Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
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Capítulo 20: El lenguaje de la paz
El sol de la mañana entraba con una agresividad metálica por los ventanales de la cocina. Eithan estaba sentado en la silla alta, comiendo unos panqueques con una concentración que me recordaba demasiado a la de su padre cuando revisaba documentos. Damián estaba en una esquina, tomando café en silencio, observándonos como si fuera un intruso en su propia casa. La tensión era un hilo de acero a punto de romperse.
—Damián, ¿podés dejar de mirarlo así? Parece que lo estás vigilando para un interrogatorio —le espeté, dejando los cubiertos sobre la mesa con un golpe seco.
Damián apretó la mandíbula, sus ojos negros destellando con esa furia contenida que siempre lo acompañaba.
—Es mi casa, Alessandra. Y es mi hijo. Puedo mirarlo cuanto quiera.
—¡No cuando lo ponés nervioso! —le grité, levantándome de la silla.
Eithan dejó de comer y nos miró con los ojos muy abiertos, sus labiecitos empezaron a temblar. El silencio que siguió fue gélido.
—Basta. Los dos —la voz de Elena sonó desde la entrada, tranquila pero con una autoridad que nos dejó mudos a ambos.
Ella caminó hacia nosotros, le dio un beso en la frente a Eithan y me miró con una profundidad que me hizo sentir desnuda.
—Damián, Igor te busca en el despacho. Ahora.
Damián bufó, lanzó una última mirada cargada de frustración hacia mí y salió de la cocina con pasos pesados. Elena esperó a que el eco de sus botas desapareciera antes de sentarse frente a mí. Tomó mis manos entre las suyas; su piel era suave, pero su agarre era de hierro.
—Alessandra, escuchame bien lo que te voy a decir, porque te lo digo como una mujer que sobrevivió a este mundo antes de que vos nacieras —empezó, bajando el tono para que Eithan, ahora entretenido con una fruta, no prestara atención—. No es bueno pelear así frente al niño. Él es como una esponja, absorbe tu miedo y tu rabia. Si él ve que su madre odia a su padre, va a crecer con un vacío que nada, ni todo el dinero de los Smirnov, va a poder llenar.
—Él se lo ganó, Elena. Él nos dejó —susurré, sintiendo el nudo de siempre en la garganta.
—Lo sé. Y tenés todo el derecho del mundo a estar ofendida, enojada y herida. Es absolutamente entendible todo lo que sentís, y Dios sabe que yo misma le daría un tiro a mi hijo por lo estúpido que fue —Elena suspiró, acariciando mis nudillos—. Pero no alejes a todos del pequeño Eithan. Él no se merece pagar por los pecados de Damián.
—Solo quiero protegerlo...
—Lo sé, y sos una madre increíble. Lo que luchaste por él sola en esa ciudad es algo que admiro con todo mi corazón. Pero pensá en el nene, Alessandra. Ahora él puede tener mucho más de lo que vos, por más que te rompas la espalda, podés darle. Y no hablo de los autos o las mansiones. Hablo de una familia.
Elena sacó su teléfono y me mostró una foto de un grupo de personas en una mesa larga en Italia.
—Miralos. Esos son sus tíos, sus primos. Están esperándolo para conocerlo con todo el corazón. Eithan tiene una familia que lo aprecia sin siquiera haberlo visto todavía. Tiene un bisabuelo que pregunta por él cada mañana. No lo dice para mal, querida, pero no dejes que tu orgullo, por muy justificado que sea, lo prive de ese amor. El amor de una madre es el pilar, pero el amor de una familia es el refugio.
Me quedé callada, mirando a Eithan. El niño sonreía mientras intentaba atrapar una uva con su manito. La idea de que tuviera primos con quienes jugar, tíos que lo cargaran y una abuela como Elena que lo guiara, era algo que yo nunca tuve. Mi familia fue mi peor enemigo. ¿Tenía derecho a quitarle a él la oportunidad de tener algo diferente solo porque yo seguía sangrando por la herida que Damián me abrió?
—No confío en él, Elena —admití, mi voz quebrándose—. Tengo miedo de que se canse de ser padre y nos deje otra vez.
—Entonces usanos a nosotros —respondió Elena con una sonrisa astuta—. Si él intenta fallar, tiene a todo el clan Smirnov para recordarle cuál es su lugar. No estás sola en esto, Alessandra. Ya no. Dejá que Eithan conozca sus raíces. Dejá que sepa que es un príncipe de la Bratva, no porque queramos que sea un criminal, sino porque nunca más en su vida va a tener que pasar hambre o frío.
En ese momento, Damián regresó a la cocina. Se detuvo en el umbral, mirando la escena. Su rostro estaba tenso, pero cuando sus ojos se cruzaron con los míos, vi una súplica silenciosa. Ya no era el patrón; era un hombre esperando una sentencia.
—Alessandra... —empezó él, con voz ronca.
Miré a Elena, que me dio un apretón de ánimo en la mano, y luego miré a Damián.
—Mañana —dije, y vi cómo él contenía el aliento—. Mañana vamos a dejar que tus hermanos lo vean por videollamada. Pero vos... vos te vas a quedar en un rincón y no vas a decir una palabra. Esto es para Eithan, no para vos.
Damián asintió con una rapidez casi desesperada.
—Lo que digas. Gracias, Alessandra.
—No me des las gracias. Hacé que valga la pena —le respondí, levantándome de la mesa—. Porque al primer grito o a la primera señal de que tu mundo de violencia toca a mi hijo, me lo llevo y esta vez no lo vas a encontrar ni en el fin del mundo.
Salí de la cocina sintiendo la mirada de los dos en mi espalda. Elena tenía razón, el perdón era una cosa, pero la familia de mi hijo era otra. Iba a darle a Eithan el imperio que le pertenecía, pero Damián Smirnov todavía tendría que caminar sobre brasas si quería volver a ser el dueño de mi corazón.
Mientras subía las escaleras, escuché a Damián hablarle a su madre en susurros.
—¿Qué le dijiste, mamá?
—Le dije la verdad, hijo. Que tiene una mujer que vale más que todo tu oro. Ahora tratá de no arruinarlo de nuevo.
Esa noche, por primera vez en tres años, no planeé una huida. Me quedé mirando la luna por el ventanal, sabiendo que la guerra afuera seguía, pero que la verdadera batalla se estaba librando aquí dentro, entre el odio que me salvó y el amor que amenazaba con volver a destruirme.