Lucia despierta después de una noche de borrachera, dándose cuenta que estaba en la casa de su jefe, Mateo Alcázar, y que había pasado una noche de pasión.
Mateo, a consecuencia de esto, promete hacerse responsable, pero Lucía lo rechaza. Aunque eso no significa que sea el final, ya qué, con la presencia de su ex novio, quien intenta agredirla, Lucía finalmente acepta el matrimonio con Mateo, iniciando así, una relación en donde no existe amor, pero hay una evidente atracción entre ambos.
¿Podrá prosperas el amor, en este matrimonio que empezó como una necesidad de protección?
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Capítulo 5
Era la segunda vez que Lucía entraba al despacho de Mateo.
De noche parecía otro lugar. Más grande. Más callado. Escritorio enorme, sillones, y al fondo una puerta a una sala privada. Casi un departamento metido dentro de la empresa.
—Si estás cansada, podés dormir ahí —dijo Mateo, señalando la puerta.
Lucía retrocedió un paso.
—Estoy bien en el sillón.
—Como quieras.
Mateo volvió a su escritorio y siguió trabajando.
Lucía se sentó con la cartera sobre las piernas. No pensaba dormirse. Iba a esperar el ascensor, salir, volver a su casa y olvidar que el presidente de la compañía acababa de rescatarla de una escalera. Todo muy normal.
Se despertó a la una de la mañana con el saco negro de Mateo encima.
Él estaba junto al ventanal, mirando la ciudad.
—Ya funcionan los ascensores —dijo.
Lucía se incorporó, con el cuello duro.
—Podrías haberme despertado.
—Dormías.
—Eso suele pasar cuando una se duerme.
Mateo tomó las llaves.
—Te llevo.
—No hace falta. Tomo un taxi.
—Te llevo.
Discutir con él era como discutir con una puerta blindada. Bajaron a la cochera. Antes de llegar al auto, un BMW gris salió disparado con un giro brusco. Lucía alcanzó a ver la patente.
Mateo también.
Ninguno dijo nada.
En el asiento del acompañante, la falda que él había mandado comprar se subió demasiado. Lucía intentó acomodarla con dignidad. En ese movimiento, un botón de la camisa saltó.
Silencio.
Mateo miró apenas, tragó saliva y volvió la vista al frente. Tomó el saco del asiento trasero y se lo tiró.
Lucía se lo puso rápido.
Peor que mirarla era no comentar nada.
El auto paró frente a un local todavía abierto. Mateo bajó y volvió con una bebida caliente.
—Tomá.
—¿Qué es?
—Leche con miel.
Lucía abrió la tapa. Era de un lugar al que ella iba siempre después de caminar por el centro, una mezcla suave que le gustaba desde hacía años.
—¿Cómo sabías?
—No sabía.
Mentiroso, pensó ella.
Él la dejó en su edificio de Caballito y esperó hasta que se encendiera la luz del piso dieciséis.
Al salir del ascensor, Lucía encontró el ramo amarillo de Bruno y un café frío en la puerta.
La escena parecía una ofrenda fúnebre.
—La basura, con la basura.
Tiró el café al tacho y pateó las flores al costado.
Adentro se sacó la ropa formal, se duchó largo y recién después prendió el celu. Tenía decenas de mensajes. No los abrió todos. Uno de Bruno decía:
Bruno: Te llamé y no atendiste. Me preocupé. Las flores son frescas. Ojalá te gusten.
Lucía se sentó en el sofá con el pelo mojado.
Bruno sabía ser romántico. Siempre había sabido. Por eso dolía más.
Durante cinco años, ella había respetado cada límite. Clara, su madre, la había criado sola, pero con una moral firme. Lucía había llegado con Bruno a una relación casi de compromiso y aun así todo seguía en caricias, besos medidos, manos. Nada más.
Y mientras ella cuidaba una historia que creía valiosa, Bruno se acostaba con Valentina.
Lo peor era que no se había enterado por rumores. Durante el evento de moda del feriado, al terminar el desmontaje, los había visto en la calle: Bruno y Valentina, tomados del brazo, demasiado cerca, demasiado hechos.
Mateo y Simón también habían visto la escena.
Por eso Simón conocía el tema.
Por eso Mateo le preguntaba si necesitaba ayuda.
Y por eso, en la cena del área, Lucía había bebido más de la cuenta.
Miró el saco de Mateo sobre el respaldo del sofá. Después abrió su chat. Él ya no era una solicitud pendiente; ella lo había agregado por culpa de Seúl.
Vio su foto, vio su nombre y recordó la pregunta absurda:
"¿Querés probar ser mi esposa?"
—Ni loca —dijo.
Pero después miró la bebida caliente, el saco, el recuerdo de él esperando abajo hasta ver la luz.
En Instagram, sus compañeros comentaban su historia de la torre corporativa. Todos hablaban de lo trabajadora que era, de que seguía en la empresa de noche.
Entonces vio un "me gusta".
Mateo Alcázar.
Lucía se quedó quieta.
—No. No bajó por mi historia.
Tomó un sorbo de la leche con miel.
Estaba dulce.
Demasiado.
metiche la envidia ella siempre odiaba a Lucia por qué se casó con Mateo 😂😂😂💕