Nahela soñaba con ser dueña de su propio destino, pero su familia decidió su futuro por ella. Obligada a casarse con un hombre al que no ama, comprende que la libertad tiene un precio demasiado alto.
Gabriele Di Matteo llegó a Colombia para cerrar un importante negocio y regresar a Nueva York. El amor nunca estuvo en sus planes, mucho menos involucrarse en los problemas de una desconocida.
Pero una noche basta para cambiarlo todo.
Lo que comienza como una promesa de ayuda se convierte en una huida desesperada, un peligroso desafío a hombres poderosos y un amor capaz de romper todas las reglas.
Porque cuando el destino une a dos almas perdidas, ni la distancia, ni el poder, ni el miedo son suficientes para separarlas.
NovelToon tiene autorización de Rosa Verbel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Soga.
Nahela🤎
11:59.
Mis ojos permanecen clavados en el reloj. Mi mochila descansa junto a mis pies, mi cámara está dentro. Todo está listo solo falta José Carlos, solo falta que mi hermano abra la puerta y me diga que ya nos vamos.
Me pongo de pie, miro una última vez mi habitación. La cama, los libros, la ventana desde donde tantas veces contemplé el mar. Las paredes que durante años han sido mi prisión.
Mi corazón late con fuerza, un minuto más y seré libre por fin.
El reloj cambia. 12:00.
Contengo la respiración, miro la puerta.
Nada.
12:05.
Sigo esperando.
12:10.
Todavía nada.
Empiezo a caminar de un lado a otro, seguramente algo lo retrasó. Eso es todo nada más.
12:20.
12:30.
Mis manos comienzan a sudar, mi corazón ya no late por emoción. Ahora late por miedo.
12:48.
Nada, ni una señal, ni un mensaje, un ruido, un paso. Nada.
La una de la madrugada llega como un golpe y José Carlos sigue sin aparecer.
—No, no, no.
Esto no puede estar pasando. Tomo el celular, marco su número. Llamo una, dos veces, tres veces y siempre lo mismo. Directo al buzón.
Las lágrimas comienzan a quemarme los ojos.
—Contesta...
Vuelvo a llamar.
—Por favor, José Carlos...
Nada.
La una y media.
Sigo completamente sola. Siento que el aire desaparece de mis pulmones.
Necesito respuestas.
Necesito encontrarlo.
Necesito saber qué está ocurriendo así que salgo de la habitación. El pasillo está en silencio, las luces permanecen encendidas.
Camino descalza, rápido hasta llegar a la habitación de mi hermano, toco y al no recibir respuesta empujo la puerta y el corazón se me cae a los pies. La habitación está vacía, oscura. La cama está perfectamente hecha como si nadie hubiera dormido allí, como si él jamás hubiera estado.
Retrocedo confundida, desesperada y entonces escucho una voz.
—¿Qué hacias en la habitación de José Carlos?
Me giro sobresaltada, es José Luis, mi hermano mayor.
Cruza los brazos mientras me observa.
—Busco a José Carlos.
—¿Para qué?
—¿Dónde está?
Él frunce el ceño.
—Haciendo cosas de hombres.
—¿Qué significa eso?
—Papá le encargó un asunto importante.
Mi respiración se acelera.
—¿Qué asunto?
—Tuvo que viajar a Bogotá.
Lo miro sin comprender.
—¿Qué?
—Regresa mañana.
—No...
—Claro que sí.
—No —mi voz se rompe—. No puede haberse ido.
—Pues se fue porque papá así se lo ordenó —José Luis se encoge de hombros—. Mañana estará aquí para la boda.
La boda.
Esa palabra termina de destruir todo lo que quedaba de mí porque entonces lo entiendo. José Carlos no vendrá, no esta noche, no mañana temprano. No podrá sacarme de aquí, no habrá escape ni habrá libertad, ni habrá futuro.
Solo Ovidio Velandia. Solo una vida peor que la de mi madre, otra prisión. Una prisión de la que jamás podré salir.
Regreso a mi habitación sin recordar cómo llegué, cierro la puerta y me derrumbo. Las lágrimas salen sin control, aprieto una almohada contra mi rostro para ahogar los sollozos porque no quiero que nadie me escuche, no quiero que nadie venga.
No quiero que nadie me diga que todo estará bien porque no estará bien. Nunca estará bien.
Siento rabia, impotencia, dolor. Tanto dolor que apenas puedo respirar.
Toda mi vida ha sido una cárcel. Primero mi padre, después iba a ser Ovidio. Y no, simplemente no. Me niego a seguir viviendo así, me niego a convertirme en otra Yadira Santacruz. Me niego a pasar treinta años obedeciendo órdenes.
Me niego a entregar mis sueños.
Mis alas.
Mi libertad.
Mis ganas de vivir.
No.
No.
No.
Mi decisión llega con una claridad aterradora. No puedo elegir cómo vivir, pero sí puedo elegir que nadie decida por mí a partir de ahora.
Rebusco entre los cajones y cuando encuentro lo que quiero, abandono mi habitación con una certeza.
La casa está en silencio, todo el mundo duerme o eso parece. Me escabullo por la ventana, conozco esta hacienda mejor que nadie. Sé dónde están los vigilantes, sé qué lugares observan y cuáles no. Camino durante varios minutos, el viento del mar golpea mi rostro, las olas chocan contra las grandes rocas de la costa.
La noche es oscura, tranquila y hermosa.
Llego a mi lugar favorito. El lugar donde tantas veces me refugié para tomar fotografías.
Si esta va a ser mi última noche quiero pasarla aquí frente al mar. Frente a la única libertad que siempre pude contemplar sin alcanzar. Mis lágrimas vuelven a aparecer, pero ya no las limpio, simplemente dejo que caigan.
Miro el horizonte, escucho las olas y susurro una despedida para todo lo que amo.
Para mi nana.
Para mis sueños.
Para la vida que nunca tuve.
Subo con dificultad a uno de los árboles, una rama me golpea el brazo, otra me raspa la pierna, pero ya no me importa. Nada importa. Solo terminar con todo.
El viento mueve mi cabello, las hojas susurran sobre mi cabeza y el mar continúa rugiendo debajo.
Lo preparo todo. Ato la cuerda y la dejó lista para meter mi cabeza. Luego bajo, busco apoyo sobre un viejo tronco. Mis manos tiemblan, mis piernas también.
Pienso en mi nana Edith y el dolor vuelve a atravesarme.
—Perdóname nana... —mi voz apenas es un susurro—. Te quiero mucho.
Cierro los ojos, respiro profundamente, me subo al tronco, meto la cabeza en el hoyo de la soga. El viento golpea mi rostro una última vez y entonces...
Justo cuando estoy a punto de dejarme caer unos brazos fuertes me sujetan con fuerza. El mundo parece detenerse, mis ojos se abren de golpe y un grito ahogado queda atrapado en mi garganta porque alguien acaba de aparecer de la nada y me ha arrancado de las sombras cuando ya creía que todo estaba perdido.