garras afiladas como navajas directamente hacia el cuello de Serena.
—¡Maldita sea! —alcanzó a pensar Serena, alzando el trozo de madera roto para intentar bloquear el impacto.
Pero el ataque jamás llegó a tocarla.
Un estruendo ensordecedor, similar al colapso de un trueno en pleno claro, sacudió el bosque. De la copa de los árboles se desató una ráfaga de viento huracanado de tal magnitud que desmenuzó las ramas secas y barrió la tierra del huerto en un instante.
En la trayectoria exacta del lobo alfa, una sombra gigantesca cayó desde el cielo como un meteoro.
¡BOOM!
Aquiles aterrizó en su forma humana directamente sobre el pecho del lobo en el aire, estrellando a la bestia contra el suelo con una fuerza que hizo temblar la tierra. La onda de choque de su impacto hizo retroceder a los otros dos lobos varios metros.
El general del Clan Águila se erguía en toda su majestuosidad de dos metros. Sus colosales alas de plumas castañas y doradas estaban desplegadas al máximo, proyectando una sombra imponente sobre todo el claro. Sus ojos dorados ya no tenían la timidez ni el rubor de la noche anterior; eran dos brasas de oro fundido cargadas de una furia asesina y primarial. Sus garras de águila en las manos, afiladas como hojas de acero, brillaban bajo el sol.
—¿Quién les dio permiso... de tocar a mi hembra? —rugió Aquiles.
Su voz no era la de un hombre; era el bramido de una deidad de la guerra.
El lobo alfa ni siquiera tuvo tiempo de recuperarse. Con un movimiento veloz como el rayo, Aquiles sujetó al animal por las fauces y, con una demostración de fuerza sobrehumana, lo arrojó a través del claro. El cuerpo de la bestia impactó contra el tronco de un pino a veinte metros de distancia, cayendo inconsciente al suelo.
Los otros dos lobos, aterrorizados por la presencia del superdepredador del cielo, intentaron dar media vuelta y huir hacia la espesura.
—Tarde —sentenció el general.
Dando un solo aleteo de sus alas doradas, Aquiles se impulsó a una velocidad que rompió la barrera del sonido visual. En menos de tres segundos, interceptó a los dos lobos en la linde del bosque. Con un barrido limpio de sus garras y un golpe preciso de la punta de su ala, redujo a los dos atacantes a una masa de pelaje derrotada y gemebunda. Los dos lobos sobrevivientes se arrastraron a toda prisa hacia la maleza, huyendo por sus vidas como cachorros aterrorizados.
En menos de un minuto, el claro volvió a quedar en absoluto silencio.
Aquiles permaneció de pie junto al borde del bosque, respirando agitadamente. Sus alas lentamente se replegaron contra su espalda y la furia salvaje de su rostro comenzó a disiparse, reemplazada de inmediato por una ola de pánico social al recordar que Serena acababa de presenciar toda su violencia despiadada.
Se giró lentamente hacia ella, temiendo encontrar miedo o rechazo en los ojos verdes de la joven serpiente. Sus orejas emplumadas se pegaron a su cabeza en una clara pose de disculpa.
—Serena... yo... lo siento —balbuceó Aquiles, dando un paso vacilante hacia ella—. Fui... demasiado salvaje. No quería que me vieras así...
Serena, que seguía de pie en la entrada de la cueva sosteniendo el palo roto de su lanza, miró la escena: el claro destruido por el viento, los lobos derrotados en tiempo récord y al majestuoso gigante de dos metros que ahora la miraba como un perro regañado.
Lejos de asustarse o mostrar el menor atisbo de trauma, la mente de Serena procesó la efectividad del combate con una mezcla de shock y profunda admiración.
Soltó el palo de madera, se cruzó de brazos y soltó un largo y sonoro silbido de apreciación.
—Vaya, vaya... —dijo Serena, caminando hacia él con paso tranquilo y una sonrisa burlona floreciendo en sus labios—. Resulta que el pajarito que se sonroja por una cuchara es en realidad una máquina de destrucción masiva. Eres un guardaespaldas de primera categoría, ¿sabes? El Pentágono envidiaría tu tiempo de respuesta.
Aquiles parpadeó, completamente desarmado. Sus orejitas de plumas se erguieron de golpe.
—¿No... no me tienes miedo? —preguntó con la voz rota.
—¿Miedo? —Serena soltó una carcajada limpia—. Mi querido pollo de combate, acabas de salvarme la vida y de paso le diste una lección de modales a esos lobos sin educación. Lo único que me preocupa es que me despeinaste el huerto con ese aterrizaje de superhéroe.
Se acercó a él hasta quedar a pocos centímetros de su pecho masivo. Levantó la mano y, con absoluta naturalidad, le sacó una pequeña hoja seca que se había quedado enganchada en las plumas de sus orejas. El toque suave de sus dedos hizo que un temblor recorriera la espalda de Aquiles y el habitual rubor rosado comenzó a teñir sus orejitas de nuevo.
—Además —añadió Serena, mirándolo a los ojos con una dulzura traviesa—, un protector tan eficiente se ha ganado la paga del día. Entra a la cueva. El salmón sigue intacto y te voy a servir la porción más grande que te hayas comido en tu vida.
El general águila no necesitó que se lo dijeran dos veces. Siguió a Serena al interior de la cueva como un cordero obediente, mientras sus alas se acomodaban para no romper nada en la entrada.
Unos minutos más tarde, ambos estaban sentados sobre la manta de pieles en el suelo de la cueva. Serena preparó una tabla de madera limpia y sirvió cortes generosos del salmón marinado con hierbas silvestres y sal cristalizada, acompañados por trozos de pan de barro caliente.
—Abre la boca, pajarito —ordenó Serena, tomando un corte jugoso de salmón con unos palillos de bambú que ella misma había tallado.
Aquiles se congeló.
—¿Q-Qué? —preguntó, con los ojos dorados abiertos como platos.
—Que abras la boca. Tus garras tienen un poco de tierra por la pelea y no quiero que contamines la comida. Además, la chef hoy decidió consentir al servicio de seguridad —dijo Serena, manteniendo los palillos frente a él.
El rubor de Aquiles alcanzó niveles catastróficos. Su piel morena se encendió desde el cuello hasta la punta de sus orejas de plumas, que comenzaron a agitarse frenéticamente por la pura vergüenza y el deleite. Sin embargo, incapaz de negarse a cualquier petición de la joven, abrió la boca lentamente.
Serena colocó el trozo de salmón en su lengua con delicadeza. Aquiles masticó lentamente, y sus ojos se iluminaron de inmediato ante la combinación del pescado fresco con las especias de Serena.
Al ver la expresión de pura felicidad en el rostro del imponente guerrero, y la forma en que sus orejitas se movían de emoción mientras comía de su mano, el propio corazón de Serena dio un vuelco inesperado. La cercanía del general, su olor a pino y viento de montaña, y la devoción absoluta que emanaba de cada uno de sus gestos provocaron una reacción en cadena en el cuerpo de la serpiente.
De pronto, un calor intenso y desconocido le subió por el pecho a Serena, tiñendo sus mejillas de un rubor carmesí tan intenso que casi rivalizaba con el de Aquiles. Sus escamas perladas en las sienes comenzaron a brillar con un reflejo rosado bajo la luz de la fogata.
Aquiles, tras tragar el pescado, notó el repentino cambio en el rostro de Serena. La miró fijamente, notando cómo la indomable e inteligente hembra que siempre tenía una respuesta sarcástica para todo, ahora evitaba su mirada y jugaba nerviosamente con los palillos de bambú.
—Serena... —dijo Aquiles con voz suave y ronca, inclinándose un poco hacia ella—. Estás... roja. ¿Te sientes bien? ¿Te hirió alguno de los lobos?
—¡E-Estoy perfectamente! —exclamó Serena a toda prisa, aclarando su garganta y apartando la cara para que él no viera lo desarmada que estaba—. Es... es solo el calor del horno de barro. Esta cueva tiene una ventilación pésima. Tengo que revisar el sistema de convección.
Aquiles sonrió con una ternura infinita. Con extrema lentitud, estiró su gran mano y rozó con el dorso de sus nudillos la mejilla caliente de Serena, sintiendo la suavidad de su piel y el pulso acelerado de la joven.
—El horno está apagado, Serena —susurró el general, con sus ojos dorados brillando de puro amor.
Serena se quedó sin palabras, sintiendo que sus escamas perladas le quemaban de la vergüenza y el afecto. Miró a su "pajarito de combate", ese gigante de dos metros capaz de destrozar un batallón pero que la trataba como si fuera el cristal más valioso del universo, y supo que las defensas de su lógica científica habían caído por completo. La cena continuó entre bocados compartidos, miradas robadas y dos corazones que, en medio del peligroso bosque, habían encontrado su único refugio seguro.