En este juego de espejos, nadie es quien dice ser y la moneda está a punto de caer del lado de la justicia... o del caos.
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capitulo 15
La mañana de la visita de prensa amaneció con un cielo gris plomizo, como si el mismo clima conspirara para darle un tono fúnebre al evento. La Torre Norte, un esqueleto de acero y hormigón que se alzaba sobre el perfil de la ciudad, estaba adornada con banderas de De la Vega Constructions y cintas ceremoniales.
Arturo estaba en su elemento. Vestía un traje de tres piezas y una sonrisa que había ensayado frente al espejo durante décadas. A su lado, Isabella resplandecía en un conjunto de sastre color marfil, moviéndose entre los periodistas con la gracia de una depredadora que se sabe admirada.
—¡Elena! Qué alegría que hayas llegado —exclamó Arturo al verme bajar del coche. Me tomó del brazo con una familiaridad que me revolvió el estómago—. Hoy es el día en que el mercado entenderá que no solo construimos edificios, sino el futuro del país.
—El futuro siempre tiene una forma curiosa de revelarse, Arturo —respondí, ajustándome los guantes de piel—. ¿Están listos los ingenieros para la demostración de carga?
—Todo está bajo control. Isabella ha organizado un brindis en el piso cuarenta. La vista es... vertiginosa.
La emboscada mediática
Caminamos hacia la base de la estructura, seguidos por una horda de fotógrafos y reporteros de economía. Yo sabía que, entre la multitud, Julián Torres estaba posicionado cerca de los generadores, vestido como un operario más, con un dispositivo que Antonia me había ayudado a conseguir: un sensor de vibración ultrasónica conectado a los altavoces de la prensa.
—Señores de la prensa —comenzó Arturo, subiéndose a un pequeño estrado—. Esta torre representa la solidez de nuestra economía. Hemos utilizado los materiales más avanzados, superando los estándares internacionales de seguridad...
En ese momento, intervine. No con un grito, sino con una pregunta cargada de veneno.
—Arturo, hablando de estándares... ¿podría explicarnos la discrepancia en los certificados de origen del cemento del lote 7-B? —pregunté, elevando la voz lo justo para que los micrófonos captaran cada sílaba.
El silencio que siguió fue repentino y denso. Arturo parpadeó, su sonrisa vaciló por una fracción de segundo.
—Elena, querida, este no es el momento para tecnicismos de auditoría...
—Oh, creo que es el momento perfecto —continué, sacando una tableta de mi maletín—. Porque según el informe del laboratorio independiente que contraté como parte de mi inversión, el cemento que sostiene estas columnas tiene un índice de porosidad del 60%. Es, esencialmente, basura compactada.
Un murmullo estalló entre los periodistas. Isabella se acercó a mí, sus ojos azules centelleando con una furia mal contenida.
—Elena, ¿qué clase de broma es esta? Estás saboteando tu propia inversión —siseó Isabella al oído.
—No, Isabella. Estoy protegiendo mi capital de un fraude —respondí, mirándola fijamente—. Julián, ahora.
El sonido de la verdad
Desde su posición, Julián activó el sensor. Un zumbido agudo empezó a salir de los altavoces de los periodistas, una frecuencia que traducía las micro-vibraciones de la estructura. El sonido era errático, un crujido sónico que indicaba que el hormigón no estaba fraguando, sino desmoronándose internamente.
—¡Apaguen eso! —gritó Arturo, perdiendo la compostura—. ¡Es un sabotaje!
Pero era tarde. Los reporteros ya estaban transmitiendo en vivo. En las pantallas de la tableta que yo sostenía, y que estaba conectada a la red de la prensa, empezaron a aparecer las fotos que Julián y yo tomamos en el puerto: los sacos sin sello, los camiones de la empresa pantalla, las caras de los guardias de Arturo.
—Esto es una calumnia —bramó Arturo hacia las cámaras—. ¡Esta mujer es una impostora que intenta hundir las acciones para una compra hostil!
—Los análisis químicos no mienten, Arturo —dije, dándole la espalda para hablar directamente a la cámara de la cadena nacional—. He retirado mi fondo de inversión del Grupo De la Vega. Y aconsejo a todos los accionistas que hagan lo mismo antes de que esta torre, y su empresa, se conviertan en cenizas.
La huida y la sospecha confirmada
El caos fue total. Los periodistas rodeaban a Arturo e Isabella, quienes tuvieron que ser escoltados por su seguridad privada hacia los coches. Yo caminé con calma hacia mi Maserati, donde Julián ya me esperaba oculto en el asiento trasero.
—Lo hemos logrado —susurró Julián mientras arrancaba el motor—. Las acciones están cayendo un 15% en los mercados de futuros. Mañana, Arturo no tendrá ni para pagar la luz de su mansión.
—Esto es solo el golpe financiero, Julián. Ahora viene el personal.
Mientras nos alejábamos, vi por el espejo retrovisor a Isabella. No estaba gritando. Estaba de pie junto a su coche, mirando fijamente hacia donde yo me alejaba. Su rostro no mostraba derrota, sino una realización aterradora. Había visto algo en mi forma de caminar, en un gesto que hice al colocarme las gafas, que finalmente había activado su memoria.
El enfrentamiento en el spa
Dos horas después, recibí un mensaje de Isabella. "Sé quién eres. Te espero en el spa. Sola. O la policía recibirá un dossier sobre 'Elena Valerius' antes de que anochezca".
No dudé. Sabía que este momento llegaría. Fui al spa privado de los De la Vega, un lugar de mármol blanco y vapor zen que ahora se sentía como una celda de lujo. Isabella me esperaba junto a la piscina climatizada. Tenía un sobre en la mano.
—Elena Valerius no existe —dijo ella, sin preámbulos. Su voz era gélida—. Mis detectives no encontraron nada antes de los seis años. Pero encontraron algo mejor. Una clínica en Ginebra que realizó una reconstrucción total a una mujer que salió de una prisión española hace meses.
Me quité las gafas y caminé hacia el borde del agua.
—¿Y qué vas a hacer, Isabella? ¿Llamar a la policía? —reí—. ¿Les dirás que tu hermana, la que mandaste a la cárcel por tu propio crimen, ha vuelto para cobrar la deuda?
Isabella retrocedió un paso, su rostro palideció hasta volverse del color del mármol.
—¿Marina?
—Marina murió de hambre de afecto en una celda, Isabella. Me llamo Elena. Y acabo de destruir el imperio de papá en televisión nacional. ¿Cómo se siente saber que el mundo finalmente ve a los De la Vega como lo que son? Estafadores. Asesinos.
Isabella recuperó su veneno rápidamente. Se acercó a mí, su rostro a centímetros del mío.
—Nadie te creerá. Eres una convicta. Yo soy la "Mujer del Año". Papá comprará a los jueces de nuevo. Limpiaremos el escándalo del cemento y tú volverás a tu agujero.
—Papá no puede comprar nada cuando no tiene dinero, hermana. He bloqueado sus cuentas en Suiza usando las claves que tú misma me diste... o mejor dicho, las que "La Maestra" me enseñó a extraer de sus servidores. Arturo es insolvente. Y tú... tú eres la siguiente.
Isabella intentó abofetearme, pero mi mano la detuvo en el aire con una fuerza que la hizo jadear. La prisión me había dado una potencia física que ella no podía imaginar.
—Nunca vuelvas a tocarme —le siseé, apretando su muñeca hasta que vi el dolor en sus ojos—. Esa noche en la carretera, Lucía Torres murió por tu culpa. Y hoy, tu vida perfecta muere por la mía.
La solté y caminé hacia la salida. Isabella se quedó temblando junto al agua.
—¡No saldrás viva de esta ciudad! —gritó tras de mí—. ¡Papá te matará antes de dejar que le quites todo!
—Que lo intente —respondí sin mirar atrás—. Estoy deseando que lo intente.
La caída del primer dominó
Al llegar a mi ático, Julián estaba revisando las noticias. El escándalo era global. El ayuntamiento había ordenado la demolición de la Torre Norte y la fiscalía estaba abriendo una investigación por fraude y puesta en peligro de la salud pública.
Pero entonces, una noticia de última hora apareció en la pantalla.
"Arturo De la Vega ha sufrido un infarto masivo tras la conferencia de prensa. Se encuentra en estado crítico en el Hospital Central."
Miré a Julián. Él no mostró lástima, y yo tampoco.
—Es una salida cobarde, Arturo —susurré—. No te vas a morir tan fácil. Tienes que ver cómo Isabella cae primero.