Wishcalia es una mujer de carácter férreo: fuerte, dominante y acostumbrada a que nadie le doble la voluntad.
Al conocer a Alexander, un amor profundo e inesperado nace entre ellos. Se casan, forman una hermosa familia y llenan su hogar de risas y hijos. Juntos parecen invencibles.
Sin embargo, la armonía se quiebra cuando su suegra empieza a manipular y sembrar conflictos con sus intrigas. Como si eso no fuera suficiente, el primer amor de Alexander reaparece con una pasión renovada, removiendo viejos sentimientos y poniendo a prueba los límites de su matrimonio.
Entre celos, secretos familiares y deseos del pasado que resurgen con fuerza, Wishcalia deberá usar toda su fuerza y astucia para proteger lo que más ama. Porque en esta historia, incluso la mujer más poderosa puede verse obligada a luchar por su felicidad.
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Estrategia y fuego
La mañana siguiente amaneció gris, como si el cielo mismo reflejara el estado de ánimo en la mansión. Wishcalia se levantó antes del amanecer, se puso su traje negro favorito y preparó el desayuno para los niños con la misma precisión con la que dirigía sus reuniones de alto nivel. Mateo y Sofía comían felices, ajenos a la tormenta que se avecinaba.
—Mami, ¿hoy vamos al parque? —preguntó Mateo con la boca llena de cereal.
—Hoy no, mi amor —respondió ella con una sonrisa suave, revolviéndole el cabello—. Pero este fin de semana te prometo que iremos los cuatro juntos.
Alexander bajó las escaleras con aspecto cansado. Había dormido poco después de la llamada con su madre la noche anterior. Se acercó a Wishcalia y la besó en la sien.
—Buenos días. Hablé con mi madre anoche. Le dije que si no respeta nuestros límites, voy a reducir sus visitas con los niños.
Wishcalia lo miró de reojo mientras servía café.
—¿Y qué respondió?
—Que estoy siendo manipulado por ti. Que Camila solo quiere ayudar y que yo estoy cometiendo el mayor error de mi vida.
Wishcalia soltó una risa baja, sin humor.
—Tu madre nunca va a aceptar que elegiste a una mujer que no puede controlar. Pero yo no soy como las demás, Alexander. Yo no me rompo.
Después de dejar a los niños con la niñera, Wishcalia se encerró en su despacho. El detective privado que había contratado la noche anterior ya le había enviado el primer informe por correo seguro. Lo abrió y leyó con atención.
Camila había regresado al país hacía solo tres semanas. Su divorcio había sido escandaloso: infidelidad por parte de su exmarido y una pelea por la custodia de su hija de cinco años. Lo más interesante: Camila había contactado a Elena Montenegro dos días después de su llegada. Las llamadas entre ellas eran frecuentes. Además, Camila había empezado a trabajar como asesora de imagen en una agencia que tenía contratos con el grupo hotelero de los Montenegro.
Wishcalia apretó los labios. Todo estaba conectado.
Tomó su teléfono y llamó al detective.
—Quiero que sigas a Camila las veinticuatro horas. Quiero saber con quién se reúne, qué dice y, sobre todo, si se acerca a mi esposo. Infórmame de inmediato si hay algo relevante.
Colgó y se recostó en su silla. No era celos ciegos. Era supervivencia.
Esa tarde, Alexander la llamó desde la oficina.
—Cariño, tengo una cena importante con inversionistas. Llegaré tarde. No me esperes despierta.
Wishcalia sintió una punzada.
—¿Con quién exactamente?
—Con el equipo de siempre. No te preocupes.
—Alexander —dijo ella con voz calmada pero firme—, si Camila aparece en esa cena, quiero que me lo digas inmediatamente. No me mientas.
Hubo un segundo de silencio.
—No va a aparecer. Te lo prometo.
Wishcalia colgó y se quedó mirando el teléfono. No confiaba del todo. No después de todo lo que había pasado.
A las ocho de la noche, mientras leía un cuento a Sofía, su teléfono vibró con un mensaje del detective:
“Camila acaba de llegar al restaurante donde está su esposo. Está vestida elegantemente. Se sentó en la mesa de al lado, pero parece coincidencia.”
Wishcalia sintió la sangre hervir. Besó a su hija en la frente, le dijo a la niñera que se quedara con los niños y salió de la casa sin cambiarse de ropa. Condujo hasta el restaurante con las manos apretadas en el volante.
Al entrar, vio la escena desde la entrada: Alexander en una mesa larga con varios hombres de traje, riendo de algo. En la mesa de al lado, Camila, sola, con una copa de vino y una sonrisa inocente. Sus miradas se cruzaron varias veces.
Wishcalia caminó directamente hacia la mesa de su esposo. Todos los presentes se callaron al verla. Alexander levantó la vista, sorprendido.
—Wishcalia… ¿qué haces aquí?
Ella sonrió con frialdad y se inclinó para besarlo en los labios delante de todos, un beso posesivo y largo.
—Vine a recordarte que tienes una esposa esperándote en casa —dijo en voz alta y clara—. Y a saludar a nuestra “amiga” Camila.
Se giró hacia la mesa de al lado. Camila palideció ligeramente.
—Camila, qué sorpresa verte aquí. ¿Otra “casualidad”?
Camila intentó sonreír.
—Solo cenando. No sabía que Alexander estaría aquí.
Wishcalia se acercó un paso más, bajando la voz para que solo ella la oyera.
—Escúchame bien. Si vuelves a acercarte a mi esposo, aunque sea “por casualidad”, voy a hacer que tu vida sea muy incómoda. Tengo contactos. Tengo información. Y no dudaré en usarla. Vete ahora.
Camila miró a Alexander, buscando apoyo, pero él se había levantado y se había colocado al lado de Wishcalia.
—Camila, vete —dijo él con voz tensa—. Esto ya pasó de límites.
Camila se levantó, tomó su bolso y salió del restaurante con la cabeza alta, pero sus manos temblaban.
Wishcalia se giró hacia los inversionistas.
—Disculpen la interrupción, caballeros. Mi esposo tiene que volver a casa con su familia. La cena puede continuar otro día.
Nadie se atrevió a contradecirla. Alexander pagó la cuenta y la siguió hasta el auto sin decir una palabra.
En el camino de regreso, el silencio era pesado.
—¿Cómo supiste que ella estaba allí? —preguntó finalmente.
—Tengo mis métodos —respondió Wishcalia sin mirarlo—. Y tú me mentiste. Otra vez.
Alexander suspiró.
—No quería preocuparte. Pensé que si te lo decía, ibas a reaccionar como lo hiciste.
Wishcalia detuvo el auto en un semáforo y lo miró directamente.
—Reacciono así porque te amo y porque no voy a permitir que nadie destruya lo que construimos. Si quieres que esto funcione, debes ser honesto. Totalmente. O esto se va a romper.
Llegaron a casa. Después de pagar a la niñera y comprobar que los niños dormían, Wishcalia subió al dormitorio. Alexander la siguió. Ella se quitó los tacones y el traje con movimientos controlados.
—Esta noche no quiero excusas —dijo ella, girándose hacia él—. Quiero que me demuestres que soy la única.
Alexander la tomó en brazos y la besó con desesperación. Wishcalia tomó el control, empujándolo contra la cama y subiéndose sobre él. La pasión fue intensa, casi agresiva. Ella marcaba cada movimiento, reclamando su cuerpo y su lealtad. Alexander se entregó completamente, susurrando su nombre como una plegaria.
Cuando terminaron, Wishcalia se quedó abrazada a él en la oscuridad.
—No voy a perder esta guerra —susurró—. Ni por tu madre, ni por Camila, ni por nadie.
Alexander la apretó contra su pecho.
—No la vas a perder. Te lo juro.
Pero al día siguiente, mientras Wishcalia estaba en una reunión importante en su oficina, recibió una llamada de la niñera.
—Señora, Doña Elena está aquí. Dice que viene a ver a los niños. Trajo a Camila con ella. Dice que es una visita familiar y que usted no puede prohibírselo.
Wishcalia sintió que la rabia le subía por el pecho.
—Dile a Elena que si no se va en cinco minutos, voy a llamar a la policía por invasión de propiedad privada. Y que Camila no tiene nada que hacer en mi casa.
Colgó y canceló la reunión. Condujo de regreso a casa a toda velocidad.
Cuando llegó, Elena y Camila ya se habían ido, pero la niñera estaba nerviosa.
—Se fueron, pero la señora Elena dijo que esto no iba a quedar así. Que iba a hablar con su abogado.
Wishcalia apretó los puños.
—Que hable con quien quiera. Esta familia es mía.
Esa noche, mientras los niños dormían, Wishcalia y Alexander tuvieron la conversación más dura hasta el momento.
—Tu madre está cruzando límites peligrosos —dijo Wishcalia—. Si sigue así, voy a limitar su contacto con los niños de forma permanente.
Alexander se pasó las manos por la cara.
—Es mi madre, Wishcalia.
—Y yo soy tu esposa. La madre de tus hijos. Elige un bando, Alexander. Porque yo ya elegí el mío.
La habitación quedó en silencio. Wishcalia se levantó y caminó hacia la ventana, mirando el mar oscuro.
El pasado no solo había regresado.
Estaba intentando tomar el control.
Pero Wishcalia no era una mujer que se dejaba vencer.
Ella iba a luchar.
Y esta vez, iba a luchar con todo.